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Relato Breve "La vida es una manzana" de Cristina Suárez


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14/04/2016


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Suárez, Cristina – “La vida es una manzana”14 abril, 2016 mastereld  Relatos Breves

Cuando me dieron la noticia no me pilló desprevenida, ni sentí ese vuelco al corazón o que el peso del mundo se me viniese encima. Tampoco perdida, o definitivamente separada de los demás por un muro invisible, yo a un lado y el resto al otro, tan ajenos a una tragedia, la mía, que nunca podrán entender si no pasan por ella. Simplemente dejé que la noticia me calara, como una ducha fría que recibes vestida, y lo acepté como una consecuencia lógica de toda una vida de fumadora empedernida.

Juan llevaba años avisándome pero, como siempre, había hecho caso omiso de sus consejos, pues casi hubiera preferido que cayese un meteorito en mi cocina a la hora del desayuno que dejar de fumar. Así que, para evitarle una situación tan desoladora, y que a buen seguro recibiría como un tsunami en su vida, decidí ir a las sucesivas consultas sola sin comentárselo a nadie. Desde la primera de ellas barruntaba que tendrían un resultado catastrófico en nuestras vidas, relacionándolo casi obsesivamente con la película Mi vida sin mí, de Isabel Coixet, y cada vez que veía a los médicos visualizaba el momento que finalmente se produjo.

—¿Tiene usted hijos? —la doctora me miró fríamente. Era de las que sueltan la verdad a bocajarro al paciente para que éste se ponga a luchar por su vida a la voz de ya, que no hay tiempo que perder. Y todo a riesgo de que al susodicho le dé un jamacuco allí mismo, y se acabó lo que se daba— …porque debe poner a su familia al tanto de la situación. Arreglar sus cosas… ya sabe.

—Bueno, sí, y un marido… —contesté, un poco molesta de que al pobre Juan le hubiesen quitado este más bien indeseado protagonismo.

Luego me habló de los avances médicos en este terreno,  de la lucha, de mi actitud, que sería tan importante… Su tono frío y profesional era parecido al del técnico que había revisado mi lavadora la semana anterior, que también se había tomado su tiempo en justificar el palo que me iba a dar a continuación.

Salí de la consulta pensando otra vez en Isabel Coixet y su película, y en cómo adaptarla a mi vida real. No comprendía por qué estaba tan tranquila, en esta situación tan poco deseable para una mayoría sensata, pero la sensatez nunca había entrado en mis planes, recordé. No tenía deseos de morirme inmediatamente, tampoco a medio plazo, y, sin embargo, sentía una tranquilidad interior que parecía prepararme para ese momento de serenidad completa.

En vez de ir directamente a casa, deambulé por las calles absorta en mis pensamientos. Pensé en mi hijo Jaime, que estaba pasando por un buen momento en su vida. Tenía un trabajo como investigador por el que había luchado y del que vivía holgadamente. Su mujer era escritora de libros infantiles, que ilustraba maravillosamente, y no sólo ponía ilusión en su trabajo, sino en la vida en general, de tal manera que ayudaba a mi hijo a vivir en armonía. Hacían muchas cosas y, a la vez, tenían todo por hacer. No me preocupaba Jaime, ya que desde niño era de esas personas que conciben la vida sin estridencias, sin dramatismos, y, ante las adversidades, se rigen por aquello de otros días vendrán. Jaime era como las pelotas de caucho, que por muy fuerte que sea la patada siempre vuelven a su ser.

Pensé en Juan, y en que, para él, todo esto…era otra cosa. Recordé la boda y nuestros primeros años de casados. Qué trabajo nos había costado llegar a entendernos, alcanzar el equilibrio… Este proceso había durado años, hasta que nuestra relación alcanzó una suerte de armonía insólita. Como un río rabioso que al final se remansa, así había sido nuestra vida en común. Ahora, en nuestra madurez, Juan no daba un paso sin mí y, según él, me quería como nunca me había querido en el pasado.

