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Relato Breve "Mi otro yo" realizado por Inmaculada Marroquín


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08/12/2015


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Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado, decidí seguirme.


No tenía ni idea de a dónde me llevarían mis propios pasos que ahora ya no eran míos. ¿O sí lo eran? Estaba dispuesto a averiguarlo.  Me miré, y vi como, con finos saltitos elegantes, bajaba las escaleras. Saltito, escalón, escalón, saltito. ¡Qué manera más rara de bajar las escaleras! Pensé. ¿Sería Yo? Desde luego los zapatos de punta fina con reborde dorado en el tacón, imitación de piel  de caimán del Amazonas, parecían los míos. También lo parecían los pantalones ajustados de suave  antelina color camel, diseño de Armani último modelo. Y el jersey. ¡Vaya con  el jersey! Un precioso jersey de cachemir  color gris marengo, entallado pero sin ajustar con el cuello de pico clásico, por el que asomaba una fina camisa blanca. ¡Sin duda era yo!

Como os he dicho, decidí seguirme y así lo estaba haciendo. Yo, vamos, mi otro yo, estaba llegando al portal, cuando al abrir la puerta se encontró con Luisa, la vecina del segundo a quien saludó sonriente. Se le va a quedar cara de bobo, pensé. Luisa era muy huraña y no se trataba con ningún vecino, ni siquiera conmigo  y, ¡mira tú que yo sí que soy bien simpático! Ella, puso cara de asombro y esbozó una sonrisa sarcástica. ¿De donde habrá salido éste? Pero a mí, es decir a mi otro yo, no pareció importarle y siguió caminando decidido hacia la calle.

¡Qué elegante!, pensé, ¿realmente era yo así de elegante? Llevaba la amplia sonrisa  pegada a su cara de rasgos casi perfectos y caminaba decidido por la acera con movimientos sinuosos pero sin afectación. ¡Daba gloria verle caminar!, ¡parecía un bailarín de danza clásica! Los viandantes le miraban con gestos de sorpresa y asombro, y más de una, con cara de admiración. ¡Qué distinción!  ¡Qué guapo!

Y así continuó  caminando por la calle, dejando gestos de sorpresa a su paso, un cruce, otra calle, una avenida, hasta que por fin se paró frente a un escaparate vacío. O mejor dicho me paré. Se quedó pensativo un momento  y entró en la tienda.

Era una tienda fina, situada en una amplia avenida llena de escaparates atractivos, que mostraban con desbordante impudicia, artículos prohibidos para la mayoría de los transeúntes que pululaban por la acera y que miraban con caras envidiosas: joyas, ropa de marca, perfumes, animales exóticos, tecnología última generación…

Me apresuré, no fuera a perderme entre el gentío que llenaba la  calle a aquella hora, e impaciente me asomé al escaparte. Entonces, le vi. Allí estaba él, digo yo, precisamente en el escaparate subido en una pequeña peana. Zapatos de caimán del Amazonas, pantalones de Armani, jersey de cachemir. No cabía duda. ¡Era yo!

Pero algo no encajaba. Si él era yo, ¿quién era yo entonces? ¿Qué hacía allí subido, a la vista de todos, más  quieto que una estatua y con aquella sonrisa permanente pegada a mi cara? Un escalofrío recorrió mi espalda cuando empecé a sentir que una fuerza extraña tiraba de mí hacia dentro de la tienda. Al principio, asustado, intenté marcharme, salir corriendo de allí, cruzar la avenida y alejarme lo más posible, pero mis piernas no me respondían, se negaban a retroceder y lejos de ello avanzaban hacia la puerta. Mi mano agarró el picaporte y  sin que mi voluntad pudiera impedirlo, abrí la puerta y entré. Sentí como unos hilos invisibles tiraban de mí y me acercaban a mi otro yo, a la tarima donde estaba expuesto. Tiraban, tiraban, tiraban… hasta que al llegar a su altura, me succionó, absorbiéndome en su carcasa de plástico duro. ¡Así de simple!  Mano con mano, cara con cara, sonrisa con sonrisa. Ya éramos uno cuando cuatro manos juguetonas nos bajaron de la peana y sin miramientos retiraron los zapatos de falso caimán, los pantalones camel  y el jersey de cachemir con camisa incluida y en su lugar colocaron un polo Lacoste azul aguamarina que combinaba a la perfección con el pantalón corto color marfil y con unos bonitos náuticos azul cielo oscuro.

Con cuidado, y entre risas y chanzas, volvieron a acomodarme en la peana del escaparate donde habían colocado un enorme cartel que anunciaba “Nueva Temporada”. Entonces, aterrado, comprobé que él no era yo, pero que había venido a buscarme para sentir la vida en él, compartir con alguien su soledad exhibida temporada tras temporada, y comprendí que  reinaríamos por siempre en la  monotonía de aquel escaparate.





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