Del “seny” al “atzucac “. El “problema catalán” y la ingobernabilidad de España.

Dicen los buenos antropólogos que es necesario proteger la diversidad lingüística de la raza humana no solo ya por el simple y necesario respeto a la diversidad, sino también porque cuando desaparece una lengua se extingue con ella toda una manera de entender e interpretar el mundo. 

 


Ya saben, las decenas de palabras que usan los inuits al referirse a los diferentes tonos del blanco y las texturas del hielo o la nieve, o sin irnos tan lejos, el famoso “seny” catalán que tanto gustaba a políticos e intelectuales españoles hace tan solo unos años, a pesar de no hacer ni el mas mínimo esfuerzo por pronunciarlo correctamente. “Seni” decían ellos y siguen diciendo aunque ahora rara vez, de la misma torpe manera que pronuncian “Compani”[1], nuestro mejor presidente, quien precisamente por bueno acabo fusilado por aquellos para los que lo de la diversidad mas que un valor positivo ha sido siempre un problema. Los que nos criamos en los años ochenta en plena hegemonía pujolista además de a Alaska y sus marxistas electroduendes, escuchábamos continuamente aquello del “seni” catalán. “Seni” por aquí, “seni” por allá, se insistía e insistía una y otra vez, desde aquí y desde allí, en la supuesta capacidad dialogante del pueblo catalán, su carácter reflexivo y pacífico,  su pragmatismo, su pactismo, obviamente en clara contraposición a la violencia política por la que optaba un importante sector de la sociedad vasca, violencia que fue instrumentalizada sin escrúpulos por socialistas, populares o tenebrosos personajes como Rosa Díaz, pero que a la vez recibió premios y prebendas por parte del Estado español, en forma de amplias competencias para el gobierno de Euskadi, 109 en concreto, y algo seguramente mas importante, el concierto económico que después negarían repetidamente  a Cataluña. Como diría Rajoy, gustaban entonces los catalanes como Pujol porque hacían cosas, cosas pacíficas, aunque ahora sabemos que como muchos por aquí sospechábamos algunas de aquellas cosas no eran en absoluto legales. Desde luego si algo no se le puede criticar a Pujol es precisamente eso, hacer cosas, entre otras, asumir el papel de catalán bueno y apoyar la investidura que quien fuera necesario, González o Aznar. Sí, ese papel que tanto le gusta hacer ahora a Albert Rivera, aunque en el caso del ex-president aquellos cambios de chaqueta acababan facilitando una cierta mejora en relación a la financiación de Cataluña o la progresiva asunción de competencias políticas por parte de la Generalitat. Tan buen catalán era Pujol que incluso llegó a enternecer el pétreo corazoncito de un Aznar que decía hablar catalán en privado e incluso lo hacía en público. Por cierto, estaría bien que alguien explicase algún día quien tuvo la ocurrencia de proponer al líder popular recitar el final de “Exili” de Pere Gimferrer, ya saben aquello de I ni tan sols de signes vivim: del so dels signes, no la vida del mot, sinó la pell del so. L’entelament del món a l’obaga dels mots[2]. Un par de versos considerablemente “feixucs” a nivel fonético, que diríamos por aquí, duros de recitar incluso para los nativos mas nativos y que en boca de Aznar sonaban directamente a elfico. Conociendo la sobredosis de autoestima del personaje probablemente algún asesor le propondría recitar algo mas sencillito, una canción de Serrat o un fragmento del himno del Barça, pero un Aznar de subidón se atrevía con todo por ridículo que fuera, incluso con acento tejano si era necesario. En todo caso, el “seni” de Pujol y los suyos, su capacidad de pactar con la derecha ex franquista un día, para luego apoyar gobiernos de izquierda al siguiente, tenía un carácter claramente instrumental y siempre se justificó por las necesidades del País, Catalunya, por supuesto. Rivera o Girauta van diciendo estos días que ellos también se han visto obligados a cambiar de chaqueta por el País, por España, por su urgente gobernabilidad. Pues bien, deben tener meridianamente claro sus votantes, pero sobretodo la parte de los poderes económicos que potenciaron al “Podemos de derechas” que dándoles protagonismo y poder político lo que acabarán consiguiendo es precisamente romper definitivamente España. Rivera se dio a conocer presentándose en pelotas al frente de un grupo de intelectuales obsesionados con una de las pocas cosas que los catalanes de origen castellano debemos de agradecer sinceramente al pujolismo, la inmersión lingüística. Retorciendo la realidad hasta destrozarla, excomunistas como Arcadi Espada o excatalanistas como Albert Boadella dibujaron una Cataluña mágica en la que el castellano estaba en peligro y con él, la libertad de los castellanohablantes, marginados y perseguidos.  