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Relatos Breves


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09/08/2015


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Mirando el Estrecho de Gibraltar, Rafael siempre piensa lo mismo: cómo pueden llamarle a esto estrecho, a este agua tan ancha, tan llena de gente a los lados y con ballenas escondidas debajo de cada barco que pasa.

“Mírale, otra vez está en babia, esto de la jubilación le va a caer fatal, ya verás”, cuchichean a todas horas los compañeros del muelle pesquero a sus espaldas. Eran tan anchas como la franja de mar que llevaba recorriendo toda la vida en busca de peces, aunque por el camino se encontrase también con sustos: los de los barcos que amenazaban con hundirle con su grandeza en las millas del Estrecho y otros pequeños de madera, cargados de gente que querían cruzarlo desde el otro continente.

Cuando se topaba con ellos en mitad de la nada, les observaba siempre inquieto, desde sus ojos rodeados de arrugas, surcándole el rostro de norte a sur. Son las marcas de la batalla diaria del mar. Como el olor a pescado que llena los poros de los cuerpos marineros y se resiste a desaparecer por mucho que quiera el jabón.

Rafael no se percata de las risas que suenan a popa y proa. Ensimismado, ajeno a todo, incluso al último día de trabajo que está a punto de llegar, repasa al final de cada jornada todos los minutos vividos a lomos de su pequeño pesquero. Ese barco que le ha dado la vida, el sustento y a veces, casi la muerte.

Sus hijos esperan con impaciencia sus sesenta y siete años para dormir tranquilos. Aborrecen la mar y el oficio del padre. Detestan aquellos peces que les lleva a casa cuando regresa al muelle, pero es la única manera que conoce de decirles te quiero, a falta de besos y abrazos que nadie le ha enseñado a dar.

Ellos no ven regalos en esos pescados. Tan sólo piezas malolientes del mar con un olor a sal que les hace odiar cada día más la obsesión del padre por cabalgar hasta el infinito a lomos del Estrecho. El corazón se les reseca en cada vuelta de Rafael, incapaces de comprender la alegría que trae en la cara después de varios días con su amante de agua.

Desde que nacieron le soñaron todas las noches a bordo de ese cascarón, celosos de ese mar que les había robado un padre, aunque volviera de vez en cuando a la cama de su casa.

Tratan de convencerle de que lo mejor es descansar, bajar de ese barco para vivir de una vez por todas en tierra, pero no saben que su cerebro está invadido y enfermo de agua salada desde el primer día que abandonó el atraque del muelle.

De nada sirvió que su madre cayera enferma, cansada de esperar a que llegara para quedarse, derrotada bajo el techo desde el que le añoraba. Murió y Rafael, sólo pudo llorarle a bordo del barco. En tierra se ahogaba. Quería cuidarla pero en la jaula de las paredes de casa era él quien enfermaba de nostalgia por el Estrecho. Los hijos se encargaron de la orfandad de la madre pero nunca le perdonaron por su elección.

Le echaron de menos en la infancia y cuando fueron adultos los reproches no cesaron: se lo imaginaban feliz en la punta de su barco, combatiendo con gusto la carga del levante y el poniente, remendando las redes que hacían callos en sus manos ásperas.

Ahora que la madre ya no estaba, a punto de decir adiós  para siempre al balanceo de las olas,  los hijos pensaban que los nietos le darían la fuerza suficiente para luchar contra la melancolía del Estrecho y sus habitantes.

Pero llegó el día de la jubilación y Rafael no pudo desayunar en casa. Eran las seis de la mañana y ya no podía parar quieto entre las sábanas, deseoso de escuchar el murmullo en el bar del puerto cargado de su olor a café decrépito. Vio salir los barcos y las lágrimas se entretuvieron en esquivar las arrugas de su cara hasta caer al suelo.

–¿Qué voy a hacer yo ahora?

