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Cuento "Gloria a Dios en las alturas" de Miguel Ángel Pérez Oca y Mariángeles...


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09/12/2015


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A 400 kilómetros de la superficie terrestre, la Estación Espacial Internacional, con su complicado aspecto de mecano a medio construir, flotaba majestuosa sobre un paisaje blanco y azul, de remotas nubes y mares, que discurrían vertiginosamente allá abajo. Desde aquellas alturas, la vida de los humanos parecía algo así como un pulular de infusorios en el ocular de un microscopio, a la vista de las potentísimas cámaras de los astronautas.


            El comandante Mihailov se aburría en su turno de guardia, mientras sus compañeros Smith y Martínez dormían en sus sacos sujetos a los mamparos con mosquetones, para evitar que salieran volando por la estancia al más mínimo movimiento. Después de una corta vacilación, el astronauta se impulsó con un ligero empujoncito de su mano derecha, y se trasladó flotando al otro extremo del módulo, en busca de la escotilla que conducía al laboratorio. Desde allí pensaba asomarse a la cúpula transparente desde donde mejor se podía observar la Tierra, así como el exterior de la estación, con sus paneles solares, sus muelles de atraque, en uno de los cuales la nave Soyuz reposaba en espera de alguna emergencia, y los distintos módulos, formando una arquitectura intrincada y todavía inconclusa.

            Miró a través de la curva superficie de la cúpula. Más allá de las azuladas profundidades atmosféricas, cuando las nubes lo permitían, se podían ver los continentes y las costas de la Tierra, como si de un gigantesco mapa se tratase. “Un mapa de tamaño natural”, se dijo para sí con ironía. En esos momentos, la estación sobrevolaba el Mediterráneo. Las costas del norte de Egipto y Palestina aparecían completamente despejadas. Allá abajo adivinó más que vio, la ciudad de Jerusalén y sus alrededores, con las huellas carbonizadas del eterno conflicto entre las dos comunidades que se reclaman dueñas de este territorio sagrado y maldito. Más al norte está Belén, donde al parecer nació Jesús, por mucho que le llamaran “de Nazareth”.

            —Estamos a 24 de diciembre— se dijo para sí—. Esta noche es Nochebuena.

            Y pensó en la cena que, dentro de un rato, iban a preparar sus compañeros, a base de manjares liofilizados, cuyo sabor a pavo y a dulces navideños sería más que discutible. Nada digamos del sucedáneo de champán sin alcohol.

            —Belén, Belén…, buscó en el ordenador, para fijar las coordenadas en la cámara de alta resolución.

            Un leve murmullo de motor eléctrico anunció que el mecanismo de orientación estaba accionando el enorme teleobjetivo. Y una lucecita verde en el panel de control le indicó que el objetivo había sido localizado. Accionó el zoom y en la pantalla apareció una ciudad pequeña con huellas de recientes enfrentamientos militares. Algunas de sus casas estaban en ruinas, ennegrecidas por impactos de artillería y misiles. Sin embargo, la gente circulaba por las calles con tranquilidad, disfrutando de la última tregua declarada mientras durase la enésima negociación de paz, que todos sabían por experiencia que estaba condenada al fracaso. Movió ligeramente los mandos hasta las afueras del pueblo y puso el zoom a la máxima potencia. Por un camino pedregoso avanzaban unas figuras que tardó en enfocar con precisión. Se trataba de un hombre con chilaba que conducía un asno del ronzal. Sobre el animal iba una mujer cuyo vientre voluminoso parecía delatar un embarazo muy avanzado.

            —Vaya, parecen José y María, camino de la posada— se dijo Mihailov, mientras fijaba el seguimiento automático del objetivo.

            Se tocó la barbilla e incómodo por aquella repentina visión, decidió en ese momento apagar la luz verde del panel de control, porque le recordaba lo que muchos siglos atrás había ocurrido en aquellas tierras. Hechos que él aceptaba como verdaderos y que comprendían desde el nacimiento de Jesús hasta su resurrección. Admitía aquellos dogmas, no solo por tradición, sino porque siendo niño había tenido la increíble experiencia de hablar con Flavio y Tácito, dos soldados pretorianos con cabeza y extremidades modeladas en arcilla y cuerpos hechos de alambre y estopa, que hacían guardia en el palacio del rey Herodes. Y ellos habían dado fe de que todo aquello había sucedido tal y como lo contaba la Biblia.

