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Relato Breve "El viaje" por Inmaculada Marroquín


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08/06/2015


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Medio adormilado, recosté la cabeza contra la ventanilla y me dejé llevar por el suave traqueteo del tren. Nos encontrábamos en medio de ninguna parte y mis sentidos estaban abotargados por el aburrimiento y la apatía. Hacía poco que había anochecido y  unas escasas luces iluminaban sin ganas el vagón. Fuera, reinaba la oscuridad más absoluta. La inmensidad del páramo, rota en la cercanía por la sucesión incesante de los postes ferroviarios, había desparecido tragada por la espesura de una noche sin luna.


Dentro, tres personas abstraídas y distantes, cada una en sus asuntos y en sus cuitas. Al fondo, una mujer mayor, con aspecto de campesina, dormitaba mientras pasaba con una mano las cuentas de un rosario. En el otro extremo, un caballero con traje gris de buen corte y sombrero a juego, que desentonaba con el abandono en que estaba sumido el ferrocarril. Y yo, un estudiante con poco dinero, de vuelta a su casa para las vacaciones de verano.

Por el tiempo transcurrido, calculé que debía de faltar escasos minutos para la siguiente estación; ¿cuál sería?, ¿Valporta?, quizá Malaestrada, me dije. En esas estaba cuando el tren comenzó a frenar, disminuyendo poco a poco la velocidad. Tenues luces que  avisaban la cercanía de una población comenzaron a verse por la ventanilla. Con un último frenazo entró en el apeadero y se paró. La estación,  iluminada con dos pobres farolas, estaba desierta y el cartel que anunciaba su nombre se mecía incesante por el viento, golpeando contra la pared del edificio. Las puertas del vagón se abrieron de par en par  para dejar pasar a los inexistentes pasajeros, pero lo único que entró fue el frio de la noche  y una niebla espesa y turbia que me erizó el vello del cuerpo.

El viento soplaba insistente en el exterior, provocando fuertes gemidos al colarse por las rendijas del edificio. El hombre del traje gris roncaba tranquilo con el sombrero sobre la cara  y las manos anudadas en el regazo. Por su parte, la mujer mayor seguía indiferente con su letanía de cuentas y rosarios, cuando las puertas del vagón volvieron a cerrarse con brusquedad.

El tren comenzó a moverse con lentitud al principio. Poco a poco nos fuimos alejando de la estación y de las luces, sumidos de nuevo en la oscuridad de la noche. Cerré los ojos y me dispuse a dormir. No había pasado ni un minuto cuando intuí una presencia extraña a mí alrededor. Sobresaltado abrí los ojos. Aquello no podía ser. Estaba viendo visiones. Ningún viajero había subido al tren en Valporta.

Una mujer sentada en el asiento de enfrente me sonreía. Parecía joven, pero sus cabellos eran del color de la niebla salpicados por mechones oscuros. Vestía una túnica gris claro hasta los pies que se me antojó un poco pasada de moda. Me llamó la atención la blancura de sus manos de piel inmaculada que asomaban por las mangas de su ropa. Sus dedos, de largura imposible, terminaban en uñas cuidadas y bien pulidas. Un anillo en forma de serpiente, de oro y esmeraldas adornaba el dedo anular de la mano derecha.

Sorprendido, me frote los ojos y miré a mi alrededor buscando  la confirmación de mis vecinos de viaje. Ambos estaban en la misma postura que la última vez que les miré y no parecían percatarse de nada. ¿Cómo había llegado aquella extraña mujer allí?

Empecé a sentir un calor sofocante a pesar del frío de la noche y me dispuse a bajar la ventanilla. Me volví para sentarme en mi asiento cuando observé que la mujer se estaba desdibujando hasta quedarse sin perfiles; primero su silueta, por último su cabello y vi, asustado, como una bruma gris se movía etérea donde antes estuvo su cuerpo, alzándose por el aire hasta salir  por la ventana abierta.





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