El lamento le salía del alma y le raspaba el corazón aquella mañana en la que se sintió un viejo. Tentado estuvo de tirarse al agua. Le frenó la idea de morir con la cabeza rota contra el hormigón del muelle, pudiendo haber muerto cualquier otro día, durante una de las miles de jornadas en las que se las tuvo que ver con las tormentas del Estrecho, violentas como los vientos cuando se imponen, dañinas como sus amigas las corrientes invisibles, las que se llevan los cuerpos de los inmigrantes como muñecos rotos.

Eran las siete de la mañana y ya no tenía nada que hacer. En realidad, nada que quisiera hacer. Su familia eran seres desconocidos que compartían su sangre. Pero la de Rafael, era azul como la del mar. La de ellos, roja. Nunca le dieron la oportunidad de enseñarles la mar ni le acompañaron al puerto para verle partir. Tampoco para recibirle. Rafael vivía con la tristeza de su indiferencia. Le resultaban tan ajenos como la vida que había comenzado aquel día.

Con los pies bordeando el filo del muelle, no consiguió verse reflejado en el agua porque los desperdicios y las lisas no le dejaron un hueco para hacerle de espejo. Pero se imaginó y fue peor. Rafael vio un hombre acabado. No podía hacer lo único que deseaba: navegar oliendo el mar dentro del Estrecho.

No tenía barco pero lo buscó. Con sus ahorros y un par de horas, enseguida encontró uno. No era adecuado para la pesca pero, le serviría para mantenerse lejos de tierra firme.

Al día siguiente –como quien se esconde de un crimen– tenía listos los avíos para poner a flote su nueva ilusión, incluidos los botes de pintura. Blanca. Como el nombre de su mujer. La recordaba tanto que le dolía y no se perdonaba haberla querido menos que a la mar. Intentó luchar contra esa certeza, pero era más fácil amar las olas, incluso las que alcanzaban los tres metros en pleno temporal.

Ahora, con su nueva chalupa, no dejaría de ver a Blanca. Iría a buscarla todos los días, en la mitad del canal de agua, a la altura donde arrojó sus cenizas. Esa fue la única manera que encontró, para estar más cerca de ella. Más que todo el tiempo que estuvo viva.

Dos días después estaba navegando. En secreto. El mar volvía a ser su amante, también en la vejez. Hasta que la muerte les separase.

Una mañana, cuando ya sus hijos se habían vuelto a resignar a perderlo de manera definitiva, escuchó voces junto a la proa.

–Debo estar volviéndome loco, ahora que no puedo evitar ser un viejo. ¿Es que hablan las gaviotas en mitad del Estrecho?

No era la primera vez que veía una patera, pero nunca había estado ante sus ojos una barquichuela tan pequeña con tanta gente. Y menos, con personas muertas a su alrededor, mientras el agua se colaba con la constancia de un río, entre las tablas y los vivos. Mujeres, hombres y niños le miraban casi tan desconcertados como él.

Por unos segundos, cesó el ruido. El del mar y las conversaciones a bordo de aquella frágil embarcación a dos segundos de volcar. Todo eran ojos que miraban. Hasta los bebés que viajaban a bordo sin chupete se callaron.

Rafael se sorprendió de su bloqueo. No era hombre de palabras. Siempre apostó por los hechos. Y ahora, ninguno de sus miembros se movía.

Las dos embarcaciones se movían juntas, mecidas por el oleaje, con ganas de tocarse pero sin hacerlo.

Por fin cesó el silencio.

Uno de los hombres de la patera se levantó pero lo que salió de su boca no llegó con claridad a Rafael, porque no era su mismo idioma.

Por fin reaccionó.

-¡Voy, ya estoy allí, tranquilos.

Al hombre que se incorporó, le siguieron otros. También algunas mujeres, incluso las que llevaban bebés en sus brazos.

Y Rafael tembló.

–Quietos, no os mováis, por favor, quietos, ¡¡¡la embarcación va a volcar!!!

