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Relato Breve "La buena noticia" de David Sáez


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06/07/2016


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Cuando Andrés recibió la noticia de que se moría, no fue tanto el hecho de la muerte próxima lo que más le dolió, si no la repentina certeza de que su vida había sido un fracaso.            Andrés tenía cuarenta años cuando supo que tan solo le quedaban, siendo optimistas, un año de vida digna, de seguir con su vida como hasta ahora, como le dijo el doctor. Digna de qué, pensó Andrés, si hasta  el momento, estando sano, no lo había sido. El resto del tiempo, un lento y agónico deterioro hasta la muerte.


            Se había casado muy joven, con tan solo veinte años con María, su novia del instituto. No tenían hijos. La maternidad no entraba en los planes de ella, que era Secretaría Autonómica de Economía y tenía una prometedora carrera política por delante. Andrés, por su parte, llevaba más de quince años en la misma empresa como auxiliar adjunto del departamento de contabilidad, puesto que había conseguido por un contacto de su mujer y en el que todavía seguía.

            La vida de Andrés había transcurrido entre incontables horas extras no remuneradas para hacer puntos por un ascenso que nunca había llegado y los casi diarios actos sociales de su mujer, a los que tenía que asistir tan solo por aparentar.

– ¡Cómo voy a triunfar en lo profesional si piensan que en lo personal me he equivocado! – Decía siempre su mujer cada vez que él ponía pegas para ir a alguna cena o gala.

– Pero si nadie me dirige la palabra, – se excusaba Andrés – es casi como si no estuviera.

– Eso ocurre porque eres un marido abnegado y servil, ¡cómo debe ser! Que vean que en mi casa la mujer manda me favorece – le respondía María dándole un fugaz y frío beso en la mejilla a modo de cierre de la discusión.

            Cuando salió de la consulta del doctor, ya en la calle, se dio cuenta de que no había pedido el justificante médico. Había solicitado permiso en el trabajo, y si no lo llevaba le descontarían el tiempo del salario; de hecho, el mismo tendría que descontárselo, ya que era el encargado de hacer las nóminas. Por la inercia de tantos años de temerosa servidumbre, Andrés a punto estuvo de volver a subir a la consulta a por su justificante, pero no lo hizo. Se quedó parado en la calle, ajeno al bullicio y al tráfico de la hora punta en la ciudad, atento a una sensación interna que ya había olvidado: el amor propio. Como si fuese el torrente violento de una presa de agua recién abierta, todos los sueños frustrados de Andrés, eternamente postergados hasta el abandono, le golpearon con imperiosa urgencia: Viajar y hacer deporte; el senderismo no estaría mal; escribir una novela policiaca con muchas muertes; comprar una cabaña en la sierra con una chimenea, una muy grande; tener una mascota, un gato, por ejemplo; estudiar literatura o quizás historia… Conforme iba enumerando mentalmente sus deseos, la abrupta euforia del momento perdía intensidad dejando paso a un pánico incontenible que crecía en cada anhelo que nombraba: ya no tendría tiempo para hacer nada de aquello. Su río de sueños recién liberado se había quedado sin caudal que lo llevara al mar, a la libertad, y se evaporaba en el yermo desierto que había sido su vida a punto de concluir. Tener relaciones con otra mujer, practicar sexo con una mulata, una exuberante cubana que me llame papito, que me trate con cariño, que me diga que me quiere, pensó Andrés con lágrimas en los ojos.

            La vibración del móvil en su bolsillo, sacó a Andrés de su estado ensimismado. Era de su empresa, querrían saber por qué tardaba tanto. Sin darse tiempo a pensar, pulsó con fuerza el icono de colgar. Este pequeño acto de rebeldía, insólito en Andrés, fue suficiente para desatar en su interior la rabia necesaria para dejar de llorar. ¡Qué demonios! ¡Aún me queda un año por delante!, dijo Andrés en voz alta. Con súbita euforia, se sentó en un banco de la calle y buscó en su móvil alguien a quien llamar para irse esa misma noche de cena y emborracharse. Ya ni recuerdo el tiempo que hace que no me emborracho, se dijo a sí mismo. Comprobar que todos sus contactos eran amigos, conocidos o compañeros de su mujer no hizo más que aumentar su rabia interna, que se manifestó en pequeñas palpitaciones en sus sienes cuando leyó el nombre de Mariano R.J. en la pantalla. Era el presidente de la empresa en la que él trabajaba y también el líder del partido político de su mujer; la misma persona a quien María había llamado quince años atrás para que Andrés consiguiera su trabajo, el mismo tiempo que hacía que María y Mariano tenían una dilatada aventura amorosa. Durante todos esos años, Andrés se había negado lo evidente, pero en ese instante, como una fulminante revelación, la infidelidad de su mujer le pareció imperdonable.

            Con paso decidido, con la mirada alta y el corazón desbocado, fue directo a su casa. Una vez allí, lejos de intentar calmarse y sin pensar en lo que hacía, guiado por una inusitada furia en él, encendió el ordenador y se conectó de forma remota al ordenador de su oficina. Después, desvió un millón de euros exactos desde una cuenta de la empresa oculta en un paraíso fiscal a su cuenta personal. Acto seguido, escribió un email escueto y directo a Mariano y a su mujer informándoles del desfalco y amenazándoles de que si lo delataban, él, a su vez, haría públicos no solo los innumerables delitos fiscales y de evasión de impuestos que llevaban cometiendo desde hacía décadas, sino también la relación amorosa entre ambos. El siguiente paso fue comprar el próximo billete a Cuba. Una vez confirmó el horario de su vuelo, borró todo el historial de internet para no dejar rastro de a dónde viajaría. Finalmente, volvió a salir a la calle, sin maleta, y cogió un taxi en dirección al aeropuerto.

            Solo cuando estaba sentado en la planta de salidas, esperando a conocer cuál era su puerta de embarque, Andrés, como si de pronto saliese de un estado de hipnosis, fue consciente de lo que acababa de hacer. Aunque sabía que era imposible que alguien le hubiese seguido, Andrés miró a ambos lados sintiéndose un delincuente. A punto estuvo de emerger el antiguo Andrés, el Andrés sumiso y ninguneado, pero una nueva sensación de poder, de sentirse superior, le embargó cuando imaginó las caras de Mariano y su mujer cuando leyeran el email, si es que no lo habían hecho ya. Sabía que ambos tenían mucho que perder, no solo el irreparable descredito social y la ruina absoluta de sus carreras, también se jugaban la cárcel.

            Sintiéndose nuevamente seguro, Andrés recibió la llamada de su doctor:

        —Lo lamento mucho Andrés, mi ayudante está de baja y nunca he sido bueno con los papeles. Te he llamado en cuanto me he dado cuenta… No eran tus resultados: ¡Estás más sano que una manzana!, solo tienes que procurar no trabajar tanto y dormir más… ¡No te estás muriendo!

            Toda la frustración acumulada durante años estalló en una histriónica carcajada que se oyó en todo el aeropuerto. Colgó sin decir nada.

            Dirigiéndose a la puerta de embarque, sin dejar de reírse, como un loco recién salido del manicomio, decidió que sí, que ya se había muerto, y que ahora tocaba volver a nacer.





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