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A las diez de la mañana de aquel sábado
de diciembre, Ana punteaba, bolígrafo en mano, en el escritorio de su
casa, cada uno de los movimientos del extracto bancario que la impresora
le había dado. Con la mano apartó las facturas que cotejaba. Desde las
nueve, el móvil había sonado tres veces: siempre el mismo número
desconocido y, en el instante en el que respondía, la comunicación se
cortaba. Sonó una cuarta vez. Hastiada, tomó el teléfono, que le regaló
la música de una grabación, y colgó sin remilgos. Fue entonces cuando
estampo el artefacto contra el suelo. Aquel artilugio la estaba
volviendo loca. La pantalla se rajó en varias direcciones y se quedó
negra. Ana lo miró con un hondo suspiro y se levantó a estirar las
piernas, deseando que su hijo Javi de cinco años, no se hubiera
despertado.
Se ciñó el cinturón de la bata de
algodón con dibujos de letras de colores. A pesar de que el sol salía
cada mañana para todos los seres humanos, a ella los colores la salvaban
de la oscuridad, sobre todo desde que se separó de su marido hacía casi
un año: custodia compartida, más horarios, idas y venidas.
Cuando puso el primer pie en el pasillo
con la intención de hacer más café y tomarse una pastilla para el dolor
de cabeza, sonó el teléfono inalámbrico que descansaba sobre su batería
en un soporte atornillado a los azulejos de la cocina. Ana anduvo con
paso ligero hasta el teléfono que la reclamaba con sus timbrazos.
«¿Diga? ¿Diga?», inquirió con voz agria. La misma música, el mismo
número, y de nuevo se cortaba la comunicación. Al intentar dejar el
aparato se sorprendió, su mano estaba pegada al siniestro objeto negro
de teclas. Agobiada, gritó y zarandeó con ímpetu aquella mano. De pronto
Javi apareció en pijama y descalzo, bajo el quicio de la puerta. Vio,
con los ojos muy abiertos, a su madre que se convulsionaba. Las
lágrimas le brotaron de los ojos y el instinto le hizo abalanzarse a
tomar la mano libre de su madre. No llegó a tiempo, porque en lo que
dura un parpadeo, Ana sintió una quemazón y dolor mientras su cuerpo se
fragmentaba como la plastilina y era absorbido por los orificios del
auricular. Parecía que una potente aspiradora quisiera tragársela desde
el otro lado. El viento y los gemidos de su hijo le inundaron los oídos.
Después perdió la consciencia.
Al despertar, se encontraba en el suelo.
Le dolía todo el cuerpo. Estaba oscuro. El silencio llenaba el vacío.
Dubitativa, llamó a su hijo, sin obtener respuesta. Las pupilas se
acostumbraron a la penumbra y descubrió una casi imperceptible claridad
que se filtraba por algún sitio desconocido para ella. Se puso en pie e
indagó, a pesar del dolor. A tientas, tocó con las manos lo que supuso
una pared. No conforme, golpeó con los nudillos. Tragó saliva: la pared
era de plástico. Avanzó un poco más y, con la misma rapidez que un
relámpago ilumina la noche, un pensamiento le refulgió en la mente. La
claridad se fundía con unos símbolos descomunales que parpadeaban.
Entonces tras el relámpago, llegó el trueno; mentalmente catalogó
aquellos símbolos parpadeantes como números invertidos bastante más
altos que ella. Cayó en la cuenta de que no tendría forma de salir de
allí.
Sudaba. Pensó en lo asustado que se encontraría Javi. La soledad la aplastó.
Lloró, mientras deslizaba la espalda por
la pantalla de cifras que parecían burlarse de ella haciendo guiños, y
se sentó en el suelo. Arqueó las piernas y reclinó la cabeza en las
rodillas, dejando cada brazo colgando a sus costados.
Tras el largo llanto, perdió la noción
del tiempo. La oscuridad y el calor la consumían. Pensó en Javi, cuando
lo abrazó por primera vez y el amor que le abrasó las entrañas. Aquel
niño era el motor de su existencia…
De un salto se puso en pie y lo llamó
con todas sus fuerzas hasta quedarse afónica. Le pareció oír gemidos en
la lejanía. De súbito, los números se iluminaron y la voz de su hijo la
alcanzó como un dardo de esperanza. Se le clavó de tal manera que Ana
chilló a pleno pulmón. Y el niño, que unió su voz a la de su madre, se
desgañitó. De nuevo el mismo viento, que ahora provenía del exterior,
arrastró a la mujer hasta los orificios del auricular. El amor que
sentían el uno por el otro era tan inmenso que la liberó.
Cuando Ana abrió los ojos, yacía en el
suelo de la cocina de su casa. Las pequeñas manos de Javi sostenían su
cabeza. Entonces sintió su calor y sus húmedos besos en las mejillas. La
ternura la invadió, lloró de felicidad. Supo que aquel hermoso e
invisible lazo de amor los uniría toda la vida.