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Relato Breve "Pon la rosa delante" de la escritora Begoña Curiel


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06/10/2016


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Curiel, Begoña – “Pon la rosa delante”6 octubre, 2016 mastereld  Relatos Breves

Me arrodillé para ver aquello de cerca. En la distancia no imaginé que fuera una rosa. A menos de medio metro comprobé que era una rosa. Negra. Manchada como la imagen de los cormoranes que se nos quedó grabada. Porque no sólo fue un barco. El vertido lo hicieron o lo dejaron hacer quienes callaron.

  No todos los chapapotes son tan grandes pero son igual de oscuros. Por eso le quedaba tan bien la rosa delante para hacer la fotografía. La flor en un primer plano desdibujaba el fondo. Y aunque la falta de nitidez no borraba el hedor, la estrella de la imagen era ella. Ya estaba muerta y persistía en el empeño de querer seguir siendo bella. Para gritar que no todo muere aunque haya cadáveres. A veces, sólo depende del lugar en el que pones los ojos. Elegí mirarla primero a ella. Opté por darle la voz que estaba gritando.

  La rosa en el centro de la fotografía. Grande, inmensa, pese a estar cubierta de tono negro. Pero vi la segunda capa de color que pretendía tapar el petróleo. No estaba allí, pero quise buscarla. El esfuerzo fue enorme. Pero sólo durante el primer instante. Después probé con otras fotos.

  Me empleé a fondo y me di cuenta de que no era tan difícil. Si pones en primer plano lo que merece la pena mirar, existe. No como consuelo, sino como auténtica realidad.

  Por supuesto: lo negro también existe y de qué manera. Pero tendrá la fuerza que le pongas. Ganará siempre que le dejes ganar, no cuando ese negro lo desee. Puedes vociferar contra ese color. Rabiar rabioso con rabia. Por supuesto. Tirarte de los pelos y cargar la tinta negra contra los responsables que esconden la cara con gestos de falsa sonrisa. Hasta puedes sentir ganas de lanzarte a puñetazos para borrársela. Seguro que te ha pasado más de una vez.

  La frustración convive entre la sangre y el agua de la que estamos hechos. Pero vale para un rato. Como la dejes hacer nido, te llena hasta la última esquina del cuerpo. Seguro. Está comprobado ante notario y porque no hay nadie que pueda decir que no le ha pasado. Que levante la mano quien no haya lanzado espumarajos por la boca ante lo injusto. Que alguien me diga que no ha convivido con el demonio, al menos durante unos minutos, cuando la realidad le supera. Si hay alguien en la sala, inmune a lo feo, al color del tizón, puede que hayamos encontrado una piedra, de las que están muertas. ¿Por qué no? De todo hay en la viña. La del señor y la señora. La del niño y la niña y así, hasta el infinito porque somos muchos.

   Pero ya no me fijo en eso, en el universo del que no siente y/o el que combate a enfados lo que ocurre. Ahora prefiero mirar con una rosa delante. Pongo esa flor a todo para que sea siempre el primer plano de mis fotos. Y a ella me dedico. Cultivo lo bueno que me da para que no me gane la rabia del desatino que aloja el fondo. Elijo quedarme con lo bueno. Para no empecinarme con el odio que me enferma cuando miro sólo al fondo negro. No para engañarme, sino como opción de vida. Si lo bello no logra acallar la podredumbre que está en todas partes, seguiré machacando en el mismo clavo hasta que lo consiga. He comprobado que luchar no siempre va unido a engordar mi vena del cuello para gritar. Porque al final, tras el primer berrido, muchas veces, he mirado para atrás y en un instante me he quedado sola. Porque la ira tiene fecha de caducidad si no se ponen manos a la obra.

  Así que, tiro mi foto, con la rosa negra aunque apeste con el petróleo encima. Porque ella gana cuando quiere alzarse vencedora. Porque fue flor aunque parezca no tener vida. Seguirá siéndolo aunque la maten porque decidí resucitarla; ponerla en el primer plano de mis prioridades; ensalzar la fuerza que encierra; destacar hasta la extenuación la imagen de cada uno de sus pétalos.

  Si te acercas, debajo del olor a hidrocarburo, conserva su aroma. Me lo guardo en el frasco de la memoria y camino con mi nueva forma de mirar por donde quiera que vaya. Me llevo por la playa donde la encontré, el ramillete de belleza que me propone. Para seguir disparando fotos que huelan a rosa. Como vencedora absoluta.

  La batalla ha comenzado. Me calzo las gafas con las que miro como me da la gana. A nadie hago daño. El de la mala conciencia que está detrás y persiste en pintar todo de negro, que se busque otro rival.

  Ya no grito todo el rato. Me llevo la rosa roja donde quiera que vaya. La pondré siempre por delante para que intente curar de todo mal. Y si no remedia la enfermedad –porque lo infalible no existe– me agarraré a ella para enseñarla por donde quiera que vaya. Seguro que muchos, no se habían parado a mirarla.







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