Tan solo cuando Mihailov creció y supo con certeza que podían existir universos paralelos, dejó de preocuparse de su estado mental, y eso le hizo aún más fuerte en sus creencias religiosas. Calculó el tiempo que la tripulación llevaba dormida y recordó que, pese a que Martínez le había dicho, hacía apenas una hora, que su traje empezaba a oler a humo y sentía más calor del normal en el cuerpo, él, sin haberle dado importancia a sus palabras, los había mandado a descansar. Pero como tardaban más de lo normal en despertarse, ingrávido, casi etéreo como un ángel, el comandante se dirigió al otro extremo del módulo hasta llegar a la pequeña habitación donde dormían Smith y Martínez, que, en ese preciso momento, estaban saliendo de los sacos de dormir. Al ver al comandante con una mueca de preocupación en el semblante, le sonrieron sin darle la mayor importancia.

Mihailov inspeccionó, entonces, el traje de su compañero y se dio cuenta que tenía un problema de condensación de humedad, por eso había dejado de funcionar el sistema de ventilación y Martínez sentía más calor de lo normal. Sintió que no había actuado correctamente con aquel problema, pero únicamente le dijo que no se pusiera más aquella prenda. Luego salieron de allí y se dirigieron al laboratorio, justo bajo la cúpula transparente. Y sobre una mesa de acero y cristal depositaron lo que iba a ser su opípara cena de Nochebuena.

—Tengo una sorpresa para vosotros —les dijo Martínez, sacando del frigorífico un extraño paquete en forma de disco—. Me lo han mandado mis compañeros de matute en el último envío de la nave Progress.

Aquella noche tan especial no habría en el menú bolsas de carne o pollo deshidratado al vacío, ni le inyectarían agua caliente del dispensador que había en la cocina del transbordador. Aquella Nochebuena y pese a que la escasez de energía en la Estación Espacial motivaba la inclusión de un aparato con tantas necesidades energéticas como un frigorífico, ellos cenarían una típica paella valenciana.

El comandante inició un gesto de disgusto que abortó enseguida al ver el magnífico aspecto del plato español, que su subordinado estaba introduciendo en el hidratador automático. Así que decidió hacer la vista gorda.

A pesar de que por motivos de olor se evitó el marisco, y de que su sabor, después de deshidratarla, no era el mismo que el del grano que cocinaban en toda la Comunidad Valenciana, aquella experiencia resultó todo un éxito. De postre tomaron manzanas frescas que aún quedaban después del último cargamento. Así que, eufóricos por el cambio en la comida y porque estaban celebrando la Nochebuena, brindaron con una bebida en polvo con sabor a uva y se abrazaron deseando que todo el proyecto del que estaban a cargo, llegase a buen término. A continuación, Martínez empezó a tararear “Belén, campanas de Belén” y los demás le siguieron.

Como, además, acababan de sobrevolar aquellas tierras sagradas que vieron nacer a Jesús de Nazaret, todos recordaron viejas costumbres que repetían en aquellas fechas junto a sus familias. Contando, casi sin querer, el tiempo que todavía permanecerían en aquel mundo intermedio y lleno de silencios hasta poder abrazar de nuevo a los suyos. El comandante al ver a sus compañeros entristecidos les contó una historia, que de antemano sabía que no creerían, pero que a él le vendría muy bien recordarla y por supuesto, añorarla.

Una noche, siendo él muy niño, había visto cómo dos figuras del nacimiento de su bisabuelo, que tan celosamente guardaban porque era muy antiguo y que todos los años se colocaba sobre unos tableros en el salón de la casa, caminaban sobre su superficie y, además, hablaban entre ellos. Las dos estatuas eran cancerberos del palacio de Herodes el Grande, rey de Judea, y habían dejado de ser testigos de la historia para tomar parte en ella, milagrosamente convertidos en diminutos seres humanos.

Mihailov llegó a saber con el tiempo, que aquellas figuras que permanecían ocultas en un arcón con el resto de sus compañeros, durante once meses al año, cuando llegaba la noche del 24 de diciembre y por un extraño encantamiento, convivían entre los humanos por unas horas sin que nadie, durante tantos años, los hubiese descubierto. Solo se hacían visibles ante las personas cuando tenían que hacer alguna revelación a algún miembro de la familia. De lo contrario, aquellas imágenes iban a contemplar a esa criatura que dormitaba en un pobre pesebre de barro y cal, sobre paja limpia, y que algún día, según los cristianos, redimiría al género humano.

