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Relato Breve "Números siniestros" de Mercedes Tormo


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21/06/2015


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Segundo Premio del XXXV Concurso Provincial Literario organizado por la Asociación de Amas de Casa y Consumidores “Lucentum” de Alicante.


A las diez de la mañana de aquel sábado de diciembre, Ana punteaba, bolígrafo en mano, en el escritorio de su casa, cada uno de los movimientos del extracto bancario que la impresora le había dado. Con la mano apartó las facturas que cotejaba. Desde las nueve, el móvil había sonado tres veces: siempre el mismo número desconocido y, en el instante en el que respondía, la comunicación se cortaba. Sonó una cuarta vez. Hastiada, tomó el teléfono, que le regaló la música de una grabación, y colgó sin remilgos. Fue entonces cuando estampo el artefacto contra el suelo. Aquel artilugio la estaba volviendo loca. La pantalla se rajó en varias direcciones y se quedó negra. Ana lo miró con un hondo suspiro y se levantó a estirar las piernas, deseando que su hijo Javi  de cinco años, no se hubiera despertado.

Se ciñó el cinturón de la bata de algodón con dibujos de letras de colores. A pesar de que el sol salía cada mañana para todos los seres humanos, a ella los colores la salvaban de la oscuridad, sobre todo desde que se separó de su marido hacía casi un año: custodia compartida, más horarios, idas y venidas.

Cuando puso el primer pie en el pasillo con la intención de hacer más café y tomarse una pastilla para el dolor de cabeza, sonó el teléfono inalámbrico que descansaba sobre su batería en un soporte atornillado a  los azulejos de la cocina.  Ana anduvo con paso ligero hasta el teléfono que la reclamaba con sus timbrazos. «¿Diga? ¿Diga?», inquirió con voz agria. La misma música, el mismo número, y de nuevo se cortaba la comunicación. Al intentar dejar el aparato se sorprendió, su mano estaba pegada al siniestro objeto negro de teclas. Agobiada, gritó y zarandeó con ímpetu aquella mano. De pronto Javi apareció en pijama y descalzo, bajo el quicio de la puerta. Vio, con los ojos muy abiertos,  a su madre que se convulsionaba. Las lágrimas le brotaron de los ojos y el instinto le hizo abalanzarse a tomar la mano  libre de su madre. No llegó a tiempo, porque en lo que dura un parpadeo, Ana sintió una quemazón y dolor mientras su cuerpo se fragmentaba como la plastilina y era absorbido por los orificios del auricular. Parecía que una potente aspiradora quisiera tragársela desde el otro lado. El viento y los gemidos de su hijo le inundaron los oídos. Después perdió la consciencia.

Al despertar, se encontraba en el suelo. Le dolía todo el cuerpo. Estaba oscuro. El silencio llenaba el vacío. Dubitativa, llamó a su hijo, sin obtener respuesta. Las pupilas se acostumbraron a la penumbra y descubrió una casi imperceptible claridad que se filtraba por algún sitio desconocido para ella. Se puso en pie e indagó, a pesar del dolor. A tientas, tocó con las manos lo que supuso una pared. No conforme, golpeó con los nudillos. Tragó saliva: la pared era de plástico. Avanzó un poco más y, con la misma rapidez que un  relámpago ilumina la noche, un pensamiento le refulgió en la mente. La claridad se fundía con unos símbolos descomunales que parpadeaban. Entonces tras el relámpago, llegó el trueno; mentalmente catalogó aquellos símbolos parpadeantes como números invertidos bastante más altos que ella. Cayó en la cuenta de que no tendría forma de salir de allí.

Sudaba. Pensó en lo asustado que se encontraría Javi. La soledad la aplastó.

Lloró, mientras deslizaba la espalda por la pantalla de cifras que parecían burlarse de ella haciendo guiños, y se sentó en el suelo. Arqueó las piernas y reclinó la cabeza en las rodillas, dejando cada brazo colgando a sus costados.

Tras el largo llanto, perdió la noción del tiempo. La oscuridad y el calor la consumían. Pensó en Javi, cuando lo abrazó por primera vez  y el amor que le abrasó las entrañas. Aquel niño era el motor de su existencia…

De un salto se puso en pie y lo llamó con todas sus fuerzas hasta quedarse afónica. Le pareció oír gemidos en la lejanía. De súbito, los números se iluminaron y la voz de su hijo la alcanzó como un dardo de esperanza. Se le clavó de tal manera que Ana chilló a pleno pulmón. Y el niño, que unió su voz a la de su madre, se desgañitó. De nuevo el mismo viento, que ahora provenía del exterior,  arrastró a la mujer hasta los orificios del auricular. El amor que sentían el uno por el otro era tan inmenso que la liberó.

Cuando Ana abrió los ojos, yacía en el suelo de la cocina de su casa. Las pequeñas manos de Javi sostenían su cabeza. Entonces sintió su calor y sus húmedos besos en las mejillas. La ternura la invadió, lloró de felicidad. Supo que aquel hermoso e invisible lazo de amor los uniría toda la vida.









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