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Relato Breve "Un hombre loco" de David Sáez


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09/07/2016


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Por la calle de mi oficina pasa todos los días un hombre que no parece estar muy cuerdo. Llevo años observándolo con esa mezcla de curiosidad y pena que provoca la locura en quien la ve desde fuera. También con cierta envidia por saberlo fuera de las normas que a mí me impiden realizar las excentricidades que él hace.


            Rondará los cincuenta años. Es delgado, casi espiritado, de esos tipos que cuando los ves en un día de viento temes que salga volando. Su complexión mínima hace que resalte su ya de por sí imponente nariz aguileña. Un pelo ralo y canoso, alborotado sobre una frente despejada, remata su carismática figura. Pero lo que más llama la atención es su forma de caminar, que le hace parecer que subiese una interminable y empinada cuesta aunque vaya en llano: levanta exageradamente las rodillas y echa el tronco hacía atrás, con la mirada baja, hacia donde apunta su puntiaguda nariz, como si ésta le indicara donde colocar el siguiente paso, temeroso del suelo que pisa. Y siempre sonriendo. Pero no con mueca destemplada y ansiada típica de loco estresado, sino con una sonrisa sincera, de alegría incontenible, con aire de satisfacción y ajeno a todo lo que le rodea. Sumido vete a saber en qué pensamientos.

            A base de verlo pasar cada mañana, su vida y la mía han terminado por conectarse.  Cuando lo veo aparecer sobre las diez de la mañana, sé que es la hora de mi descanso para almorzar y saco mi sándwich. Al principio lo hacía por decisión propia, pero he llegado a un punto en que si se retrasa, me obligo a esperarlo aunque el apetito sea imperioso.

            La mayoría de las mañanas en mi oficina son estresantes, con la agenda repleta de tareas que, cuando por fin consigo tacharlas, son invariablemente sustituidas por dos tareas nuevas. Pero no importa, cuando veo aparecer al tipo extraño a través de las enormes ventanas, dejo lo que esté haciendo, agarro mi almuerzo y salgo a la calle. Saboreo mi sándwich subido a la estela que deja su sonrisa de loco feliz. No hay mejor terapia para escapar, aunque sea un momento, del trajín laboral y angustioso. Lo sigo a una prudente distancia, observando sus excentricidades. Al tipo le gusta rodear los coches aparcados. Va caminando y de pronto, sin motivo aparente, circunda un coche. A veces lo hace con varios seguidos, otras veces va alternándolos, uno sí y otro no. He intentando averiguar un patrón: que rodee solo coches de color rojo, o cuya matrícula acabe en un número concreto, pero no hay modo. Él camina con su sonrisa como estandarte, rodeando a los coches pues porque sí, ¡qué más da!, con esa andar leve de cigüeña que parece que vaya a echar a volar, pero con esa grave nariz que lo mantiene en el suelo,

            Siempre termina sus paseos sentado en el banco de un parque cercano. Cruza sus piernas de alambre, las manos con los dedos cruzados sobre los esqueléticos muslos. Ahí sentado su sonrisa se agudiza hasta el punto de que parece que vaya a reír a carcajadas, aunque nunca lo hace. Cuando lo veo sentarse, yo vuelvo a mi oficina, renovado después de haberme colado en el singular mundo de mi amigo loco. Más de una vez he sentido la tentación de acercarme a hablar con él, de invitarlo a un café para preguntarle con curiosidad científica sobre sus pensamientos y costumbres, incluso para darle las gracias por permitirme escapar cada mañana mientras le sigo, por esa terapia gratuita que me libera de preocupaciones superfluas de la cordura social. Pero nunca lo hago porque temo que rompería el pacto tácito que hay entre ambos. Él nunca me ha mirado, pero sé que sabe que lo sigo. Al igual que el rinoceronte es indiferente al búfago, ese pajarillo que se alimenta de su piel. No sé que sacará mi amigo loco de esta relación simbiótica entre ambos, quizás nada, quizás no necesita nada.

            O al menos eso pensaba yo hasta que ayer no lo vi aparecer. Hambriento, al final decidí salir igualmente a comer mi almuerzo. Realicé el mismo camino echando de menos a mi amigo loco. Sin embargo, cuando llegué al parque, allí estaba, sentado en su banco. Pero no estaba solo. Sentado a ambos lados de él, había dos jubilados vestidos con trajes baratos echándole una charla mientras le mostraban una pequeña revista. Azorado pero contenido, como un espía en plena acción, tuve la oportunidad de observar más de cerca la escena pasando por el lado como un viandante más. Sobre el banco habían dejado otras revistas y pude comprobar que se trataban de las publicaciones Despertad y La Atalaya.  La revista que en ese momento le estaban mostrando los Testigos de Jehová tenía por título Los Problemas Mundiales. Ya parapetado detrás de una furgoneta de reparto, seguí atento la escena. Uno de los testigos de Jehová, con ademanes educados pero con notable pasión, le leía algún extracto escogido de la revista. En cuanto acababa de leer, el otro, más parsimonioso, le hablaba con cierta dulzura mirándole muy de cerca más allá de lo que se considera espacio vital. Mientras, mi amigo loco, permanecía quieto, con la mirada puesta en el final de su nariz, sin atisbo de su sonrisa. Los estuve observando durante más de diez minutos, hasta que me tuve que marchar preocupado de que mi jefe me echará de menos en la oficina. Cuando me fui, la escena seguía igual: uno leía y el otro, supongo, refutaba lo recién leído a mi amigo loco cada vez más apocado.

            Esta mañana lo he vuelto a ver pasar por la puerta de mi oficina. Yo estaba muy preocupado desde que lo dejará abandonado a la suerte de los designios de la Biblia el día anterior. Cuando lo he visto he sentido gran consuelo, pero solo por un instante. Enseguida he comprobado que ya no caminaba de su forma habitual, ahora iba erguido, con paso normal y seguro. Su peculiar pelo alborotado iba peinado. Y caminaba recto, sin rodear ningún coche. Yo iba siguiéndolo, desconcertado pero esperanzado de que en cualquier instante volviese su locura y sus excentricidades. Pero no ha sido así. De pronto se ha parado en seco y se ha girado lentamente para mirarme por primera vez. En su mirada había resignación y veladamente me pedía auxilio, o quizá se estaba despidiendo. Luego ha continuado su camino y me ha dejado solo en mitad de calle.

            Aún albergo la esperanza de verlo pasar mañana siendo el de siempre. Pero por si acaso, esta tarde de vuelta a casa, he rodeado mi primer coche.







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