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Relato Breve "La isla de colores" por Begoña Curiel


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26/03/2015


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Cuando le preguntaban por su nombre, siempre respondía lo mismo:


-Aunque no me gustan las espinacas, me dicen Popeye, pero en realidad me llamo Iván.

  Esa era su principal tarjeta de presentación, aunque la mejor de todas, era su pintura. De brocha gorda y de pincel fino. Lo dominaba todo. Mezclar colores le llenaba el tiempo y la vida. Pintaba las barcas de la isla, pintaba las casas, pintaba las paredes y todo lo que le pidieran.

  La isla era su propia huella. Sus habitantes querían tener la frescura que soltaban sus pinceles y por eso, nunca le faltaban encargos.

  Era un personaje fundamental sin el que no se podría entender la vida de la que llamaban “Isla de Colores”. Iván había sido precisamente el causante del cambio de nombre de una isla que, hasta su llegada, no aparecía en los mapas.

Todas las embarcaciones de pesca y las de recreo, lucían sus pinturas, sus dibujos trazados a golpe de tonos verdes, rojos, azules, amarillos o marrones.

  Los visitantes podían disfrutar del espectáculo a pie o desde la avioneta de Ramón. Era maravilloso contemplar desde el aire la mancha que dejaba la isla clavada en el mar. No había otra igual. Desde el cielo, los barcos se convertían en diminutos brazos que la rodeaban como si fuera un tiovivo de colores. Y en el interior de la isla, lo fijo y lo móvil, formaba un arcoiris que dejaba sin respiración a todo el que tenía la oportunidad de llegar a esta remota parte del mundo.

  Iván no pintaba para mejorar la estética – aunque lo conseguía-, sino porque lo necesitaba para respirar. Era su trabajo pero también, algo que no podía evitar. Quien le conocía de verdad, lo sabía. Y ése, era Ramón, el único que guardaba los detalles de su historia.

  El contacto con el exterior llegaba cada semana en un barco cargado de curiosos que deseaban conocer este punto coloreado de la tierra. Muchos, se marchaban convencidos de que nunca conocerían un sitio igual.

  Se le podía encontrar en cualquier esquina de la isla: junto a la playa, intentando adivinar el punto infinito del mar, en un parque analizando su próximo proyecto, subido a una escalera, rematando de azul una farola…, pero siempre acompañado del conjunto de brochas, pinceles y pinturas, con su habitual camiseta de manga corta y la pipa, por la que le adjudicaron el apodo de Popeye.

  De todos recibía un saludo aunque Iván no conociera a muchos de los que se dirigían a él. Tampoco le molestaba. De hecho, el pecho se le hinchaba de satisfacción cuando algunos, al pasar por su lado, comentaban en voz baja: “mira, es Popeye, el que pinta la isla”.

  No recordaba cuándo empezó a pintar ni de dónde surgió su amor por esta afición, aunque fue después de haber llegado por sorpresa a la isla. Desde hacía mucho tiempo, sólo miraba hacia adelante, pensando qué pintaría mañana, cómo decoraría nuevas cosas, de qué manera plasmaría sus dibujos.

  En distintas ocasiones le ofrecieron enormes cantidades de dinero por trasladarse a otros lugares del mundo para que los pintara. Pero Iván sabía que aquella isla le había devuelto la vida y que en ella, la terminaría. Las tentadoras ofertas no conseguirían arrancarle de este rinconcito y quienes le escuchaban rechazar jugosas cifras, no comprendían esa cerrazón, su negativa permanente, privándose de una vida posiblemente, llena de éxitos y con mayores perspectivas.

  Iván no se dejaba seducir por lo que muchos, lo habrían dejado todo. Tenía lo que nunca habría imaginado: le querían, le admiraban y sobre todo, se levantaba cada mañana convencido de que el cielo le regalaba un nuevo día.

  Cada mañana desayunaba con Ramón en la terraza de un bar que él mismo había decorado con sus pinceles. Sentía que todo su ser estaba repartido por todos los puntos de la isla. No quería nada más.

  Nadie podía imaginar que alguien que derrama tanta belleza, escondiera en sus manos algo oscuro.

 Rosa había tenido mucho que ver en lo que hoy era su vida porque supo cómo sacar lo mejor de sí mismo, aunque Iván nunca creyó tener algo que enseñar a los demás.

  Desde que la conoció, soñó con quedarse y amanecer  siempre a su lado. Si lo primero que veía al despertar era el cielo, los ojos azules de Rosa, le confirmaban que tenía que seguir agradeciendo que un día, un barco le trajera medio muerto a esta isla. Se encontraba rodeado de azul en una prisión de agua de la que no quería escapar. En ocasiones, sentía remordimientos por rodearse de tanta felicidad. En el fondo, no sabía si se la merecía.

  Había tratado esta cuestión cientos de veces con Ramón. Su amigo, le insistía siempre que no tenía que mortificarse si la vida le había regalado una segunda oportunidad. No se cansaba de repetirle que era un privilegiado y que la obligación de disfrutarla .