Pero una racha de viento se tragó sus gritos y los inmigrantes empezaron a caer al agua, arrastrados por el vuelco de aquella estrecha cáscara de nuez.

La desgracia no sabía de menores, hombres o mujeres. En un momento, en el radio de cuatro metros que rodeaba el barco de Rafael, todo eran brazos, cabezas y cuerpos. Unos vivos, pidiendo ayuda, intentando alcanzarlo, otros que ya venían muertos, espantaban con su rigidez.

Una mujer alcanzó el barco. Se asió al brazo que alargaba Rafael, pegada como por una descarga eléctrica mientras, por un instante, su bebé quedó solo flotando a su lado. La suerte hizo que lo alcanzara con el que le quedaba libre. Escuchó su llanto al caer a la cubierta como un paquete mojado.

Pero sólo eran dos.

En la patera viajaban por lo menos, cincuenta personas.

Otros consiguieron llegar a la nave. A diestro y siniestro, aparecían cuerpos negros que se arrojaban desde el mar contra el suelo. Y aún así, a Rafael, le parecían pocos. Sólo podía mirar a los que se estaban ahogando. No sabía hacia dónde tirarse. A quién rescatar primero.

Sacó del agua a un joven del mismo color que el drama que estaba viviendo. El boca a boca le separó de la muerte tan sólo, por unas milésimas de segundo.

La segunda vez que se arrojó por la cubierta, alcanzó a otro hombre. Rafael era buen nadador. Su brazo le rodeó el cuello y flotaron hasta el barco, que empezaba a balancearse de manera peligrosa, avasallado por el temporal humano.

Siguió pescando aquellas vidas pero fue su jornada más desastrosa. Quedaban los que ya no respiraban más. No movían sus manos. Como la quinta persona a la que se acercó: ya no necesitaba ayuda. Flotaba cadáver boca abajo. No vio su cara pero su pelo era rizado como miles de muelles juntos. Su piel aparecía ahora más bonita con el brillo del agua y la luz del sol. Arrastró el cuerpo sabiendo que su corazón ya no vivía, pero no podía dejarle ahora que le había tocado.

Ya no cabía nada ni nadie más en su barco. Sólo se oían llantos, gritos y maldiciones que se entendían aunque no se pronunciaran en el idioma de Rafael. Lloraba como ellos, con ellos y por ellos.

Por los que habían subido y los que se habían quedado ahogados en el Estrecho, por no tener mantas para taparles, por carecer de brazos suficientes para consolarles y porque soñaran con una vida que Rafael había despreciado buscando el mar del que ellos escapaban.

No era capaz de dirigir la mirada a las madres con sus bebés empapados, con lágrimas y mocos. Su llanto le taladraba como un aguijón.

Se le agolpaban las emociones. Eran caballos que corrían en desbandada. Se notaba el corazón en los oídos, agotados de escuchar tanto dolor.

Y no había médico a la vista, tan sólo cuerpos llenando aquella estúpida cubierta de barco, que le pesaban en su espalda como un atún de almadraba. Pero ahora, tenía que apostar por los vivos.

La única manera era pedir ayuda en esa tierra de la que escapaba. Arrancó motores. Afortunadamente, él sí sabía muy bien dónde estaba la costa. Y la distancia exacta a la que quedaba.

Se concentró en llegar sin mirar atrás a aquellos náufragos ya muertos. Para no pensar. Para no pensar. Para no pensar. Sujetaba el timón con el cuerpo entumecido. No quería mirar a nadie porque le dolían los ojos.

Alguien le golpeaba la espalda. Los puños de una mujer le recriminaban con la voz rota por haber dejado a su bebé flotando en el mar del Estrecho. Rafael no entendía pero sabía que era un viejo culpable de algo. Se dejó pegar, arañar mientras intentaba mantener el control de la embarcación. Sentía que no tenía derecho a defenderse de esos puñetazos. Hasta que cesaron, cuando la mujer se desmayó a sus pies envuelta por las babas en su boca.