Alexander Mihailov, viajaba desde Polonia con sus padres, todos los años, para celebrar las navidades en España y en casa de sus abuelos. Pero esta vez nunca las olvidaría, ya que            se quedó paralizado de terror, cuando a punto de dar las tres de la madrugada de aquel día tan especial, dos figuras del nacimiento se deslizaron por el grueso tapiz que servía de base al belén y de un salto pisaban la tupida alfombra que cubría el suelo y, mirándole a los ojos, le hablaron. Él tan solo tenía nueve años.



—Esta noche ha nacido un niño que redimirá al género humano— le dijo Flavio.

—Pero dentro de unos años te tocará a ti salvar a los hombres de buena voluntad. Tú también vendrás del Cielo, como el Niño Jesús— prosiguió Tácito.

Mihailov miró a sus compañeros con la certeza de que no podían creerle.

—¿Seguro que no habías tomado champán a escondidas de tus padres?—le preguntó Smith con un gesto socarrón.

—Fue una experiencia real— respondió el comandante—, os lo aseguro. Al día siguiente ambas figuras eran de nuevo dos monigotitos de barro inerte. Pero la frase de Tácito, asegurándome que salvaría a la Especie Humana desde el cielo, ha permanecido en mi mente como grabada a fuego. Quizá por eso me hice astronauta.

Había pasado algo más de una hora, los platos, vacíos, fueron despegados de la mesa magnética para ser introducidos en el lavavajillas, y Mihailov se fue de nuevo al observatorio. Smith y Martínez, en el módulo principal estaban haciendo un trabajo con mucho sigilo, procurando no ser vistos por su comandante.

—Y luego, cuando hagamos el paseo espacial, sacaremos la pancarta y la colocaremos bajo el fuselaje de la estación— decía Martínez a Smith—Los astrónomos la verán y leerán el texto y mañana saldrá en todos los periódicos.

            Y con un rotulador se puso a escribir sobre una gran pancarta hecha con el nylon de un envoltorio.

            “GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS…”

            -“…y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad “—completaba impaciente la frase Smith, mientras sujetaba la tela para que no escapase en la atmósfera ingrávida del habitáculo…

            —Otra vez volamos sobre Palestina…

            Mihailov volvió a enfocar Belén con el teleobjetivo. La pareja del burro se había cobijado bajo un chamizo que podía ser un pesebre. No se les veía, pero se podían distinguir sus siluetas mediante un filtro infrarrojo. El hombre y la mujer estaban sentados en el suelo, junto al asno y a otro animal que parecía un buey o una vaca. La mujer sostenía entre sus brazos una figurita que agitaba unos pequeños bracitos.

            —Vaya, ya ha nacido un nuevo niño Jesús, o Josuá, o Isa…

La alarma de rayos gamma se disparó de pronto, justo cuando Mihailov apartaba la vista de la pantalla, que se saturó con una cegadora luz blanca. A simple vista, a través del cristal de la cúpula, pudo ver un punto brillante sobre Jerusalén, que se convirtió en pocos segundos en una especie de seta gigante de humo cárdeno.

—¿Qué pasa?— preguntaron los otros dos astronautas, desde la portezuela del laboratorio— Hemos oído la alarma…

—Una explosión atómica acaba de borrar del mapa a los Santos Lugares. Esta vez Jesús ha muerto nada más nacer. La Tierra está maldita.

Conforme la estación se desplazaba hacia el Este, pudieron observar un enjambre de misiles que caían en distintos puntos de Irán, Iraq y Afganistán. Luego la India y Paquistán fueron borrados del mapa. Los horizontes de Rusia y China se tiñeron de rojo, y cuando pasaron sobre los Estados Unidos ya toda la atmósfera terrestre era una masa de humo pardo, bajo el que brillaban los incendios. Ya sólo faltaba oír las trompetas del Apocalipsis…

Smith y Martínez, abatidos, se refugiaron en el camarote. Mahailov iba a hacer lo mismo cuando vio la pancarta a medio escribir.

—¿Y esto…?— preguntó a sus compañeros.

—Íbamos a darte una sorpresa. Queríamos colaborar a la paz mundial poniendo este cartel bajo la estación, para que lo vieran los astrónomos y saliera en la prensa— explicaba Martínez.

—Pensamos que la aparición de la pancarta en toda la prensa mundial movería a los negociadores del tratado de paz a reconciliarse…— concluía Smith.

—Pero no ha sido así. Esa pancarta ya no sirve para nada. No la va a ver nadie.

Y Smith sonrió con un gesto de humor negro.

