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Relato Breve "De paso por las baldosas coloridas" por Tati Jurado


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07/04/2015


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La bolilla verde rodaba con determinación por el medio caño de cemento, todavía humedecido por la lluvia nocturna, mientras Guillermito corría agitado junto a ella, salteando sus pupilas de la pequeña esfera a la meta. Esta vez la había tirado con efecto. Tenía que funcionar. Terminó el caño y la canica alentada retó al desafiante vacío. Nuevamente cayó en el charco embarrado. El niño aflojó los puños y la socorrió velozmente, arrellanándola en sus manos con extrema dulzura. ”No te preocupes, lo volveremos a intentar. Vamos, te voy a dejar como nueva.” Se aproximó a la fuente y enjuagándola con cuidado le devolvió su piel cristalina, avivándole después su fulgor con la manga del buzo. Ya con la bolita inmaculada, una vez más, escrutó detenidamente el caño y la distancia que lo separaba de la cúspide: las baldosas coloridas. Lo observó desde todos los ángulos posibles. Había un modo, seguro que había un modo. De pronto un sonido reiterado a su espalda llamó su atención; era una mezcla de silbido y chistido. Se giró curioso. Un hombre de sonrisa medio desdentada movía juguetón un pedazo de cartón en su mano: era una rampa. Guillermo entusiasmado se abalanzó sobre él.


_ ¡Qué buena idea! exclamó el muchachito.

_ ¿Crees que funcionará?_ le preguntó el hombre.

_Seguro que sí, pero primero tendremos que encontrar una piedra para sujetarla_ explicó Guillermo observando la rampa.

_Pero si ponemos una piedra ella chocará y saldrá despedida del caño_ argumentó confuso el hombre.

El niño sonrió y le agarró la mano.

_La piedra es para ponerla debajo de la rampa, así que tiene que ser más o menos, así de alta_ indicó sumando dos dedos a su otra mano_ ¡Ah! y plana.

El hombre asintió con la cabeza y comenzaron a rastrear la placita en busca del soporte adecuado para colocar el injerto que impulsaría a la pequeña verde a alcanzar las baldosas coloridas. Al principio probaron con piedras, después con una lata, con palos de diversos tamaños y finalmente el hombre encontró un pedazo de ladrillo con las proporciones indicadas. Las manos talladas por el desgaste fueron colocando con prolijidad el trozo de ladrillo en el agua turbia e infértil bajo la mirada aprobatoria del pequeño, que por primera vez se fijaba detenidamente en las ropas de su nuevo amigo.

_Ya está_ confirmó con seguridad al erguirse

_Toma_ le dijo Guillermo poniendo la bolilla verde en las manos embarradas.

El hombre lo miró sorprendido.

_ ¿Seguro?_ preguntó un poco nervioso

_Sí, adelante.

El hombre dudó un segundo y antes de tirarla se acercó a la fuente, y tal como había hecho el muchacho anteriormente, la lavó y la abrillantó cuanto pudo con su abrigo. Después, decidido, se fue al puesto de salida. Miró la bolilla verde, miró a Guillermo, y concentrado empujó la canica. La bolilla fue rodando imparable, verde y brillante por el caño. Ambos corrían junto a ella. El caño se terminaba. Llegó a la rampa y se elevó. Siguieron su trazo con los ojos esperanzados. La bolilla superó el vacío y finalmente rodó por las baldosas coloridas hasta detenerse junto a la fuente. Guillermo brincó eufórico, jubiloso, mientras que el hombre con un brillo fulgente en sus ojos dibujó una sonrisa de oreja a oreja, que con timidez rozó la risa. Justo entonces, desde el otro lado de la fuente, se escuchó a una mujer llamando a Guillermo. El niño apresurado agarró la bolilla y se acercó al hombre.

_Para ti_ dijo sonriente.

Después se alejó corriendo y desapareció entre la multitud de la calle principal de la mano de la mujer.

El hombre se aferró a la bolilla y volvió al banco. Sentado, ajeno a todo su entorno, contempló la esfera verde, durante largo rato, sin dejar de sonreír. Como el niño, el sol dadivoso fue desapareciendo y el rocío imperturbable del ocaso se fue abriendo paso. Poco a poco, ya instalada la noche, el cielo se fue encapotando sin dar tregua a las estrellas. Se tumbó, y lentamente se fue ovillando para conservar el calor. Con la caída de las primeras gotas, su mano temblorosa fue cediendo. La bolilla cayó. Rodó lentamente por las baldosas apagadas hasta sucumbir en el charco de agua turbia y estéril.









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