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Relato Breve "Una pareja perfecta" por Inmaculada Marroquín


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08/04/2016


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 —Aquí tienes —dijo la mujer dejando un plato de pasta sobre la mesa del comedor—. Cómetela ahora que aún está caliente.


     No sabía muy bien por qué había dicho aquello. En el fondo le resultaba indiferente que se comiera la pasta fría o caliente. Esa mañana había cocinado para él por pura rutina, como llevaba haciéndolo desde hacía más de 20 años, sin cuestionarse dejar de hacerlo.

       El hombre no dijo nada, ni siquiera levantó la cabeza del periódico que leía o fingía leer cuando ella depositó el plato ante él. Tenía unos cincuenta años y aún se conservaba joven. Lucía un bigote espeso en el que comenzaban a vislumbrarse algunas canas que le daban un aspecto distinguido. Alto y atlético, a pesar de la incipiente barriga que se intuía debajo de la camisa militar que vestía  con orgullo y que podía no llevar debido a su  graduación. De gesto  severo y adusto, parecía  hombre de pocas bromas. Aun así, era elegante y muy atractivo.

       Solo cuando ella salió, dejó a un lado el periódico y se dispuso a comer.

       Vivían en el recinto militar a las afuera de Santiago de Chile, en la zona reservada a las viviendas de los oficiales. Una casa de dos alturas con jardín y  césped natural que el  jardinero de la base cuidaba con esmero. Ella se había reservado para sí un hermoso pedazo donde cultivaba tomates, pimientos, frijoles… y flores. Las flores eran su vida. Mimaba aquellas matas como si de sus propios hijos se tratara.

      La casa era amplia y confortable. Estaba decorada de forma uniforme, como el resto de las casas de los oficiales, con muebles sobrios y funcionales,  y en la que ella, con el paso de los años, había conseguido estampar un aire personal y sumamente femenino.

     Al  rato la mujer volvió a entrar al salón, se acercó lentamente a la mesa donde su marido había terminado de comer y recogiendo el plato vacío  le dijo:

     —Ha llegado una invitación del General. Tenemos que estar esta tarde a las 7 en la capilla de la base, celebra una misa en agradecimiento por el compromiso de su hija mayor, esa que es tan fea. Después, ofrece una cena de gala a todos sus oficiales con baile de honor incluido. Te he dejado el traje de fiesta encima de la cama y he hablado con tu asistente para que nos pase a recoger a las 6.30. —Se dirigía hacia la puerta del salón. Suspiró y se volvió de nuevo hacia donde estaba su marido— Yo me pondré el vestido verde de pedrería, aquél que tanto te gustaba…

     El hombre, impasible, seguía sin levantar la vista del periódico y ella, desistiendo de arrancarle una palabra salió del salón en dirección a la cocina con el plato sucio en la mano.

      Era una mujer hermosa en la plenitud de su madurez. Algunos años más joven que su marido. Pequeñas arrugas comenzaban ya a surcar su rostro perfecto. Morena y de tez clara, debió de ser muy bella en su juventud. Sus ojos oscuros, no obstante, llevaban muchos años tristes.

   No habían tenido hijos. Su marido nunca los quiso. En los primeros años de su matrimonio había renunciado a persuadirle por el amor que le profesaba. Con el correr del tiempo se convenció de lo acertado de su decisión por el carácter hosco e intransigente del esposo. No hubieran criado niños, sino pequeños y obedientes soldaditos –pensaba ella-. Ya no importaba… y además tenía sus flores. ¡Sus preciosas flores! Eran como  sus hijos.

    Esa tarde, como tantas otras, asistirían a la fiesta que el general ofrecía en su casa y fingirían que no pasaba nada. Sonreirían a sus convecinos con gestos amables. Asistirían a la misa y después a la cena. Asentirían a lo que les dijeran, e incluso, puede que se rieran con los chistes tontos del general. En un perfecto acto de hipocresía calculada que interesaba a ambos, bailarían juntos y simularían una felicidad que no tenían. Eran la viva estampa de la dicha conyugal, la envidia de sus compañeros por la hermosa pareja que formaban. Nunca discutían ni se enfadaban y hasta  parecían no envejecer.