  Como Ramón, Rosa le pedía que no pensara tanto porque la segunda oportunidad de Iván, había sido otra para ella. Su llegada fue el mejor regalo que nadie pudiera haberle hecho nunca.

   Pero Iván temía que su dicha terminara algún día. Le perseguía la sensación de que el pasado aparecería por sorpresa. Y eso, ocurrió una mañana cualquiera.

  Ramón lo supo enseguida, cuando le vio entrar en su casa con la mirada desencajada, llena de espanto.

-Le he visto Ramón y estoy seguro de que me ha reconocido. Iván se derrumbó en el sofá mientras se tapaba la cara con ambas manos.

-¿Te ha dicho algo?

-No. Eso es lo peor. Sólo me ha mirado, contestó Iván.

-Después de tantos años, es difícil que te haya reconocido.

  Ni el propio Ramón lo creía, pero era necesario calmarle dentro de lo posible.

-¿Y ahora qué hago? ¿Me escondo? ¿Me voy de la isla y vuelvo a empezar? Ya no podría hacerlo Ramón, no puedo regresar, no puedo ni quiero obligar a Rosa a que pague mi pasado. Ella es inocente de todos mis errores.

-Lo sé, lo sé, decía Ramón, intentando serenarle, pero desconocía cuál era la respuesta adecuada.

  Cuando intentó acercarse,  Iván se levantó bruscamente del sofá y salió de su casa como una exhalación. Corrió pero fue imposible alcanzarle. Ramón temía no volver a verle. Sabía que Iván había tomado decisiones importantes en su vida y existía la posibilidad de que acabara de tomar otra.

  De repente sintió miedo por Rosa. La encontró acunándose en su mecedora mientras cosía. Se sorprendió de verle a esas horas, cuando ya comenzaba sus sesiones de vuelo. Sólo con verle sabía que algo grave ocurría. De hecho, Ramón casi no tuvo que explicarle nada.

  Mientras tanto, la isla seguía con su rutina habitual. Los bares, sobre todo los más cercanos a la playa, empezaban a abarrotarse con la caída de la tarde, cuando la brisa permitía rebajar el calor que durante la mañana azuzaba la piel.

  En unos de esos bares, un hombre que pretendía pasar desapercibido, conseguía el efecto contrario. Su rostro serio le convertían en la nota disonante del ambiente. Tomaba whisky con hielo. Sus ojos se refugiaban tras el color negro de las gafas. Parecía una imagen de piedra apoyado en la barra mientras la música sonaba de fondo y el resto de veraneantes disfrutaba de la vista que ofrecía el mar con sus barcos llenos de colores. Observaba sin descanso a la gente: unos se divertían con su charla, otros se dejaban llevar por los sones cubanos que flotaban en el local.

  El extraño bebía de forma pausada, paladeando cada trago, lo mismo que las caladas del cigarrillo rubio que acababa de encender.

 Su rostro cambió de expresión cuando Ramón entró en el bar. Se adivinaba su mirada directa, fija, pese la barrera de las gafas de sol. No le perdía de vista pese al gentío que se apelotonaba en el bar.

  Ahora era Ramón el que se disponía a tomar algo. Necesitaba aliviar su garganta y aún más, el nudo que la atravesaba.

-Teo, ponme un ron, le dijo al camarero con familiaridad.

-No me lo puedo creer. Tú, pidiendo alcohol. ¿Dónde has dejado tus refrescos de siempre?

- ¿Qué pasa, no puede uno tomarse algo tranquilo sin contestar a un interrogatorio?

-Tranquilo, hombre, tranquilo. Tardo menos que un suspiro en ponerte esa copa, aseveró Teo, convencido de que a su amigo no le pasaba nada bueno. También sabía que era mejor no preguntarle. Ramón era educado, correcto, pero ante todo, un solitario al que todos respetaban. Quienes le conocían, sabían que nació y creció en la isla, y que ella, era toda su vida. Con su negocio había hecho las delicias de todos los que habían sobrevolado en su pequeña avioneta. Pero no sólo era una manera de ganarse la vida. Amaba su trabajo y admiraba a todas aquellas personas que como él, hacían de la isla de colores, una forma particular de vida.

  Con la mirada baja y concentrado en su vaso, no se percató de la cercana presencia del hombre de gafas oscuras. Se sentó a su lado y sin más, se dirigió a Ramón.

-¿Que tal está Iván?

  Ramón salió de sus pensamientos. Le desagradó el aspecto del individuo.

-Perdón, ¿cómo dice?, preguntó Ramón, sin dejar de mirarle.

-Le preguntaba por mi amigo Iván.

  Ramón conocía a todos los amigos de Iván y desde luego, el tipo que estaba a su lado, no era conocido y ni mucho menos, amigo de Iván.

  Se tomó su tiempo para continuar una conversación que le estaba resultando molesta.