Juan había dejado a su novia de toda la vida cuando me conoció. Isolina se llamaba; no podía llamarse de otra manera una novia tan formal. Una relación, decía, demasiado previsible y tranquila, sin pasión. Pero cuando nos enfadábamos, la idealizaba, añoraba el tranquilo devenir de su noviazgo  y consideraba entonces que, al verme por primera vez, había sufrido un estado de enajenación mental que lo había abocado de por vida al mayor de los sufrimientos, según él, por enamorarse perdidamente de la persona indómita que yo era. Esos comentarios me herían profundamente y llegué a sentir que realmente Juan no me pertenecía, y que nuestra locura había trastocado de manera abrupta el orden natural de las cosas.

Me imaginaba a Isolina como una mujercita de esas de las postales vintage, guapa sin estridencias, rubia y con el pelo cardado, falda plisada y cinturita de avispa. Siempre sonriente y solícita, comprensiva y dulce, y que jamás osaría contradecir a Juan por nada del mundo, un hombre tan inteligente y con tanto sentido del humor…, y mucho menos competir intelectualmente con él en público. Seguro que sabría sugerir sin herir susceptibilidades, proponer otros planes siempre que a él le pareciesen bien, callarse a tiempo o hablar en el momento preciso. En mi imaginación enferma, ella estaba dotada de todo aquello para lo que yo no había nacido. Yo la detestaba profundamente por toda la perfección que emanaba de su recuerdo en la mente de mi marido y porque, en mi fuero interno, estaba convencida de que era ella la que estaba destinada a hacerle feliz cuando yo me interpuse en su camino. Los celos de aquel fantasma llegaron a perturbar nuestra convivencia hasta el punto de sentirme fracasada frente a un matrimonio, el de Juan e Isolina, que nunca había sido.

Por aquella época comencé a serle infiel con mi mejor amigo, Lucas; quién mejor que él, que me conocía desde niña, para ser depositario de una intimidad que hasta entonces sólo nos pertenecía a nosotros, a Juan y a mí. Nunca se lo dije a Juan, pero no porque yo pensase que había hecho algo malo, sino porque él sí iba a pensar que yo había hecho algo malo, o, al menos, malo para él. Él lo interpretaría como la mayor de las traiciones a su persona, ya que consideraba la infidelidad sexual como la única existente, mientras para mí era la menos importante y la que provocaba un dolor menos intenso y más efímero.

Jamás le conté lo de Lucas porque nunca existió en mí ni el más mínimo atisbo de arrepentimiento. Una confesión hubiera sido demoledora para ambos,  bombardeándome con preguntas inquisitivas de muy difícil respuesta,  acorralándome verbalmente, manipulándome hasta límites insospechados, de  forma que el daño sería irreparable y haría desmerecer a Juan ante mis ojos para siempre. Y, posiblemente, los reproches no cesasen nunca en el tiempo, como los efectos de una lluvia radiactiva. Él jamás olvidaría, y me pondría en la tesitura de renunciar a la amistad de Lucas para siempre, lo cual me haría la vida mucho más difícil. Así que tomé la determinación de no decírselo, lo que a mí me pareció la decisión más inteligente y la que más favorecía a nuestras vidas: la de Juan, la de Lucas y, por supuesto, la mía.

Pero ni siquiera en aquella época de alejamiento dejé de quererle, incluso lo quería más que nunca, cosa que Lucas sabía y comprendía. Nuestra  amistad no sufrió menoscabo alguno cuando dejamos de ser amantes, y conservamos ese recuerdo como un tesoro, nuestro tesoro secreto, a sabiendas de que nadie podría entenderlo excepto nosotros dos, ni mucho menos juzgarlo.

