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Relato Breve "Un paseo inolvidable" por Alejandro Jiménez


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21/06/2015


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El mar se encontraba calmado, como si quisiera quedarse en un segundo plano. Reinaba la tranquilidad en el lugar.


Remé con suavidad, realizando un movimiento que casi parecía un armónico. La temperatura del lugar era excelente. Lejos, se encontraba ya la orilla, donde algunas pequeñas personas se movían de un lado para otro.

La miré: Estaba radiante. Sus largos cabellos dorados se ondulaban con suavidad al son de la suave brisa que flotaba en el ambiente. Sus azules ojos soñadores se perdían en el horizonte.

De repente, se percató de que la estaba observando y se giró hacia mí.

Era Ángela, mi mujer. La única mujer que había amado en toda mi vida.

Nos encontrábamos pasando una feliz mañana en el lago del pueblo, lugar que lo significaba todo para nosotros, pues fue donde nos conocimos y donde más tarde, le declaré mi amor.

- ¿Qué miras? -me soltó mientras reía.

Sonreí. Estaba hermosa cada vez que se reía de ese modo.

- A ti.

Ella ensanchó aún más su sonrisa y se apartó el pelo de la cara.

- Anda, deja de mirarme tanto y mira más hacia donde mueves la barca, no sea que choquemos con otra.

Sin dejar de sonreír, comencé a remar más deprisa. Entonces, colocó una mano sobre un remo y detuvo el avance de la barca. La miré, sin comprender.

- Hablemos un poco.

Me sonrió con dulzura y se acercó un poco más hacia mí. Sus ojos me observaban con fijeza.

- ¿Has sido feliz conmigo todos estos años?

Abrí mucho la boca: no sabía con que intención me hacía esa pregunta. ¿Querría dejarme?

- Por supuesto, todos los días desde que empezamos a salir – me apresuré a decir mientras me acomodaba en la barca.

Su sonrisa se hizo más amplia y sus ojos brillaron. Se acercó un poco más hacia mí y me besó. Fue un beso tierno, sin prisa, simplemente disfrutando del momento. El tiempo pareció detenerse, pues en mis pensamientos solo había espacio para lo que estaba viviendo en ese momento.

Al fin se separó y se volvió a sentar en el extremo de la barca. Su mirada lucía un brillo especial.

- Yo también he sido feliz todos estos años.

Suspiré, aliviado, parecía que todo iba bien.

Ella observó el mar con detenimiento.

- ¿Recuerdas la primera vez que nos bañamos juntos en el mar?

Reí; claro que lo recordaba.

- ¡Por supuesto! Tú no sabías nadar y tenía que estar agarrándote todo el tiempo. Por si fuera poco, te daban miedo las olas y te agarrabas a mí cada vez que venía una.

Me miró con diversión.

- Hay algo que nunca te dije. Sabía nadar y no me daban miedo las olas.

Aquella confesión me pilló por sorpresa. Fruncí el ceño.

- Lo hice para tener una excusa para agarrarme a ti.

Me sonrojé; no pude evitar una sonrisa.

- Siempre me gustaste, desde la primera vez que te vi.

- Sabes que tú….

Ella se puso el dedo en los labios, cortando mi frase. Resopló y sonrió. La tristeza con la que lo hizo me heló el corazón.

- Sólo quiero que sepas que siempre he sido muy feliz a tu lado, en todo momento.

- Yo también – dije en un susurro.

Me cogió una mano y la abrazó entre las suyas. Se acercó un poco y me miró fijamente a los ojos.

- Incluso en los peores momentos, yo nunca dudé de mi amor por ti. Eso espero que lo recuerdes siempre. Siempre te amaré….. – susurró

Nos quedamos mirando fijamente a los ojos durante unos minutos, hasta que el sonido de mi teléfono móvil nos separó. Chasqueé la lengua en señal de fastidio. Le solté las manos y cogí mi teléfono. Mientras miraba distraído hacia el pueblo, lo descolgué.

 - ¡José!, ¿Donde estás?.

- Hola Mamá, ¿qué quieres?.

- Es difícil decir esto…. se trata de Ángela.

- ¿Ángela, que pasa con ella? Esta……

- Ha muerto en un accidente de coche.

- Eso es imposible, ¡si está aquí conmigo! Espera que te la paso.

Me volví hacia ella, pero en el extremo de la barca no había nadie. Me quedé petrificado, sin saber qué pensar, ni qué decir.

Tras unos momentos, empecé a llamarla a gritos, moviéndome por la barca, buscándola, sin sentido, de forma desesperada.

De repente, lo recordé todo. Ella se había ido a Madrid a una reunión de empresa ese fin de semana. La realidad me golpeó con una dureza terrible.





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