     Al principio de su matrimonio, su amor fue verdadero. Ella, la hija mayor de un pequeño comerciante en lanas de Santiago, había tenido muchos pretendientes pero lo escogió a él. Alto, guapo y con el futuro asegurado. Supo desde el primer momento que le vio que sería su esposa. No se conocían demasiado cuando se casaron pero se amaban. El de él fue un amor intenso y pasional y el de ella romántico y delicado, tal y como competía al carácter de cada uno. Pero pronto la pasión se esfumó en un viaje sin retorno y dio paso a un amor rutinario, lleno de mentiras y puritano recelo. En ocasiones, él se mostraba un tanto brutal y ella callaba resignada, desahogando las frustraciones con sus flores. Arrancaba las malas yerbas del jardín con toda la furia que no se permitía tener contra el marido. Nunca supieron cuál fue el momento exacto en el que la  indiferencia se adueñó de sus vidas; ella ocupada en las tareas de la perfecta esposa del oficial y él absorto en la ajetreada vida militar.

    La mujer soñaba melancólica con una tarde cinco años atrás. El nuevo asistente de su marido era un joven bien parecido y sumamente educado. Como a ella, le gustaba la poesía y leía con fruición todo aquello que se publicaba, en especial, de los jóvenes poetas chilenos. Era un ser extraño dentro de aquel complejo militar lleno de músculo y testosterona. Con el intercambio de libros y rimas se fue forjando entre ellos una amistad que cada día se hacía más intensa y que el marido observaba con recelo.

   Un día de aquel verano el muchacho apareció por la casa con un regalo. Le había comprado una hermosa y rara orquídea con lo exiguo de su soldada en agradecimiento a los muchos libros prestados y poesías compartidas. Ella, conmovida con el gesto del muchacho, y sabedora de las dificultades económicas que para él había supuesto comprarle aquella flor, le abrazó con ternura de madre.

    Pero al abrazarle un escalofrío recorrió su espinazo; algo visceral y primitivo que nunca se permitía sentir se apoderó de su ser y percibió el deseo reprimido durante años. El deseo de un cuerpo caliente a su lado, de unos abrazos, de unos besos sinceros…

   Algo semejante debió de ocurrirle al soldado, y sin saber muy bien como sus labios se besaron, estrechándose cuerpo contra cuerpo, sexo contra sexo. Con pasión irrefrenable hicieron el amor en el sofá a rayas del salón. En el mismo sofá que había sido testigo de sus lecturas. No supieron si fue un instante o la eternidad de toda una vida lo que duró aquel lance, cuando ella avergonzada se retiró y le dijo que se fuera.

     El soldado, obediente y conocedor del castigo por semejante atrevimiento salió cabizbajo y con gesto preocupado de la casa. Ella, por su parte, se sentó en el sofá intranquila por las posibles consecuencias de su indiscreción. Nadie debía saberlo o sería la comidilla de la base y su reputación de perfecta esposa se desmoronaría. Se convenció de que nada había pasado pues nadie les había visto y guardó en lo más profundo de su corazón lo ocurrido aquella tarde.

    Cuando el marido regresó a la casa aquella noche, le preguntó fríamente por la hermosa flor que permanecía dentro de su envoltorio encima de la mesa del salón. Y ella, calculando el riesgo improbable de que su marido conociera su aventura, improvisó una mentira un tanto absurda. Aquella fue la última vez que él le habló.