Todavía quedaba una hora de camino. Poco para la experiencia de Rafael y un tiempo eterno para aquellos tripulantes que no sabían qué iba a ocurrir con su vida. Los que podían se calmaron entre los temblores de la hipotermia, otros se abrazaban y lloraban entre alaridos.

Fue el viaje más largo de Rafael, repasando en la cabeza la lista de horas del pasado, en busca de pescado en los caladeros del Estrecho. Era mejor que pensar en lo que llevaba a bordo. Cualquier recuerdo se convertía ahora en una delicia. Hasta los días en los que vio a algunos compañeros perdiendo la vida en el mar de aguas estrechas.

Disfrutó la sensación de la noche en la que de sus manos se resbalaron las cenizas de Blanca. Esa mujer por la que había peleado. Para hacerla suya y dejarla después abandonada en tierra.

Pensó también en el día en el que fue abuelo sin ver a su nieto hasta que tocó tierra.

La mente se le llenaba, rebobinando hacia atrás. Hasta el día en el que por primera vez observó a lo lejos una de esas pateras. Siempre había oído hablar de aquellas personas que huían con desesperación pero en todas las ocasiones, le parecían historias irreales de periódico, deseosos de titulares amarillentos.

Desde entonces su vida ya no fue la misma, preguntándose por qué. Pescaba, pero pensaba en ellos y miraba el horizonte con la esperanza de no volver a encontrárselos y a la vez, con el deseo de ayudarles.

No eran grupos de personas de otro color y mezcla de países. Tenían vidas con historias, que en las portadas de la prensa se llamaban avalanchas y contingentes de inmigrantes ilegales.

Por más vidas que viviera nunca entendería qué significaba aquello ¿Las personas pueden ser ilegales? Rafael creía que robar y matar a la gente era ilegal y todas aquellas cosas que le tenían prohibido desde pequeño.

Por eso dejó de leer los periódicos. Apagaba su pequeño transistor al escuchar esas maravillosas voces de la radio, que entonaban la repetida frase: “Nuevo desembarco de inmigrantes ilegales a las costas…”.

Cuando dormía en su litera del barco, soñaba con que se ahogaban ante sus ojos, que le hablaban y no les entendía mientras una ola se los tragaba. La pesadilla se repetía desde aquel primer día en que encontró una patera. Nunca les había visto morir, ahogarse ante sus ojos.

Ahora, acababa de suceder y agarraba el timón con rabia, con el silencio cada vez más sobrecogedor, a bordo. Intentaba esquivar la mirada para no verles tiritar y se concentraba en los motores para no escuchar el castañetear de sus dientes.

Ya queda poco. Ya queda poco. Ya queda poco.

Por más que lo repetía no lograba acercar la costa al mar por el que navegaba.

–Dios mío ¿cómo le pueden llamar a esto el Estrecho?, se repetía con impotencia Rafael, con cada minuto en el reloj.

Pero las cosas llegan y la costa también.

Vio dibujado su perfil pese a los ojos viejos y la tierra le pareció más bella que nunca.

Se imaginaba a sí mismo, besando el suelo como un Papa, ansioso por comer la arena y atragantarse con ella.

Al llegar a puerto, todos los gritos fueron suyos.

Marineros y curiosos se acercaron para ayudar, mientras se echaban las manos a la cabeza.

Pronto llegaron las ambulancias con sus luces llenas de ruido. También los medios de comunicación con micrófonos ávidos de datos para sus crónicas en directo. No le dio tiempo a pensar. Le avasallaron con preguntas que no estaba dispuesto a responder.

–Joder, ¿es que no podéis ayudar?

La ira invadió su temple tranquilo. La realidad era una drama y no concebía que otras manos se dedicaran a sujetar micrófonos en vez de tocar y calentar aquellos cuerpos helados.

