No hace mucho tiempo sus manos eran grandes, con dedos al unísono. Los nudillos y las falanges marcaban la amplitud de sus extremidades tan necesarios para todo y todos en la vida. La enfermedad lo estaba consumiendo, su sensibilidad ya no era la misma y la destreza desaparecida de sus dedos hacía que parecieran huéspedes en esas manos huesudas y largas que estaban ausentes de signos de castigo por el trabajo. Las levantaba y trataba de forzarlas con movimientos pausados, pero no podía, hasta sus ojos se negaban a mirarlas.