    Esa tarde, se había desgarrado la camisa en unos ejercicios rutinarios con la tropa, en un intento de demostrar a sus hombres –y engrandecer su vanidad- el buen estado físico que aún mantenía. Su ayudante tenía la tarde libre ese día, así que le pidió a uno de sus soldados que le acercara hasta su casa para cambiarse de camisa. Con paso enérgico bajó del jeep y le dio la orden al conductor de que esperara. Subió de dos en dos los seis peldaños de la vivienda y abrió la puerta principal. En la base no se usaban llaves ni cerrojos, todo lo más se cerraban puertas y corrían cortinas para preservar la intimidad de los ocupantes. Allí les vio: abrazados en el sofá, haciendo el amor con una pasión largamente reprimida. Los amantes absortos en su arrebato, no se percataron de la llegada del marido.

     En una décima de segundo tomó la decisión y se volvió. Salió de la casa tal y como había entrado. Bajó lentamente los escalones para darse  tiempo a pensar. Le dijo al soldado que le esperaba fumando un cigarrillo recostado contra la puerta de la furgoneta, que lo había pensado mejor y que le llevará hasta el pabellón de oficiales, pensaba ducharse allí  y pasar el resto de la tarde con el Coronel Buendía.

   Nunca le dijo a la esposa que la había visto; ni le hizo el menor reproche, ni el más mínimo gesto. Simplemente no dijo nada y esa noche visitó el dormitorio de la mujer mostrando con ella una brutalidad desmedida. Mientras, su asistente guardaba en el petate sus escasas pertenencias y se iba  destinado a la base naval de Punta Arenas.

    Con la desaparición del asistente –por el que nunca preguntó- y el silencio del marido, ella intuyó que él algo sabía, pero no acertaba a comprender cuánto, pues estaba convencida de que nadie les había visto.

    Y así, entre silencio, rutina e indiferencia fueron pasando los días, los meses, los años… A la vista de los demás miembros de la base, eran la pareja perfecta. Dentro de las paredes de su casa la realidad era muy diferente. Su intimidad se limitaba a aquellas escasos momentos en que él la requería, en ocasiones más para castigarla y humillarla que por goce íntimo. Se había conformado con estos pequeños escarceos y con algún esporádico episodio de sexo mercenario. Pero ella se cobraba a su manera la venganza; si esa noche el ataque había sido demasiado virulento, dejaba quemar deliberadamente en el horno el cordero con patatas y asadillo de pimientos que a él tanto le gustaba, o salaba en demasía la sopa de pollo con verduras que él sorbía con descontento. Otro día las tostadas se quemaban en la tostadora o el zumo de naranja parecía de limón. A su vez, si el asunto de la comida no mejoraba, él reducía la asignación de la esposa para lazos y perifollos. Ella comprendía el mensaje y sin mediar palabra se declaran una tregua, hasta que cualquier nimiedad les hacía volver a su guerra soterrada.

    Así transcurrían sus perfectas vidas de mentira, en un mundo de apariencia. Ella podría haberse ido o él haberla dejado, pero ambos preferían la cobardía de su mentira a mostrarle al mundo sus desdichas. Por eso en público sonreían, tenían un estatus que mantener y muchas fiestas a las que asistir. Mientras, el marido escalaba puestos en la jerarquía militar y todos comentaban que pronto sería ascendido a general, el general más joven de la historia de aquella base y que a la jubilación del actual mando, pasaría a ocupar, también, el cargo de jefe de la misma. Ella por su parte, siempre colgada del brazo de su esposo, era la más guapa y mejor vestida en todos las reuniones, la más solicitada en todos los bailes y la que se conservaba más esbelta, para envidia de todas las demás esposas. Admirada por su vasta cultura y sus exquisitos modales era el alma de todas las conversaciones.

    Aquella tarde, tal y como estaba previsto, el asistente les recogió a las 6.30 horas, fueron a  misa en agradecimiento por el compromiso de la hija del General y a la fiesta que se celebró con posterioridad. Comieron, bebieron, rieron…

   Nunca nadie se enteró de la miseria en que estaban sumidas sus vidas, ni de las mentiras con que habían envuelto su existencia.







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