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La hora de la ¿verdad?


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29/02/2016

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Si hacemos caso a lo que nos cuentan los columnistas y tertulianos de todo pelaje, entramos en una semana decisiva, al menos para el futuro inmediato de nuestra nación. Después de un par de meses mareando la perdiz, por fin tenemos sesión de investidura. Para Sánchez ha llegado, utilizando el símil taurino, el momento de la suerte suprema, aunque uno no sabe muy bien si va con el estoque de verdad o con el simulado, si se perfila ante un morlaco o ante un carretón. Porque desde el 20 de diciembre hasta hoy venimos asistiendo a una especie de circo de tres pistas, en el que resulta imposible distinguir lo que es real de lo que es artificio. Y no digo que no sea lícito, pues en el juego de la política, como en el del póker, cada uno juega sus cartas como mejor sabe o puede. Otra cosa es que España esté en estos momentos para desafíos de trileros.




La cosa empezó con Rajoy, que ante la expectativa de convertirse en un tentetieso en una hipotética sesión de investidura que hubiera parecido más una moción de censura, dijo aquello de "pase de mí este cáliz". Y muchos de los que ahora se lo censuran acusándole de inactividad se lo aplaudieron en su momento, si bien es cierto que su negativa a la invitación del Rey supuso eludir una responsabilidad para la que le habían votado más de siete millones de españoles. Y es la que ha proporcionado a Sánchez este mes de abrir telediarios como candidato a la presidencia del gobierno.



Después vino la sucesión de órdagos de Iglesias, que en cuanto vio a Sánchez en el púlpito le faltó tiempo para alzarle las sayas, diciendo a quien lo haya querido entender que o Sánchez entraba por su gatera, dejándose la mitad del pelo, o él no tenía empacho en ir a unas nuevas elecciones en las que espera ser el más beneficiado. ¡Y cuidado!, que desde las antípodas ideológicas de Podemos, pienso que Iglesias ha sido desde la precampaña hasta aquí el más inteligente a la hora de jugar sus cartas. Primero organizó el tema de las confluencias, que le ha servido para rentabilizar mejor que nadie el voto en términos de escaños, y después protagonizó una campaña al contraataque que le ha servido para quedarse a tiro de piedra del todopoderoso PSOE en sus primeras elecciones generales. Le faltó embarcar a Garzón para haber conseguido que Sánchez, además de "hacer historia" la noche del 20D, hubiera visto a la formación morada pasarle por la izquierda dejando al PSOE en un tercer puesto catastrófico para el partido de la rosa.



Y precisamente desde aquella noche de diciembre tenemos a Sánchez huyendo hacia adelante, consciente de que su única opción para no quedar en el corral de los quietos de la política pasa por la Moncloa. Es su carta, y es lícito que la juegue, más si cabe cuando la renuncia de Rajoy le ha puesto en bandeja el penúltimo clavo ardiendo al que agarrarse. Y Sánchez, con las primarias subidas a la cabeza, y convencido de que su habilidad está pareja a su soberbia, se ha puesto a jugar a aprendiz de brujo. Al contrario que Iglesias, que tiene satisfecha y entregada a su parroquia, Sánchez partía con el handicap de la supuesta censura de los barones y Susana Díaz. Pero se lo quitó de un plumazo con la cabriola de la consulta no vinculante, que nos da una idea de cuál es la situación actual del PSOE: una militancia dispuesta a participar en una consulta de pega en la que no se consulta nada, y unos barones rehenes de la inercia del Tinell, e incapaces de dar un paso al frente no vaya y les toque a ellos heredar.



Soslayado el conflicto interno, Sánchez quedaba con las manos libres para negociar, pero con dos limitaciones importantes. La primera y más clara procedente de esa inercia del cordón sanitario a la que acabamos de hacer referencia: con el PP ni a repartir billetes de 500. La segunda la de la certeza del abrazo del oso de Podemos. Y esto debe quedar claro: si Sánchez no pacta con Iglesias no es por ninguna limitación ideológica o responsabilidad de Estado, es simplemente porque sabe que, con la victoria al alcance, la única oferta de pacto que Iglesias aceptaría sería la rendición del PSOE.



Así que descartados PP y Podemos, a Sánchez sólo le quedaba la carta de Ciudadanos, aritméticamente insuficiente, pero políticamente exprimible. Más si tenemos en cuenta que la formación naranja, merced a una campaña más que cuestionable, había echado a perder en buena medida sus opciones de ser decisiva, y sobre ella pesaba ahora la amenaza de que una mayor polarización en unas hipotéticas nuevas elecciones podría llevarles a la insignificancia o incluso a la desaparición del mapa político.



Por tanto el escenario para un pacto PSOE-Ciudadanos estaba pintiparado, y la única duda era saber a quién la desesperación le iba a hacer renunciar a más principios. Pero aunque ni Sánchez ni Luena son Maquiavelo, ni Rivera ni Girauta son el Cardenal Richelieu, tampoco podemos decir que sean tontos, y han redactado un pacto en unos términos suficientemente ambiguos como para permitir que cada uno se lo venda a su parroquia como mejor estime. Así, en lectura de Ciudadanos el pacto dice que desaparecerán las Diputaciones, mientras que para los del PSOE las Diputaciones no desaparecerán; la reforma laboral será derogada según los socialistas y reformada según los de Rivera; para Ciudadanos se garantizará la unidad indisoluble de la nación y la igualdad de todos los españoles, y según el PSOE se avanzará a un federalismo con "status especiales" para algunos territorios. Y tienen tan asumido que es así que cuando la exministra Chacón sale a decir que en el pacto se contempla un referéndum para Cataluña, nadie en Ciudadanos dice ni mú, mientras que saltan como fieras en cuanto a Cospedal se le ocurre repetir las palabras de Chacón. El caso es presentarse con el cartel electoral de fuerzas moderadas y de diálogo, y dejar el papel de extremistas intolerantes para PP y Podemos. Y de paso si el PSOE consigue, amenazando al PP con Podemos, y a Podemos con el PP, que alguno de los dos se abstenga en la investidura, la jugada para Sánchez podría ser redonda.



Y hasta aquí la componenda. Lo más probable es que no haya investidura de Sánchez, ni creo que después la haya de Rajoy. Los que aún sueñan con la quimera del "gran pacto" no pueden andar más errados. En un PSOE que lleva más de una década radicalizando su discurso y promoviendo el aislamiento político del PP, muy pocos entenderían un pacto con los populares ni aunque fuera para hacer el programa del PSOE. Los tiempos en los que Felipe estaba dispuesto a ser vicepresidente de un gobierno presidido por un militar y con Fraga de ministro son ya prehistoria. Por lo tanto estamos abocados a unas nuevas elecciones, y será allí donde veamos cómo responde el electorado del PP a la esquiva de Rajoy; cómo responde el votante más de izquierdas del PSOE al pacto con Rivera y "no pacto" con Iglesias; cómo se toma el votante antes del PP y ahora de Ciudadanos que la formación naranja se haya encamado con los socialistas; y cómo se toma el electorado menos montaraz de Podemos que su líder no haya hecho algún sacrificio para lograr un pacto de izquierdas.



De aquí a entonces, y mientras España sigue semiparalizada, nos marearán con encuestas más encaminadas a dirigir nuestro voto que a informarnos sobre cómo se cuece el caldo electoral. Se dará por vivo o por muerto a éste o a aquél según convenga al columnista o tertuliano de turno. Pero sólo entonces, cuando haya que meter de nuevo la papeleta, será la hora de la verdad. Y luego saldrá lo que salga





Etiquetas:   Partidos Políticos

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