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El príncipe don Carlos de Austria. Breves apuntes sobre la novela histórica


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20/05/2016

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La memoria de Carlos de Austria, el mito forjado a lo largo del tiempo, es hasta 1863 un pedestal para la imaginación literaria y una sinrazón histórica.


Gerardo Moreno Espinosa, Don Carlos el príncipe de la leyenda negra.





Las últimas noticias que he tenido de la historia de este desgraciado príncipe me han llegado a través de una novela y una obra de teatro, dejando a parte el libro de Gerardo Moreno. La novela, cuando me la nombraron, se convirtió en algo mítico, inalcanzable, dado que ni está en las librerías ni, lo que es más sorprendente, en ninguna biblioteca que no sea la Biblioteca nacional. Su autor, ya fallecido, fue un exilado. Al parecer jugó un destacado papel durante nuestra guerra civil de 1936, pues nunca, alcanzada la paz, se permitió su regreso a la patria.

También me costó hacerme con el resto de la obra de su autor, de Segundo Serrano Poncela. Pese a todo conseguí leer un par de libros suyos. Y la verdad es que me gustaron. Así que se acrecentaron mis deseos de poder leer la obra que, según todas las trazas, era una novela histórica. Estoy hablando de El hombre de la cruz verde1. Inicié su frustrante búsqueda por librerías y bibliotecas; al final una buena amiga me la trajo, durante unas vacaciones de navidad, de Andorra. No la he podido localizar en ningún otro sitio.

La edición es de 1969. Y al parecer todavía quedan ejemplares de dicha edición en aquel pequeño país.

Comencé a leer la novela con las ansias de quien, por fin, y tras larga búsqueda, se ha hecho con el libro que tanto deseaba. Conocía dos obras de Serrano Poncela, Habitación para hombre solo2, conseguida a través de una librería de viejo, y La raya oscura3, una edición reciente de una editorial que acaba de nacer. Ambas obras me gustaron. Y quizás por eso no tardé mucho en percatarme de que El hombre de la cruz verde no estaba, ni de lejos, a la altura de los otros textos.

El hombre de la cruz verde es, o trata de ser, un novela histórica. Al menos está ambientada en la época de Felipe II. Y el arranque, o la excusa, lo tiene en un atentado, caída o golpe, que recibió el príncipe Carlos de Austria cuando, al parecer, se dirigía a lugares no apropiados para reunirse con gente no recomendable. A partir de este regio accidente, caída o empujón, sufrida en una escalera, comienza una investigación, llevada a cabo por el hombre de la cruz verde, un familiar del Santo Oficio, que no aclarará nada, ni sobre el príncipe ni sobre sus compañeros. La época de Felipe II, y por ende la de su hijo, fue, según el prologuista de la obra, pródiga en rincones sombríos. Y quizás el más sombrío de todos fuese la muerte de dicho príncipe. Pero la novela de Serrano Poncela no abunda en esto, sino que se desvía hacia unas relaciones sexuales, que no amorosas, sin mucho interés. Y de ahí surgen unas pequeñas y breves reflexiones.

Mucho se podría decir, al respecto, sobre ese género conocido con el nombre de novela histórica. Y si ya de por sí la novela es un género harto difícil y complicado, más, mucho más, lo es la novela histórica, pues esta marca unos límites, unos territorios, que son muy difíciles de sortear o pisar. En contadísimas ocasiones se consigue saltar la cerca. Y en demasiadas ocasiones la novela histórica no es más que falta de inspiración, la pretendida recreación de unos momentos y unos personajes difíciles de penetrar, y que se nos escapan a todas luces. Queda entonces el recurso fácil: el sexo, la violencia y el tópico, confesiones todas de la imposibilidad de penetrar en una época y unos personajes que, tal vez, requirieran otro tipo de tratamiento o de enfoque. No todos somos tan hábiles como quisiéramos. Ni las situaciones tan fáciles de penetrar y de volver a poner en pie.

Cabría preguntarse cuántos de estos autores de novelas históricas conocen, y solo voy a nombrar a dos para no ser exhaustivo, a nuestros ilustres antecedentes en estos menesteres de novelar el pasado. Por ejemplo a Gil y Carrasco y su obra El señor de Bembibre, o, por ser más modernos, a Benito Pérez Galdós y Los episodios nacionales. Volveremos sobre ellos.

Segundo Serrano Poncela, según las solapas y prólogos de los libros citados anteriormente, nació en Madrid en 1912. Desde 1939, y hasta su muerte, residió en América. Estuvo más tiempo fuera de su patria que dentro. Parece ser que fue un miembro destacado del partido comunista durante la guerra civil, y parece ser que tuvo algo que ver con la matanza de Paracuellos del Jarama. Ni he conseguido averiguar más, ni me interesa mucho el tema, dicha sea la verdad. Ahora bien, sea como fuere, al finalizar la guerra se tuvo que exilar. Tenía 27 años cuando salió del país. Aquí, no obstante, realizó sus estudios. Y, por lo que se deduce de sus relatos y novelas, tuvo lo que se ha dado en llamar una sólida formación.