—Claro, el que tenía que salvar a la Humanidad desde el cielo eras tú. Ya lo dijo la figurita del belén…

Y Mihailov dio un respingo.

—Quizá todavía queda una esperanza. A lo mejor no ha sido destruido todo el planeta. En algún lugar debe quedar un paraíso, un remanso de paz en medio de la catástrofe…

—Vamos, acabemos de escribir el texto, pongámonos los trajes y salgamos al exterior. Colocaremos la pancarta donde se vea bien.

Cuando por fin regresaron a la Estación, pensando Mihailov  que lo que habían hecho no tenía mucho sentido, los tres estaban aturdidos y asustados al pensar que podían ser los únicos humanos con vida del planeta Tierra. Lo primero que hizo el comandante fue ponerse en contacto con el Centro Espacial Lyndon B. Jonson, pero, como se imaginaba, no existía la más mínima señal de comunicación. Smith, desde la emisora, también intentó hablar con el Centro de vuelo espacial Goddard al noroeste de Washington y con el Centro Espacial John F. Kennedy en Florida, pero había fallos en la unidad de comunicaciones y por consiguiente una pérdida total de conexión con la Tierra. Martínez, entonces, y sin poder evitarlo, se puso a llorar, y no por la suerte que iban a correr en la estación espacial que orbitaba a unos cuatrocientos kilómetros de altura sobre la Tierra, sino por el destino incierto que habrían corrido su mujer y sus hijos.

 Mihailov, nervioso, regresó al laboratorio y miró por aquel magnífico telescopio infrarrojo la sucesión de nubes en forma de hongos que tras esas explosiones nucleares se sucedían de norte a sur y de este a oeste del planeta. Y pensó, con profunda tristeza, que algo tan hermoso como la Tierra no podía desaparecer de esa manera. Además, desde la Estación se estaban consiguiendo muchos avances en la investigación biomédica. Los estudios sobre la osteoporosis y sobre la expansión del virus VIH también a causa del consumo de cocaína y heroína, quedarían sin concluir. Igual que la observación de los patrones climáticos del planeta y por supuesto, de lo que era para él y sus compañeros, toda su vida: la exploración del universo.

Derrotado y sin saber qué hacer para ocultarlo, salió de allí, evitando que sus compañeros le viesen llorar, como unos minutos antes había hecho Martínez. Así que se puso a repasar los componentes eléctricos, el combustible, la ropa, los ordenadores, el oxígeno, los alimentos liofilizados y los cientos de litros de agua que, gracias a la nave Progress aún tenían. Y sintió como la cabeza le dolía como nunca antes lo había hecho. Fue hasta el botiquín, extrajo un analgésico y se dirigió a la cabina de mando. Quería estar solo.

Allí cerró los ojos y volvió a recordar la frase que, siendo niño, le dijeron aquellos dos soldados romanos, convertidos por unas horas en humanos: “Dentro de unos años te tocará salvar a los hombres de buena voluntad”. Se puso la mano en la frente y luego con las dos se tapó la cara. Estaba convencido que no habría ningún lugar en la Tierra que se hubiese salvado de este Apocalipsis.

—Martínez, yo también tengo familia y se me parte el alma si pienso que están muertos. Pero, seguro que, como dijo el comandante, nuestra raza no habrá desaparecido y habrá lugares donde no haya llegado esta destrucción.

—A mí ya no me importa nada, Smith. Además, ¿cómo puedes creer eso? ¿No te das cuenta que Mihailov lo dijo para tranquilizarnos? Como si fuéramos unos colegiales… Después de ver lo que hemos visto a través del telescopio, te puedo decir que estamos solos y también, como mi mujer y mis hijos, moriremos dentro de poco.

—Vale, vale… dejemos de hablar de algo que todavía ignoramos y hagamos lo que el comandante nos mandará hacer en cuanto vuelva. Así que vamos a intentar establecer algún contacto con las demás Agencias Internacionales que financian este proyecto espacial. Yo probaré con Rusia y Japón y tú con Canadá y la Agencia Europea. Debemos saber si estamos realmente solos o si por el contrario allá abajo aún hay vida. ¡Venga, Martínez, a quemar el último cartucho!

Alexander Mihailov, que era como se llamaba el comandante, sabía que la nave Progress solo estaría acoplada a la estación espacial durante un par de meses más, suministrándoles todo lo que les hacía falta para poder vivir en la Estación Espacial. Pero si desde la Tierra no se lanzaba otra nave con suministros, ellos morirían irremediablemente dentro de sesenta días. A no ser que dejaran la Estación por haber encontrado algún país con vida y embarcaran en la nave Soyuz que esperaba en el muelle de atraque.

