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Relato Breve "Viaje de ida y vuelta" por Teresa Argilés


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08/06/2015


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Premio Mención Especial del Jurado “XXXV Concurso Provincial Literario” de la Asociación Provincial de Amas de Casa “Lucentum”


Pronto se cumpliría el medio siglo de su destierro personal, pensaba Cayetano, agarrado a la pasarela del barco mientras divisaba la costa de Castellón, su ciudad natal, con anhelo y nerviosismo. Una ciudad que ya no sentía como suya, pero con la que había soñado todas las noches a lo largo de su vida. Y lo había hecho, porque en ella, aquel mes de mayo de 1965, cuando decidió marcharse, dejó entre aquellas calles, su pena; sobre las verdes hierbas del campo, su pasión, y sobre los labios de Marili, todo su amor. Nunca podría olvidar su cabello rubio, como el maíz cuando le da el sol, sus ojos verdes y con una piel suave como la seda.

Aún recordaba a su madre, advertirle: «Cayetano, no ves que esto no puede ser. Nosotros solo somos los guardeses de la finca, Que sí que has jugado con los señoritos, Álvaro y M. ª Lidón (Marili), pero, hijo, vas creciendo y tienes que olvidarte de ellos; sobre todo de Marili. Prométemelo. Ya no eres un niño… Ahora te toca hacer las labores propias de los criados, que para eso estamos aquí, y piensa, cuando te atormenten los porqués, que al menos tenemos techo y comida asegurada».

La decisión de dejarlo todo atrás había sido para Cayetano, difícil, muy difícil… Amaba a Marili como la tierra seca absorbe la lluvia, con ansia, con desesperación… Jamás se había imaginado la vida sin ella, sin embargo, esa misma vida y sus preceptos le habían arrancado de su lado lo que más quería.

Por eso, aquel día, descendió por la pasarela del Esperanza del Mar, un barco que había zarpado veinticuatro horas antes del puerto castellonense de El Grao, triste y sin ilusión en la vida, para encontrarse frente a frente con una luminosa ciudad norteafricana bañada por el Mediterráneo, que le acogió como a un hijo y llegó a curar sus heridas. Unas heridas profundas e invisibles que le habían partido el corazón.

Siempre pensó que algún día regresaría a España, y que cuando lo hiciera, no habría fuerza visible sobre la Tierra que le apartase de ella, de su Marili.

El puerto de El Grao ya no le parecía el mismo que lo vio partir en los años sesenta. La industria y el tráfico marítimo había crecido al igual que los años también habían pasado para él. Cayetano descendió lentamente por la pasarela del barco intentando recordar el olor de su ciudad y el color de su cielo. Extasiado, deambuló por el centro de La Ciudad de la Plana comprobando que aún quedaban vestigios de casas de pueblo, pequeñas y sin altura. El corazón le latía exageradamente; por fin había vuelto a casa.

Tomó un taxi con la intención de ir al hotel, pero una acuciante necesidad le llevó primero hasta la finca, ahora abandonada, donde él y su madre habían servido. No se detuvo más que unos instantes. Su madre, que había muerto al poco tiempo de su partida, ya no podía abrazarle.

Después de indagar sobre el paradero de Marili, decidió ir a su encuentro. No quiso mirarse en el espejo. Demasiado bien sabía que las arrugas que surcaban su rostro eran profundas, trabajadas bajo el sol. Pero ahora disponía por fin de capital para que nada les faltase a ninguno de los dos. Y, sobre todo, la seguía llevando tatuada en su corazón y en su piel, como en aquellos días.

Cayetano no tardó en acercarse a la farmacia, donde según sus datos, trabajaba Marili. Le atendió una hermosa mujer que rondaría los cincuenta, rubia como las mazorcas; de mirada clara y verdosa. En su bata blanca, una etiqueta bordada a mano, decía así: Cayetana, farmacéutica.

—Madre, preguntan por ti…

Una mujer que acabaría de cumplir los setenta, de ojos claros y piel de seda y muy conservada para su edad, se acercó al mostrador.

—¿Preguntaba por mí, caballero?



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