La nueva forma de gobernar y la vieja forma de mandar

La nueva forma de gobernar y la vieja forma de mandar

 

. Esta expresión se usa por lo general para “compadecer” a roles tales como Presidentes o primeros ministros o soberanos de distinto pelaje, aquejados de este mal asociado al ejercicio personal del poder.

El ejercicio del poder trae aparejado, para quienes acceden a sus lugares de privilegio, esa soledad final, ese espacio íntimo de decisión en que no se puede delegar, que no se puede trasladar a otro, es de propiedad exclusiva del líder.  No es relevante la forma de acceder a esa posición como tampoco lo es el si dicha posición es política, económica, deportiva, cultural, social u otra; lo realmente importante es que hay una persona que tiene en sus hombros la responsabilidad de tomar la decisión final, la pregunta valiosa – a mi juicio-  debe estar situada en todo el proceso anterior a la toma de esa decisión final, es decir, en el proceso de diseño, construcción, implementación y evaluación de las estrategias que nos permitirán vernos en la necesidad de tomar esas decisiones, en otras palabras, lo importante está en la manera de ir tejiendo la trama de condiciones que esperamos que ocurran, esa forma de actuar, esa manera de hacer las cosas es la que va determinando un camino.  “Los medios condicionan el fin” es una frase que terminó siendo acuñada a fuerza de desventuras, a fuerza de hematomas, la historia con sangre entra podríamos parafrasear.

Todo lo anterior nos permite situarnos en el Chile de hoy, en este Chile activado a fuerza de tanta bebida energética que circula y que podemos comprar gracias a los quince mil dólares por cabeza que cada uno recibe al año y que nos posibilita este tipo de consumo. Un país movilizado, en estado de alerta, nadie hoy se puede quedar durmiendo la siesta, mal que mal,  estuvimos en una siesta que duró casi 20 años, hoy la siesta se acabó.

Todos nos preguntamos qué pasó que de repente un avión que tenía combustible, tenía pasajeros, tenía pista para elevarse, había buen tiempo, no tenía un destino muy claro pero eso no era realmente muy relevante, un avión nuevo de paquete, una tripulación con ganas, y  paso que  a poco de elevarse comenzó a perder altura, no logró encontrar su rumbo y ha comenzado a perder potencia y a dar vueltas en círculos con los tanques de combustible llenos y amenaza peligrosamente con caer sobre la ciudad. ¿Qué está pasando?

Algunas de las respuestas la encontramos en las consideraciones antes expresadas vistas ahora como herramientas para el ejercicio del poder político en manos de quienes las tienen hoy.  Decíamos que desde hace ya mucho rato sabemos que los medios condicionan los fines y entonces podremos estar de acuerdo en que  la experiencia empresarial no es una buena escuela para el dominio de la política por ello al querer trasladar de modo mecánico un estilo de gestión empresarial hacia la gestión pública, los resultados están a la vista. Si los accionistas tuvieran posibilidades (estatutarias o constitucionales) para modificar el directorio, hoy sería momento para hacerlo  pensando en el interés supremo de la empresa (Véase La Polar) o de la nación.

 La nueva forma de gobernar ha estado sustentada en una lógica que no logra cuajar en el ámbito de lo político y ello tiene una explicación bastante simple. En los negocios, hay un dueño, hay un directorio, hay alguien que define y decide lo que se hará,  hay alguien que construye la visión y la misión (por lo general la plana gerencial y/o los dueños) y de allí en adelante, todo se trata de dar cuerpo a esas intenciones preclaras y generar las herramientas para hacer que las cosas ocurran de un determinado modo.  Si lo hemos hecho así y nos ha resultado, parece claro que quienes son convocados ahora al sector público para trasladar esa exitosa experiencia empresarial al conjunto de la nación a través del ejercicio de las políticas públicas,  quieran y esperen –sinceramente- que les resulte según lo planeado.

El problema es que el avión viene cayendo.

La política tiene otros cánones, tiene otros derroteros y a riesgo de ser majadero vale la pena señalar algunos por si alguien –aún perdido- no se ha dado cuenta todavía. Lo primero que se debe contemplar es que el país es de todos, no es de nadie en particular, por lo que a pesar del presidencialismo aberrante de nuestro sistema político,  nadie puede creerse con potestades similares a las del dueño de una empresa; en política, las estrategias suelen construirse en un colectivo y son el resultado de discusiones, análisis, peleas, pero de lotes, de grupos de personas y por tanto, cuando se decide ir a su implementación, hay mucha gente implicada y las responsabilidades (y los costos y beneficios) se reparten; la sana política no resiste a “los iluminados” y las ideas deben plantearse, argumentarse, defenderse y perderse en el juego limpio de los argumentos y la sensatez.  El ejemplo de la concertación debió haber servido a la alianza para no cometer errores similares ya que la ciudadanía finalmente le da vuelta la espalda a quien le usurpa sistemáticamente lo que es de la gente (el poder) y si esa usurpación viene teñida de soberbia, el rechazo es aún más duro.

A todo lo anterior agreguemos que en la mayor parte de los cuadros de la derecha chilena aún subyace una manera de hacer las cosas muy propia de la lógica dictatorial, época en que el ejercicio del poder no tenía contrapeso y ya sea en el dominio de la política o de los negocios, las decisiones no se discutían, se ejecutaban simplemente.  De esos tiempos subsiste el desprecio por el oponente, por el contrario, desprecio o menosprecio que incluso alcanzaba para justificar su exterminación, reclusión, represión.  En política se entiende que el ejercicio de ella requiere de un contrario, de un otro oponente, es condición necesaria para su adecuado desarrollo y se entiende que las idea tienen un peso específico que tengo que ser capaz de mostrar, debo ser capaz de convencer para poder vencer; la política es un arte que requiere sofisticación en los análisis, requiere la capacidad de mirar los temas desde distintas ópticas, la política require diseñar escenarios posibles y jugar en esas posibilidades; la política obliga a respetar al adversario en el entendido que todos de modo legítimo, buscan capturar el favor del dueño del poder, el votante; algunos querrán representar sus intereses y para ellos deben conocerlos y adoptarlos, otros, buscarán convencerlos mediante la publicidad y el marketing, no importa, lo que realmente es relevante es que quien opta por dedicarse a la Política debe aceptar estos derroteros, caso contrario puede perder hasta la manera de caminar y deberá hacerlo sin llorar y sin recurrir a prácticas alejadas de la sana convivencia, como ir a gemir a la salida de los cuarteles por ejemplo.

La decisión extrema de sacar los perros a la calle del ministro Hinzpeter el pasado 4 de agosto, se parece mucho más a la vieja forma de mandar que a la nueva forma de gobernar.

UNETE



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