Le costaba creer que fuese el fin de la civilización, y la célebre frase de Einstein “No sé con qué armas pelearán en la Tercera Guerra Mundial, pero en la Cuarta usarán palos y piedras” le martilleaba las sienes. Salió de la sala de mandos y fue hasta el observatorio. Martínez hablaba en ese momento del bombardero estadounidense “Enola Gay” y de cómo lanzó la primera bomba atómica con uranio sobre la ciudad de Hiroshima. Smith, a su vez le recordó que, justo a los tres días, otro bombardero lanzó la segunda bomba atómica, esta vez de plutonio, sobre la ciudad de Nagasaki.

—Y también sabemos—añadió Mihailov— cortando así la conversación entre sus compañeros. Que murieron al instante más de 200.000 personas y que posteriormente la cifra de muertos aumentó considerablemente debido  a la radioactividad creada en la zona, lo que determinó que aparecieran numerosos casos de cáncer y secuelas genéticas durante las siguientes décadas en los territorios colindantes. Pero no es bueno que pensemos ahora en estos sucesos, sino en qué hacer si no recibimos ninguna señal de la Tierra.

—Hay que intentar ponerse en contacto con las Agencias, ahora mismo.

—Ya lo hemos intentado, Martínez y yo. Y nada. Estamos solos, comandante. Todos han muerto.

—Pues habrá que mirar hasta quedarnos ciegos, si fuera necesario, y encontrar en ese planeta verde y azul del cual vinimos, alguna zona donde aún haya vida. Me niego a creer que seamos los únicos supervivientes. Hay que seguir intentándolo.

Se fueron turnando para encontrar ese hipotético lugar, pero hasta el momento solo habían encontrado destrucción. Smith enfermó, quizá de la misma tensión acumulada, y su cuadro clínico presentaba una fiebre elevada y fuertes dolores en la cabeza. Le aislaron en un compartimento aparte, mientras se reponía, y ellos siguieron mirando a través del telescopio.

            De repente, esa misma noche, vieron alarmados en los radares, como algo, a más de 50.000 km por hora, que parecía basura espacial y pesaba más de ochenta kilos, iba a pasar muy cerca de ellos y aunque la Estación Espacial Internacional estaba blindada para atenuar los daños debido a este peligro, aún no estaban seguros de que fuera lo que las ondas radioeléctricas parecían confirmar. Si hubieran tenido comunicación con la Tierra, el Centro de Control de Vuelos Espaciales de Rusia y la NASA habrían avisado, unas horas antes, de lo que iba a pasar cerca de ellos. Pero ahora estaban solos.

—¡Martínez!—dijo Mihailov—En caso de percibirse algún riesgo real de colisión, corregiremos la órbita de la Estación, y si existiese la posibilidad de impacto, evacuaríamos inmediatamente. Así que, trae a Smith y lleva a cabo el plan de emergencia. Prioridad absoluta, Martínez

—Ahora mismo—contestó el astronauta con el corazón en un puño— mientras se alejaba.

El riesgo de choque estaba en la mente del comandante que, por alguna extraña razón oía las voces de Tácito y Flavio, repetirle una y otra vez la misma frase. Miró otra vez los radares y las coordenadas y fue cuando se dio cuenta de que se trataba de un asteroide pequeño pero que destruiría la estación por completo.

Rápidamente las alarmas empezaron a sonar, mientras los tres se dirigían a toda prisa hacia el puente. Entraron en la Soyuz y atravesaron el espacio alejándose todo lo posible de aquel terrible impacto. Se miraron con la angustia del que está perdido en un laberinto de estrellas y agujeros negros, y supieron que ya estaba todo perdido. Por eso pusieron rumbo a la Tierra, para morir en ella, igual que lo había hecho su gente.

Ninguno de los tres, recordó, al despertar, el tiempo que había transcurrido desde su salida de la Estación Espacial, ni de cómo habían llegado a ese lugar de arena. Se miraron, sin dar crédito a sus ojos. Una caravana de comerciantes estaba parada contemplando la nave. Deseosos de salir de allí y besar aquella tierra que no estaba destruida, salieron por la escotilla con sus trajes espaciales. Los que allí estaban contemplaron la escena aterrorizados, pero Mihailov, que sabía muchos idiomas, intentó hablar con ellos y explicarles que eran gente de paz.

