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La cultura paraguaya y la economía


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29/07/2011

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Max Weber (1864-1920), economista y sociólogo alemán, decía que había una estrecha relación entre la forma de comportamiento de los protestantes y los resultados que se veían en materia económica. En su famoso libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, establecía ciertos hábitos y comportamientos de los protestantes que favorecían el éxito en cuanto a emprendimientos económicos. La austeridad, la convicción de que el trabajo es necesario, la racionalidad, entre otros, son rasgos que propician un buen desempeño en el mundo laboral y en la generación de riqueza.




Si intentáramos establecer una relación entre los hábitos y costumbres inherentes a la cultura paraguaya y la proyección hacia la economía, la gran pregunta que deberíamos hacernos es cómo nuestra forma de comportamiento incide en la generación de riqueza y en la proyección económica. Y al pensar en esto, debemos hacer un balance de nuestras actitudes hacia temas fundamentales como la educación, la innovación y la capacidad de emprender proyectos.





En este sentido, uno de los aspectos nefastos para el desarrollo de la economía es el conformismo. En una sociedad de individuos conformistas, en donde el deseo de superación e innovación no detonen el desarrollo, la capacidad de crecimiento que se tiene es siempre muy limitada. Los paraguayos tenemos mucho de conformistas cuando como respuesta a un conflicto nos resignamos a decir que “así nomás luego tiene que ser”, o al hacer siempre las cosas a medias (vai vai) bajo la consigna de los que demás también hacen lo mismo. El mal hábito de no querer progresar se percibe cuando se busca la manera de echarle la culpa a otro de lo que uno mismo no es capaz de hacer, como si con eso se lograra erradicar los problemas.



Si analizamos el comportamiento que se tiene en cuanto a la valoración de la educación en el país quizá comprendamos muchos de los males que se reflejan hoy en el entorno económico. La desidia y el desinterés de los gobiernos hacia el sistema educativo conllevan una mala o escasa formación de profesionales, malos niveles de competitividad y, por ende, bajas probabilidades de lograr un desarrollo económico que combata efectivamente la pobreza, la desigualdad y la marginación. Lo mismo ocurre con la actitud de la gente: cuando un joven no se toma en serio su formación, cuando el proceso educativo se vuelve un ritual y cuando sólo se busca dar un cumplimiento formal al paso por un aula, sin desarrollar competencias ni habilidades, el resultado se traduce en la formación de futuros desempleados, de trabajadores poco competitivos y de ciudadanos con malas aptitudes para emprender proyectos.



Al hurgar en nuestros hábitos no podemos dejar de ver que el andar cansino, la despreocupación y la tendencia a conformarnos con lo que tenemos tienen efectos nocivos para la proyección económica.



Sin embargo, cuando pensamos en algunos rasgos que a menudo resaltamos en las batallas deportivas, como el sacrificio, la entrega, la resistencia y el coraje de enfrentar a rivales poderosos con la confianza puesta en la propia capacidad, deberíamos buscar la relación con el accionar cotidiano y con la forma en que pueden convertirse en fuentes dinamizadoras de la economía y de nuestra capacidad de hacer. Esa actitud voluntariosa, desafiante, pretenciosa y hasta soberbia, deberíamos enfocarla hacia cuestiones fundamentales para el país: desde mejorar todos los procesos educativos hasta la capacidad de emprender, innovar y ser competitivos en cada uno de los trabajos que nos toque desempeñar. Hay que ser más intolerantes con vicios como la pereza, la desidia y la corrupción. Y en contrapartida hay que apelar a la cultura de la crítica, de la exigencia y del sacrificio por encima del facilismo, el compadrazgo y el amiguismo.



Nuestros hábitos y nuestros comportamientos no sólo dicen quiénes somos, sino que definen muy claramente hacia dónde queremos ir. Si prevalecen los rasgos malos, no podemos esperar más que malos resultados en la economía. En cambio, si incubamos las buenas actitudes y las convertimos en el motor de la economía, los resultados seguramente nos recordarán las reflexiones de Weber.











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