Juan nunca lo supo, pero aquel paréntesis fue lo que realmente salvó nuestra relación. Recuperada mi autoestima, fluyó entre nosotros una armonía que desconocíamos, y él hizo verdaderos esfuerzos para no romper el encantamiento. Quizá intuyó que había estado a punto de perderme y ese vértigo no le gustó, ya que hizo lo posible para complacerme. No volvió a nombrar a Isolina, al menos con nostalgia, y me empezó a querer tal como era, aceptando con íntima complacencia todo lo que había pasado media vida intentando cambiar. Llegó la armonía, como esa planta delicada a la que hay que regar todos los días ni poco ni mucho, sino lo justo.

La película de Coixet volvió a inundar mis pensamientos. Cuánto me había impresionado la infinita generosidad de aquella chica que, sabedora de su trágico destino próximo, planea dejar a su marido y sus hijos pequeños en buenas manos,  para que su vida no se parta en dos cuando ella se vaya.

Como en la película, Juan debía quedar a buen recaudo si yo me iba. Podría llorarme, pero solo lo necesario para empezar otra vez a vivir, a ilusionarse. El sufrimiento no debía prolongarse en el tiempo. Se lo debía por todo cuanto me había querido, por los momentos felices, y por lo que más había puesto en valor su persona ante mis ojos: su entrega como padre a Jaime, su ausencia de egoísmo. Entre los dos, habíamos criado un hijo fuerte y bueno.

Cuando pensé en Jaime me flaquearon un poco las fuerzas, pero fue al acordarme del niño que ya no era. Carraspeé y recuperé la compostura. Había estado dando vueltas a la manzana como unas ocho veces, sin decidirme a dirigir mis pasos hacia mi casa. Rectifiqué y avancé hacia el portal, resuelta a fraguar un plan post mortem que librase a Juan de la tristeza.  El nombre de Isolina retumbaba en mi cabeza; sólo ella podía salvarlo, sólo ella podía salvarnos… Tenía que saldar esa deuda. Pero ella tendría su vida, habría olvidado… Estaría casada, con hijos, tal vez con nietos… Dios mío, quién me iba a decir a mí que yo estaría clamando por una mujer que, sin querer, me había hecho sufrir tanto. Cómo necesitaba Juan a Isolina otra vez, aquella mujer abandonada por un amor loco de juventud que se había convertido en un amor loco de por vida.

Cuando cerré la puerta tras de mí, unos cálidos brazos me cogieron desde atrás por la cintura.

—Hola, mi amor. No te imaginas a quién vi hoy. Pero no te pongas celosa a estas alturas de la vida como cuando eras joven. Me encontré con Isolina en la biblioteca. Es increíble, después de tantos años… Acaba de enviudar, joder… Estuvimos tomando un café y charlando. Está muy bien, a pesar de lo que ha pasado. Va siempre por la biblioteca de los Arenales los miércoles, es extraño que nunca nos hayamos encontrado hasta ahora. Me ha dado su teléfono, espero que no te parezca mal que se lo haya cogido.

Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que pensé que se me salía por la boca. Qué casualidad más feliz. El nombre de Isolina en los labios de Juan me provocaba ahora alegría, esperanza, ilusión…Si algo me ocurría, tarde o temprano iría en su busca, lo sabía. Sabía que Juan no toleraría mi ausencia porque no soporta sentirse solo, cocinar para uno, ver un cepillo de dientes en el vaso o que no le den alguna patada en la cama mientras duerme. Me lo imaginaba con la tele puesta como ruido de fondo, costumbre que él siempre había abominado, y se me partía el corazón. Por supuesto que Jaime iría a verle, pero serían visitas puntuales que en ningún modo paliarían su soledad. Y  se refugiaría en nuestros amigos de tantos años… Pero, al llegar a casa, se sentiría solo. Y otra vez solo.

—No, cariño. A estas alturas de la vida… ya no me pongo celosa.

Solté una carcajada y lo abracé fuerte, casi le hice daño. Comenzó a besarme y me arrastró hacia el dormitorio. Pensé que, posiblemente, yo había necesitado toda una vida para entender estas cosas del querer. Me sentía feliz de quererle yo, y de querer cederlo a otros brazos. Todo sería en su momento. Pero sería, claro que sería.







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