No sólo esquivó periodistas. Empujó a quien se puso en su camino. Había perdido el control. Sólo quería descargar su tripulación de malheridos. Llevarles hasta unas manos de médicos y cubrirlos con mantas.

Una mujer le cedió a su bebé para desembarcar. Cuando la criatura le miró con aquellos ojos oscuros tan grandes se derrumbó. Lo dejó en los brazos de una mujer vestida con bata blanca y las rodillas se le cayeron al suelo. Lloraba como ese niño que acababa de abrazar, ante la mirada atónita de pescadores, médicos, periodistas y curiosos.

Su edad y la vida se le vinieron encima.

Rafael se dejó llevar hasta una ambulancia y escuchaba la voz de un joven que le colocaba una mascarilla de oxígeno:

–Tranquilícese, no pasa nada. Vamos al hospital y allí terminará todo.

El sanitario le hablaba de crisis de ansiedad y palpitaciones que le sobrevinieron en el pecho, pero Rafael entendió el “terminará todo” como la muerte que le estaba esperando detrás de la puerta.

Cerró los ojos.

Sintió llegar la calma. Se tranquilizó: al menos, no tendré que ver amanecer de nuevo. Antes del descanso notó la culpa: la de de amar el Estrecho, por encima de su familia y de sí mismo. Al morirse, podría dejar de preguntarse también, qué ocurriría con aquellos que se habían salvado. No quería saber que les obligarían a volver al lugar del que escaparon y que de nuevo, ahorrarían para intentarlo una vez más.

Este último pensamiento le aceleró el corazón y sintió escaso el oxígeno proporcionado por la mascarilla.

Él no lo sabía, pero no se había muerto. Sólo se había desmayado y lo descubrió al abrir sus ojos en el hospital. Junto a su cama, los hijos le parecían protagonistas del sueño.

Estaban a bordo de su barco y el sol se ponía, pavoneándose de su espectáculo diario. Contemplarlo elevaba a Rafael, al mundo de los hombres privilegiados, al grupo de excepcionales testigos de una belleza que no tiene explicación con simples palabras.

Si había que vivir para ver, esa era una de las cosas que nadie debería perderse antes de morir. Por favor, tenéis que verlo, les decía a sus hijos. Tenéis que comprenderme, no puedo vivir sin esas puestas de sol, sin los amaneceres que cortan la respiración, sin oler la sal del mar, sin batallar contra el natural movimiento del agua,….

El sol comenzaba a bajar, –¿lo estáis viendo hijos?, repetía–, se encendía de rojo como un meteorito redondo. Hipnotizaba su perfección. No había ojos que se resistieran a una mirada directa aunque dañaran la visión. La respiración se hacía más agitada según bajaba la pelota de luz que pronto dejaría de serlo. Al día siguiente estaría allí otra vez, arriba, pero al caer la tarde volvería a retar a los humanos, a imponer su manera de decir hasta mañana.

Las caras de sus hijos se volvían tan bellas como la puesta de sol. Eran el reflejo de lo que estaban observando, con la respiración aplacada, al ritmo lento del descenso que parecía no terminar nunca. Pero… el horizonte terminaba por tragárselo, sin aspavientos, de manera dulce, acogiendo el sol en su seno.

Rafael moría y revivía cada jornada con el vértigo de esta secuencia. Y aunque retuviera en su retina la imagen, necesitaba su presencia una y otra vez, como una adicción imposible de superar. Ahora sus hijos lo habían visto, le comprenderían…

Una sonrisa quedó prendida en su cara al despertar.No estaba en el mar. Estaba en una cama de hospital y sus hijos le miraban enfadados.

– ¿Por qué nos haces esto papá? ¿Es que no vas a aprender nunca? ¿No te valió no estar con mamá cuando murió? ¿No piensas en tus nietos?

Igual no pronunciaron todas esas preguntas pero él las escuchó. Era un niño grande que recibía la eterna regañina, ansioso porque alguien le comprendiera.

