Bájate de ahí wuevón que te vas a caer..!! O por que soy médico creís que hago milagros???. Allende hablaba en serio y Juanito se bajó de inmediato del árbol desde cuál hacía guardia. A sus 21 años ya integraba la Guardia de Amigos Personales cuya misión era resguardar la seguridad e integridad física del compañero Presidente y que por esos días ya estaba muy comprometida dada la grave situación política que se vivía en el país y que amenazaba con solo empeorar. Ya una vez al lado de la máxima autoridad del país, el muchacho solo atinó a bajar la cabeza como esperando un soberano reto como de esos que su madre le daba de vez en cuando y que le diera permiso para aceptar esa misión solo porque también creía firmemente en el proyecto político que su presidente encarnaba y la hacía sentir muy orgullosa que su hijo haya sido invitado a cuidarlo. Era tarde, ya de noche. ¿ tienes hambre? Le pregunta Allende, pero Juanito, sabedor de que un soldado en su puesto nunca puede ni debe sentir hambre responde con firmeza. “ No compañero Presidente…!!”. Entonces el presidente le dice con voz algo paternal pero decidida: “Te he visto todo el día subido a ese árbol y solo bajaste para orinar detrás de él y me vas a hacer creer que no tienes hambre?. ¿¿O crees que soy wuevón??. El muchacho no pudo desmentir nada. Humilde como era simplemente pudo balbucear…” algo compañero Presidente!!” Anda a la cocina y que te preparen un sándwich. Juanito había estudiado en un liceo industrial. Fue presidente del Centro de Alumnos y como militante de las juventudes socialistas había conocido importantes personajes políticos que, una vez que Allende asumiera la primera magistratura, alguien se acordó de él. Consultaron por aquí y por allá, alguien conocía a su madre, doña Peta. Antigua dirigente poblacional socialista que ,a sus 55 años y después de lavar ropa ajena por más de 35 , la artritis la había alejado de un trabajo estable. Después de un par de cursos básicos de adoctrinamiento político y manejo de una pistola es invitado a integrar una especie de Guardia Personal del Presidente y en ese rol les acompañaría en todas sus actividades, día y noche, junto a otros jóvenes de similar perfil social y político. Pasó el tiempo y el ambiente social era cada vez más difícil. Ya nada era seguro y el Presidente estaba en constante movimiento por todo Chile tratando de llevar a delante su revolución en libertad, con todo un movimiento contra revolucionario apoyado desde afuera y desde los gremios de empresarios de derecha. Las seguidilla de atentados en contra de dirigentes políticos de gobierno, sabotajes, enfrentamientos callejeros y un cada vez más fuerte rumor de un golpe de estado comenzaron a preocupar de sobre manera a doña Peta quién, en un momento dejó aflorar sus sentimientos de madre y le pide a su hijo que ya no siga en su trabajo de guardia presidencial. ¿ Como decirle que no a esa mujer que le inculcara desde pequeño que lo más sagrado que tiene un hombre son sus ideales pero que solo tiene un hijo al que quiere cuidar y verlo convertirse en un hombre sano y de bien?. No lo pensó dos veces y decide compartir esta disyuntiva con su compañero presidente. Encontró la oportunidad y se lo hace saber. Juanito se sentía muy mal. Sabía que había sido elegido entre muchos para tener el honor de acompañar y cuidar a un hombre muy admirado en Chile y en el mundo y que ahora debía abandonar porque su madre se lo había pedido. Allende lo escuchó atentamente y , una vez que Juanito entre sollozos le pidiera que lo disculpara por su falta de responsabilidad, le mira y le dice: “ Compañero. Ud. ha cumplido con lealtad su tarea. Quédese tranquilo y soy yo quien debe agradecerle por sus desvelos y cuidados. Vaya en paz y pierda cuidado que sabrá cumplir con su deber siempre. El presidente pregunta.¿ Qué vas a hacer ahora? A lo que Juanito responde. “No sé. Un primo viaja de vez en cuando a Mendoza a buscar chaquetas de cuero que vende entre los obreros del cordón industrial. Me invitó a que le acompañe y que aprenda para que después yo siga por mi cuenta.” El Presidente le dice:” Entonces te deseo buena suerte en tus negocios”. Se estrecharon las manos y ya solo quedaba terminar su turno que en definitiva fue el último. Pasó el tiempo y Juanito comenzó a viajar regularmente a Mendoza acompañando a su primo quién le presentó gente de allá y hasta le hizo conocer la pensión de un matrimonio en el lado sur de la ciudad. Era una casa de barrio popular y cuyos precios por cobijarlo unos días le era muy conveniente para alguien que se inicia en el negocio de vendedor viajero. Cada vez que Juanito llegaba a esa casa era muy bien recibido. Con ese cariño que se encuentra en todas las casas de gente humilde. Cuando llegaba le atendía como a un hijo más. Siempre la mesa servida, siempre una cama limpia, siempre una ducha tibia, siempre una amable sonrisa. Nunca se quedaba mucho. Siempre había que estar volviendo pronto porque no podía llevar mucha mercadería. Iba y volvía a Mendoza en bus. Y en la cena, jamás se hablaba de política ni de lo que él hacía antes de dedicarse a vendedor. Se hablaba de futbol, de cuecas y tonadas, de lo frío que hacía en el paso, etc… Así le era más fácil no sentirse culpable por dejar lo que le llenaba de orgullo. Un día 11 de septiembre se cierra el paso fronterizo y las pocas noticias que cruzaban la cordillera era de una gravedad tan grande que acongojaba al corazón más duro. La Casa de Gobierno había sido bombardeada. El Presidente Allende estaba muerto, muchos muertos, muchas detenciones, mucho dolor y sufrimiento. Una noche, a fines del mismo mes de septiembre, Juanito toca a la puerta en aquella pensión de Mendoza que tantas veces le había cobijado. Al abrirse la puerta, la dueña de casa suelta un grito de alegría mientras envuelve en un fuerte abrazo de madre a ese muchacho por el cuál temían que ya no lo volverían a ver nunca más. Don Manuel, su marido, hace lo mismo y el pobre viejo no puedo o no quiso detener un par de lágrimas que rodaron por su anciana cara. Le hacen pasar con celeridad. Le desocupan el cuarto que siempre le daban cuando venía. Le hacen una cama y doña Emilia le dice. “ Juanito. Toma una ducha mientras te preparo algo de comer. Después nos cuentas como están las cosas por tu casa.” Dicho esto el muchacho le hace caso y una vez sentados a la mesa él comienza a contar lentamente los horrores que le tocó vivir, del enorme sufrimiento de muchos y lo difícil que se le hizo salir de Chile. Estaba en ese relato cuando tocan a la puerta. Don Manuel comenta. ¿Qué extraño?. ¿Quién podrá ser a éstas horas de la noche? . Se levanta y se va a atender a quién golpeara mientras Juanito continuaba con su historia en el comedor. Estaba en eso cuando vuelve don Manuel y le dice. “Hijo: Hay en la puerta unas personas que te quieren saludar.” Juanito frunció el ceño extrañado de que alguien le quisiera saludar a éstas horas de la noche y recién llegando desde Chile. El muchacho camina hacia la puerta y cuando la abre se encuentra con una enorme masa de hombres y mujeres del barrio. Unos con linternas, otros con velas. Y antes que Juanito pudiera decir nada, un hombre ya mayor y que él alguna vez habría saludado al ir a comprar al almacén de la esquina, le dice con voz firme pero serena, mientas retorcia su vieja boina gris entre sus manos “ compañero..! Bienvenido..! ¿Cómo podemos ayudar..? GUAYO RIVERA