“¿Dónde estaban?”, se preguntaban con intranquilidad, mientras el comandante recordaba los desiertos del mundo. Podían encontrarse en el Sahara, en Libia, en el desierto de Atacama en Chile, en el Arábigo o quizá en el desierto de Gobi en Mongolia. Pero todas sus especulaciones no estaban bien fundamentadas. Los tres astronautas habían impactado en el desierto de Negev al Sur de Israel. Y gracias a esos nómadas consiguieron llegar hasta Beersheva, la ciudad más próxima.

Allí todo el mundo los miraba y cuando uno de los nómadas los llevó hasta un recinto porque había dos hombres que querían hablar con ellos, pensaron inmediatamente que sería la policía. Martínez, se tocó el pecho, allí, en un bolsillo llevaba toda su documentación. Cuando entraron al interior de esa casa, Mihailov, horrorizado, comprobó que aquellos dos hombres eran los soldados romanos Flavio y Tácito, con los que tantas veces había soñado siendo niño y adulto. Por eso, en ese mismo momento, supo que si las figuras del nacimiento eran de carne y hueso y de tamaño normal, Martínez, Smith y él no estaban en el presente sino en el pasado. El Soyuz los había transportado a otra época. Su boca se quedó seca de repente y un ligero conato de taquicardia aceleró su corazón que, debido a tantas sorpresas, le estaba jugando una mala pasada.

Los soldados al ver que Alexander Mihailov, convertido ya en un hombre, y sus dos compañeros no entendían nada de lo que estaba ocurriendo, decidieron permanecer a su lado y contarles poco a poco la verdad. Solo cuando fueron capaces de comprender la situación surrealista y delirante por la que estaban pasando, estrecharon las manos de Flavio y Tácito, que a fin de cuentas estaban dispuestos a ayudarles hasta el final. Pasarían la noche allí mismo, y a la mañana siguiente saldrían hacia Jerusalén, donde una persona muy importante quería verlos.

Smith, Martínez y el comandante prefirieron no pensar en nada más y descansar algo. Pero ninguno logró conciliar el sueño. Cuando consiguieron llegar hasta la ciudad recostada entre los Montes de Judea, ninguno, salvo Mihailov, esperaba encontrarse con aquella disparatada situación.

Bajo un olivo y en compañía de otros hombres, una persona alta, de tez clara y voz grave, les salió a recibir en cuanto los vio, llamándoles por sus nombres de pila. Les invitó a sentarse bajo la sombra del árbol y en el mismo idioma de los astronautas les indicó que preguntaran todo lo que quisieran. Ellos se presentaron y después de contarle todos sus problemas, le pidieron que, por favor, les ayudara a llegar a su mundo.

El judío mirando sus caras que reflejaban sentimientos muy confusos, intentó poner punto final a sus situaciones.

—Toda la Tierra ha sido destruida por armas atómicas. No hay ningún superviviente en el planeta que vosotros conocisteis. Sois los únicos supervivientes. Oíd bien, los únicos.

—¿Por qué hemos venido hasta este lugar, hasta esta época, amigo? Mejor estaríamos muertos—dijo Martínez, a punto de llorar.

—Yo también opino lo mismo. Todo me parece tan irreal. Esta tierra, esos soldados que siendo figuras de un belén hablaron con el comandante cuando era niño y hoy al cabo de los años se han reencontrado. ¡Comandante, me estoy volviendo loco! ¡Quiero volver a casa!—gritó Smith, fuera de sí.

—¡Smith, Martínez!, esta ya es nuestra tierra, compañeros. ¿No lo entendéis?—contestó Mihailov, mientras miraba con ternura a sus amigos.

Justo, en ese instante, el hombre de las túnicas blancas se levantó y mirando al cielo dijo:

            “Y yo os digo que el que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado. Y el que me ve, ve al que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo en Belén, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas”.

Los astronautas se miraron, y comprendieron al fin quién era el hombre que acababa de hablarles. Por eso, al momento, todas sus dudas desaparecieron y prometieron, allí mismo y en presencia de los que acompañaban al Maestro, seguirle hasta su muerte y transmitir luego su palabra.

También mostrarían a ese pueblo que ya era el suyo hasta el fin de sus días, todos los conocimientos y experiencias del siglo XXI. Sin olvidarse de repetirles que las guerras destruyen naciones, pueblos y hasta planetas.

Tito y Flavio, seguidores del que más tarde nos redimiría, mirando con cariño a Mihailov, pronunciaron con fervor estas palabras: “Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis”.

En ese momento comenzó a llover.





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