Ignoro si Serrano Poncela leyó Los episodios nacionales. Lo hiciera o no, está claro que no sigue los pasos de Galdós. Quizás porque Serrano Poncela no tuvo a un imposible Mesonero Romanos que le informara, de viva voz, de la etapa que iba a novelar. Ni tampoco él sintió la necesidad de documentarse sobre la época en la que centraba su obra: vestidos, trajes, formas de hablar, de cortejo, de aproximación entre las personas, etc. Con todo, queda claro, a las pocas páginas, que El hombre de la cruz verde tiene muy poco de novela histórica: tal vez lo único relevante para llamarla así es que hay un personaje que se apellida el príncipe Carlos y que es hijo de su majestad Felipe II. Nada más, pues dicho esto nos adentramos en las estrambóticas relaciones sexuales del hombre de la cruz verde, un familiar del Santo Oficio, que, en ocasiones, se aprovecha de su cargo. El lector se queda esperando, en vano, que aquello que está investigando, el accidente del príncipe, se vuelva en su contra, pues aprovecha su cruz para usar y abusar de algunas mujeres, de una de ellas en la misma cárcel. Y el ingenuo lector se pregunta, un tanto perplejo: ¿funcionaba de tal forma la sexualidad española en los siglos XVI y XVII? ¿Podía un funcionario de segunda clase introducirse en los calabozos de la Inquisición y abusar de las presas? Las situaciones creadas en la novela parecen un poco novelescas, valga la redundancia.

Tal vez la pregunta sea absurda, pero denota algo clarísimo: que la novela carece de verosimilitud. Que se ha tomado como excusa al príncipe Carlos para hablar de unas relaciones adúlteras que no suenan muy creíbles dado en momento en el que se realizan, y el lugar donde suceden.

Y quizás sea este uno de los graves problemas de la novela histórica, al menos ante determinados lectores: al llevar a este a una época, espera el lector que todo sea coherente con los años en los que se desarrolla la trama, o, como mínimo, haya una cierta apariencia de verdad. Pero si el decorado se cae, la trampa queda al descubierto, y todo termina por parecer una burla, una tomadura de pelo. Los costurones del decorado dejan al desnudo las paredes del teatro.

Demasiado a menudo, por otra parte, las figuras históricas son tomadas como modelos para atacar algo que, en la época de quien escribe, no se considera correcto. Y así se puede aprovechar la vida del príncipe Carlos para denostar el autoritarismo de ciertos padres. Felipe II viene a ser, pues, la imagen del padre-dictador. Pero, insisto, los derroteros de la novela de Segundo Serrano no son estos. Es una vulgar historia de amoríos y adulterios que, al parecer, ni el mismo autor supo cómo terminar. Pues la novela se acaba de una forma tan brusca que, la narración que sigue a esta, ingenuamente, al menos por el final abrupto, da la impresión de que va a ser la continuación, pero en otro época. No hay tal. Al cerrar la obra se queda el lector con la impresión de que le han contado un chiste con poca gracia, que no le ha hecho reír, y que prefiere que nadie le explique.

Y si decepcionante resulta la novela de Segundo Serrano, más lo es todavía, si cabe, la otra teatral de Schiller. Como sucede con casi todas las obras de este género, acaba por informar más de su época que sobre la época que pretende novelar o dramatizar. Así que, al final, sin análisis de las relaciones paterno filiales entre Felipe II y su hijo, sin hablar de la frustración de ver a Isabel de Valois, su antigua prometida, en el papel de madrastra suya y mujer de su padre, terminamos por saber bastantes cosas sobre el romanticismo alemán, se pueden rastrear los amoríos de Schiller a través del drama, las relaciones con otras personas. El príncipe Carlos acaba feneciendo bajo una capa de romanticismo.

Últimamente proliferan las llamadas novelas históricas. Da que pensar, y más cuando se leen. A través de ellas se puede ver la incuria y superficialidad de nuestra época: se toman a personajes históricos, el recurso fácil, como modelos de algo que hay que combatir, pero que rara vez se estudia y analiza. Parece que algunos novelistas se han quedado con el deleitar de sus obras. Pero tal vez, al menos para algunas mentalidades, no se deleita sino se enseña. Y no se enseña sino se analizan las cosas, los acontecimientos y los personajes.

Ciertos autores, como algunos directores de cine, son conscientes de su fracaso. Tratan entonces de solucionar dicho sinsabor con la consiguiente apostilla de “basada en hechos reales”, o prodigando libros, al final de la novela, documentos y legajos, en los que se han informado, y que han estudiado a fondo, según dicen. Lo cual está muy bien, es de alabar; pero una cosa son los hechos reales, los legajos y las confesiones de los presos, y otra muy distinta, y harto complicada, levantar un mundo con todo eso. Y hacerlo vivo y creíble. Por eso algunas personas cuando ven el rótulo de marras, o las citas de legajos decimonónicos, apagan la televisión, no entran al cine o dejan la novela en el estante. Y no obstante, esas obras son históricas aunque informan de aquello que, tal vez, no buscó el autor: la incuria y flojedad de su propia época. Por no hablar de la de la propia novela.

1S. Serrano Poncela, El hombre de la cruz verde, editorial andorrana, 1969



2S. Serrano Poncela, Habitación para hombre solo, Seix-Barral, Barcelona, 1963



3S. Serrano Poncela, La raya oscura, editorial Comba, Barcelona, 2014





Etiquetas:   Novela

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