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Relato Breve "La primavera instalada en su cabeza" por Tati Jurado


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27/09/2015


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Su primer encuentro fue fruto del azar. El hervidero de inquietudes que la acechaba aquella tarde la condujo hasta el parque. Nunca antes había entrado. Infinidad de veces había pasado por delante de la entrada y sin embargo las carreras, infaltables en su rutina, también habían adicionado aquel espacio verde situado a pocas calles de su casa a la invisibilidad que de tanto en tanto la cercaba. La intensidad del colorido de los pétalos que abrazaban la verja la cautivó cuando se disponía a entrar a una cafetería. Fucsias, amarillos y rosados se repartían aquel territorio que componía el parque Buganvillas que no era tan pequeño como vaticinó cuando por fin se decidió a entrar.


Las flores descansaban sobre pérgolas que formaban pasadizos coloridos mientras arces plateados se elevaban a sus espaldas. Estatuas mancilladas por las inclemencias del tiempo se repartían la titularidad de las sendas; y en medio del parque, el caballo encabritado frente a ella parecía  buscar también el mismo sosiego en el rumor del agua de la fuente que lo sostenía.

Su voz pareció salir de la nada. No la escuchó llegar y mucho menos se percató cuando se sentó a su lado. El sombrero azul que llevaba puesto con una mariposa estampada en la corona la descolocó. Pensó en levantarse y buscar otro banco desocupado para desenredar las dudas que la aturdían, pero el candor que desplegaba aquella muchacha envuelta en un cuerpo anciano la tentó a quedarse.

— ¿Fumas?— le preguntó ofreciéndole uno de los cigarrillos que extrajo de debajo del sombrero.

— No, gracias— contestó Raquel sin salir de su asombro.

— Ah, pues bien que haces. Yo fumo, pero poco, a escondidas claro— confesó entre risas. El médico dice que es una tontería fumar, que tengo que cuidar mi salud y todas esas cosas para tener una vida saludable. Una prescripción tan aburrida como absurda a mi edad. ¿De difícil solución? —le preguntó ladeando la cabeza.

— ¿Cómo? —alcanzó a articular.

— El problema que te tiene así ¡Qué va a ser! Mira al caballo —le dijo señalando a la fuente —le falta una pata y aun así sigue en pie. Quítale hierro al asunto y ya verás como la solución aparece —manifestó seria y tras unos segundos de silencio soltó una carcajada, se levantó de un pequeño brinco, le ofreció el brazo y la invitó a pasear.

La cálida amalgama de esencias que desprendía esa mujer de carácter jubiloso, la invitaba al acercamiento. Todo en ella evocaba esa etapa hermosa de la vida, cuando la ingenuidad tejía sueños indestructibles y la heroicidad estaba siempre a flor de piel. Por eso, siempre que podía se hacía un tiempo para ir a visitarla. La mayoría de las veces la encontraba en el mismo banco; le gustaba sentarse frente a la fuente. Solía decir que el murmullo del agua mezclado con el canto de los pájaros reflejaba la simpleza de la vida, “Los demás ruidos, son solo para distraer” expresaba. La podía distinguir desde lejos: los sombreros la delataban. Parecía que la primavera estuviera siempre instalada en su cabeza. Azules, rojos, verdes e incluso naranjas, a ninguno le faltaban alguna flor o mariposa cosido en la copa. “Ya va a haber tiempo para la oscuridad” le decía entre carcajadas cuando la descubría mirando, como la mayoría de los visitantes del parque, el ejemplar del día con el rabillo del ojo. “¿Te lo quieres probar? Te ha de quedar fenomenal” manifestaba convencida. Más de una vez Raquel pensó en interrumpir sus visitas al parque. Llegaba a casa, se paraba frente al espejo y al descubrir la huella de los sombreros en el pelo, se convencía del sinsentido de esta amistad, pero siempre terminaba regresando. Los raros días que no daba con ella, se sentaba en el banco y la esperaba. Más tarde o más temprano aparecía con el sombrero camuflado bajo el brazo, mirando de un lado a otro mientras se acercaba al banco. Agitaba un poco la mano para silenciar cualquier pregunta y ya a su lado le ofrecía el brazo para iniciar su habitual paseo.

Los ojos de Adela eran una ventana al descubrimiento. Cuando se posaban en un punto indeterminado y parpadeaban un par de veces seguidas, la atemporalidad parecía conquistar el azul casi cristalino de su mirada. Los pequeños pero profundos pliegues que los rodeaban testificaban la travesía desigual por cada una de las estaciones de la vida; y sin embargo, cuando Raquel los miraba, no podía evitar sentir una inmensa serenidad. Una placidez que se reforzaba cuando la escucha hablar. Le gustaba escucharla narrar con ese desparpajo tan espontáneo las más diversas anécdotas. La tristeza y el desasosiego le eran ajenos. Era una mujer alegre y muy ingeniosa, y aunque a veces se le mezclaban los episodios, siempre sabía salir airosa: pronunciaba con un tono serio dos o tres frases de tan certeras, desconcertantes y cambiaba de tema. Pero lo que más le gustaba era escucharla reír. Sus labios finos y rosados parecían no conocer otro gesto, como si la felicidad le perteneciese todo el tiempo. Un gesto que contaminaba a Raquel de tal entusiasmo, que cualquier sombra de desánimo se diluía al instante. Charlaban de los temas más intranscendentes y reían como si solo existiese ese momento y ese lugar. Tal vez por eso, cuando los dos hombres de bata blanca la encontraban antes de lo previsto, el entusiasmo recién estrenado de Raquel se desinflaba con más rapidez. Con un fastidio mal disimulado los miraba de reojo y le devolvía el sombrero a Adela.

—Otro día te lo presto —la consolaba siempre su amiga con su incondicional algarabía plantándole un beso en el cachete. Entonces se incorporaba, se agarraba de los brazos de los enfermeros de la casa de salud mental y se alejaba sonriente con esa primavera instalada en la cabeza que a Raquel en cada encuentro la conquistaba.





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