Un surrealista matrix anticatalán que dentro de Cataluña siempre se ha visto como un estúpido delirio pero que en el resto de España tiene un amplísimo público entusiasta, un público criado, educado, adoctrinado en el nacionalismo español y por lo tanto, en el anticatalanismo furibundo. Lamentablemente en España el nacionalismo no es en absoluto incluyente e integrador sino todo lo contrario, y es profundamente anticatalanista y anticatalán. Y si bien en los dos desgraciadamente cortos períodos republicanos de nuestra historia contemporánea hubo innegables intentos de construir un nacionalismo español integrador e incluyente, que entendía España como una realidad plurinacional y sabía valorar esa riqueza, finalmente el genocidio franquista arrasó con cualquier pequeña muestra de diversidad lingüística y cultural y el accidentado final de la dictadura no dió para mas que para un café, eso sí, para todos el mismo no fuera que.., un artificial modelo autonómico  que obviamente no acabó satisfaciendo ni a unos ni a otros y que por lo tanto conducía inexorablemente al estallido de una crisis territorial tarde o temprano. En eso estamos. La estúpida dificultad que tenemos los profesores de ciencias sociales al intentar explicar por aquí la diferencia entre Estado y Nación, la existencia de Estados-nación o plurinacionales como España, no es mas que la consecuencia del “churro” que supuso la construcción del Estado de las Autonomías y la confusa narrativa que se tejió alrededor para justificar la chapuza, y la urgente necesidad de una reforma territorial que permita a buena parte de catalanes, vascos y gallegos sentirse cómodos en una nueva estructura federal o confederal. Tras los años de rodillo aznarista y de las vacías promesas de Zapatero, en plena crisis económica y política, una parte de la sociedad catalana tremendamente descontenta decidió echarse a la calle pidiendo cambios, generando una ola de pacífica movilización ciudadana a la que los herederos del pujolismo no tuvieron mas remedio que subirse ante la disyuntiva de surfear con la estelada al cuello o perder su hegemonía. No obstante, en buena medida en el resto de España ese descontento acabaría dando lugar a la definitiva crisis del bipartidismo y la irrupción de una nueva formación política que desde Madrid, Salamanca o Soria se atrevía a huir del anticatalanismo e intentar por difícil que sea recuperar aquel nacionalismo español respetuoso, incluyente y orgulloso de la diversidad de una España que el Franquismo obligó a exiliarse o enterró en las cunetas. España como una nación de naciones repite Pablo Iglesias, una definición académicamente un tanto débil, pero muy útil a la hora de explicar una realidad compleja huyendo del centralismo y mostrando respeto por una periferia harta de desaires e imposiciones jacobinas. Y cuando los esfuerzos de Iglesias y el resto de líderes de Podemos parecían llegar tarde, apareció la caprichosa aritmética electoral y brindó una histórica oportunidad, no una sino dos, y además se la brindó en bandeja a quien ningún esfuerzo había hecho por solucionar tamaño problema, inmerso en su lamentable lógica electoralista y cortoplacista, un Partido Socialista liderado por  Pedro Sánchez, dividido y considerablemente debilitado. El PSOE tiene y tuvo una oportunidad histórica, un providencial e inmerecido regalo que les brinda la historia, pero que desgraciadamente todo indica que despreciará sin valorar adecuadamente las terribles consecuencias de no aprovechar el especial momento histórico para afrontar con valentía y de una vez por todas las reformas estructurales que necesita un modelo de Estado en clara descomposición. Existe una preciosa palabra catalana que define perfectamente y de manera muy sintética la situación política en la que se encuentra España desde hace unos años y especialmente desde diciembre pasado, “atzucac”. Un camino sin salida. O se afronta la realidad plurinacional del Estado español tal como es y se permite a aquellos que quieren autodeterminarse hacerlo o por lo que parece estaremos en un eterno callejón sin salida.  En Cataluña la enorme mayoría de la gente pide a gritos un referéndum y 27 de sus representantes en el parlamento español pondrán lo que ahora llaman “el derecho a decidir” como lógica línea roja a la hora de posibilitar un nuevo gobierno. Los desmemoriados barones socialistas, Guerra o González algo deben recordar de aquella libertad de los pueblos que defendían cuando todavía no pasaban los veranos en entre yates y estrellas Michelin, incluso el propio Sánchez sabe que antes o después en Cataluña habrá un referéndum de autodeterminación,  pero los socialistas continúan en su lógica electoralista y malograran la que seguramente es una de las ultimas oportunidades de salir de este agobiante “atzucac” y garantizar la continuidad de España, ya sea como Estado plurinacional, país de países o nación de naciones. Claro que para hacerlo posible empieza a ser urgente asumir que a lo que llaman “problema” es realmente la única solución posible.

[1] Puede parecer algo anecdótico pero es en cambio un evidente síntoma de desprecio o cuanto menos desinterés hacia Cataluña y lo catalán la facilidad con la que la mayoría de periodistas madrileños aprenden a pronunciar Schwarzenegger, McConaughey o Pfeiffer  y en cambio parecen casi ahogarse al decir Puigdemont o Saladrich, o como en cada Mundial o Eurocopa a los de deportes les resulta mucho mas sencillo hablar de Schweinsteiger que pronunciar bien el nombre de Xavi o Cesc.  

 

[2]Y ni siquiera de signos vivimos: del sonido de los signos, no la vida de la palabra, sino la piel del sonido. El empañamiento del mundo a la sombra de las palabras.”  “Exili” de Pere Gimferrer.

 

UNETE



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