Sólo quería que se marcharan. Le dolía el corazón sentirlo, pero no deseaba otra cosa que encontrar la paz. Y por más que la buscó a su lado, nunca apareció.

Le habría gustado ser aquella persona mayor que con los años cambia de opinión, que deja de hacer lo que le gusta para complacer a aquellos que le quieren, pero había fracasado.

Ahora les necesitaba para recuperarse y no tardarían un segundo en recordárselo. Ni una cárcel le habría aprisionado más que aquella sensación.

Rafael pensaba qué hubiera ocurrido si no le hubieran presionado. Pero eso, ya no era posible.

Sentía el ahogo permanente, tumbado en la cama del hospital, desvalido, con más años y menos salud de la que quisiera, y lo peor, … en tierra.

Mientras su familia daba vueltas por la habitación, Rafael escapaba de ellos con la imaginación, embarcado en la seguridad de su barco. Los murmullos se fueron marchando poco a poco y el silencio le adormeció.

Un extraño duermevela le acompañó durante varios días en la habitación de hospital. Le advirtieron que sus bronquios no estaban para demasiadas salidas a la mar. La humedad del Estrecho le había pasado factura de golpe.

Durante aquellos días, sus hijos le ocultaron que el nombre de Rafael presidió las portadas de muchos periódicos como salvador de náufragos y que le buscaron con desesperación para colocarle en los titulares de sus entrevistas.

La vuelta a casa fue distinta al resto de miles de veces. Ahora sus hijos tenían recomendaciones médicas para recordarle a cada segundo. Rafael no había muerto pero sentía que en aquel hospital perdió la vida.

Hizo auténticos esfuerzos para amoldarse a la nueva etapa, recluido en las recetas: jugaba con sus nietos bajo el paraguas del calor de sus hijos, pero en cada ventana con fondo azul se le iba la mirada y con ella llegaban las prohibiciones. Papá no puedes volver a salir, ya has oído lo que han dicho los médicos, si coges el barco nunca más volverás a esta casa, para nosotros será como si hubieras muerto.

Como un niño castigado bajaba la cabeza. Guardaba en  silencio una mentira porque con el encierro a Rafael sabía que sólo iban a conseguir el efecto contrario.

No tardó mucho en llegar. El abuelo tuvo que engañarles porque necesitaba respirar. La única diferencia era morir en sitios distintos. Si el mar no se lo tragaba, le consumiría esa tierra que le hacía sentir prisionero.

Y salió.

Ya no volvió. Se quedó en mitad del Estrecho con la excusa de esperar una patera a la que ayudar, porque su familia se había encargado de retirarle los útiles de pesca.

Para desesperación de su familia, Rafael volvió a ocupar algún titular de prensa sin desearlo. No pudo salvar a todos, pero algunos consiguieron no ahogarse gracias a las manos del pescador.

Rafael se olvidó de sus bronquios maltrechos cuando fue necesario lanzarse al agua. No podía hacer otra cosa. Lo que le quedara de vida sería para la anchura del mar y las cenizas de su mujer, encaramadas en la cresta de alguna ola.

Pronto nadaron juntos. Fue un día de temporal, cuando las corrientes hicieron de su diminuto barco una patera más. No sintió miedo. Se iría al fondo que más le gustaba.

Los submarinistas le buscaron durante dos jornadas hasta que su cuerpo apareció en la playa como un inmigrante blanco.

Los hijos le lloraron como hicieron durante toda una vida pero descansaron porque ya no se iría nunca más. Se quedaría para siempre en su Estrecho del alma. Le concedieron el último deseo que Rafael no necesitó dejar por escrito: sus cenizas flotarían para siempre junto a las de su madre en mitad de ese ancho mar. Los inmigrantes

Iban a tener dos manos más para ayudarles en cualquiera de las olas que tanto le gustaban a Rafael.





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