. Sin embargo, a pesar de todos esos graves
problemas, en realidad, esas no son las causas de nuestra miseria, sino las
consecuencias. Nuestro problema, el causante del resto de los males que
padecemos, no es ni la crisis económica ni la corrupción política ni las leyes
laxas; el principal problema es nuestro desvergonzado carácter. Y me explico.
Hace unos días, una mujer con un carrito
de bebé apareció por el despacho donde trabajo sin llamar a la puerta. Empujó
la puerta con el carrito como si fuese un tanque de combate y comenzó a sacar
papeles sin saludar siquiera. El horario de oficina de atención al público está
situado a la entrada de la puerta, a la entrada del vestidor y a la entrada del
edificio, así que -como estaba trabajando delante del ordenador realizando la
gestión económica, cerca de unos cien apuntes bancarios-, le dije muy
amablemente a la mujer del carrito acorazado que no podía atenderla porque
estaba fuera –muy fuera- del horario de atención al público. De hecho, dos
horas. En otras circunstancias, la hubiera atendido, pero la gestión económica
requiere una gran concentración, ya que cualquier baile de números puede dar al
traste en un segundo con dos horas de trabajo. Después de informarle de nuevo del
horario de atención al público, por si no le llegaban los tres enormes carteles,
la mujer me miró con desprecio, puso cara de culo y antes de salir del despacho
me dijo con tono despectivo “no trabajen ustedes tanto”. Así, sin más.
Posiblemente, esto pueda parecerles una
anécdota, pero no lo es. Hoy en día, la anécdota es lo contrario. La
desvergüenza, la falta de educación, la prepotencia, el egocentrismo y la
creencia de que todos somos perfectos y tenemos razón se ha adueñado del comportamiento
del animal medio español. Sin tener el más mínimo criterio, rayando el
analfabetismo cultural, sin preocuparse de las normas, los ciudadanos españoles
se han acostumbrado a creer que tienen derecho a todo. Por eso aparcamos donde
nos sale de los cojones, aunque haya un vado o esté reservado para minusválidos.
Esto hace que nos justifiquemos constantemente ante conductas que son
despreciables. No llamar a la puerta, no preguntar si se puede pasar, hablar
con respeto a nuestro interlocutor y reconocer que nos hemos equivocado es algo
imposible de pedirle a un español, acostumbrado a vociferar en restaurantes, a
berrear en museos y a mugir en bibliotecas públicas. Y todo ello, como digo,
aunque parezca anecdótico, es el inicio de la corrupción social, el inicio de
la falta de responsabilidad y compromiso ante el trabajo, el inicio de la mala
educación frente a nuestros hijos, el inicio de la corrupción moral, el inicio
de una incorrecta atención, el inicio del chapuceo, el inicio de la
improductividad, el inicio de la factura sin IVA, el inicio de enchufar al
sobrino o al cuñado, etc.
Aunque no nos demos cuenta, cuando
criticamos a nuestros políticos o a nuestros banqueros, en realidad nos estamos
criticando a nosotros mismos, porque somos nosotros quienes los hemos parido y
les hemos dado de mamar. Ellos son nuestro reflejo. Sin embargo, a pesar de
ello, seguimos sin cambiar, refocilando entre la incultura y el aborregamiento,
convencidos de que hagamos lo que hagamos siempre, siempre, siempre, tenemos derecho
y razón. Y así nos va.ME GUSTASÍGUEMECONÓCEME