-Perdón. No sé si tengo el gusto de conocerle.

-Lo dudo mucho. Es la primera vez que visito esta parte del mundo y por cierto, no sabe usted lo que me ha costado encontrarla.

  De nuevo se produjo otro largo silencio. El visitante no estaba por la labor de dar demasiadas pistas. Ramón estaba perdiendo la paciencia y no tenía un día para soportar a nadie. Y menos, a un extraño al que no tenía obligación de explicarle nada.

-¿Me va a decir su nombre o tardará toda la noche,

caballero?, le preguntó Ramón con brusquedad.

  Su interlocutor dio un respingo.

-Mi nombre es Julio Andral y no pretendía molestarle. De hecho, no voy a importunarle más.

  Dicho y hecho. Se ajustó sus gafas, retiró los brazos de la barra, dejó el dinero de su copa y se marchó sin decir ni una palabra más.

  Ramón se quedó boquiabierto viendo al forastero abandonando el local, pero volvió a su silencio, ordenando ideas, bebiendo su copa, recordando el día en el que encontró malherido y deshidratado, a un joven tumbado en la arena, prácticamente desnudo. Intentó escapar pero a su cuerpo no le quedaban fuerzas después de haber viajado como polizón en un barco durante más de una semana. Un barco cualquiera que le alejó de su vida. Necesitaba escapar aunque no quisiera. Era tan sólo lo que debía hacer para salvarse. Su madre le obligó aunque con su marcha, se llevara parte de su corazón. No era lógico que pagara las consecuencias de una vida fracasada, junto a un hombre que se empeñó en buscar refugio tras una botella y que siempre contaba en su casa con una mujer y tres hijos sobre los que descargar la furia que le hacía acumular el alcohol.

  Un día como otro cualquiera, Iván supo que ya no pondría la mano encima a su madre, que no iba a seguir torturando a su familia. No lo pensó, no trazó planes, sólo ocurrió. Ella siempre temió que llegara este desenlace, pero sólo pensó en salvar a su hijo. Aunque nunca más tuviera la oportunidad de abrazarle.

Ramón estaba tan concentrado en sus pensamientos que se asustó cuando le pareció oír la voz de Teo.

-¿Qué te pasa?,  Ramón, estás llorando.

  No se había dado cuenta de nada. Su mente se había

perdido durante más de una hora sin percatarse de que las lágrimas estaban a punto de caer en su copa.

-No te preocupes Teo. De verdad. No es nada, no es nada, insistió avergonzado.

-¿De verdad? Es que esta tarde estás muy raro. Por cierto, ¿de qué conocías al tipo con el que hablabas antes?.

-De nada. Se ha acercado a preguntarme por Iván, como si le conociera de siempre y yo no le había visto en mi vida.

-Qué extraño. También me ha preguntado por él.

- ¿Sí? Y… ¿qué quería saber?

- Pues parece que lo sabía todo: me dijo que hacía muchos años que no veía a Iván y que quería darle una sorpresa. Por eso me preguntó dónde vivía.

  A Ramón le entró de golpe un escalofrío por la espalda. Dejó con la palabra en la boca a Teo y se abalanzó hacia la puerta con la inútil esperanza de que el extraño estuviera aún a su alcance.

  Caminó deprisa, pero ya no pudo evitar que el desconocido le hubiera contado a Rosa los motivos de su visita a la isla. Le había abierto la puerta, confiada. Le dijo que tenía importantes noticias para Iván y Rosa pensó en un nuevo encargo de trabajo.

  No le había engañado. Desde luego, eran noticias importantes, pero venían del pasado que siempre pretendía olvidar.

  Rosa no sintió miedo. No le parecía el personaje siniestro del que tantas veces le habló Iván. Escuchó atentamente al inspector Arnal. Después de treinta años volvía a reencontrarse con el que fue uno de sus casos más desesperantes. El de un joven que mató a su padre. Un joven sin antecedentes, del que nadie se explicaba su actitud. Ahora, con el tiempo libre que le dejaba la jubilación, pudo entender su historia y la de su familia. Le buscaba su madre, la madre del que entonces era un joven con todo el futuro por delante.

  Quería enviar a su hijo una última carta antes de morir. Pero no sabía dónde mandarla. Nadie mejor que el inspector Arnal, podía ayudarla.

  Rosa tomó aquel trozo de papel sin poder disimular un leve temblor en sus manos.

“Cariño, sé que estás bien y que esa isla está llena de colores gracias a ti. Sabía que harías algo grande, algo muy bonito y que la felicidad te esperaba en algún sitio. No importa que esté lejos y que no podamos vernos. Sólo debes pensar en el mañana. No le guardes rencor al inspector porque al final lo ha entendido todo. No le culpes de tu marcha. El estaba haciendo su trabajo. Debía cumplir con su obligación. Como tú.

Siempre supe que debías marcharte. Era lo mejor aunque nos     haya causado dolor a ambos. Pero es ahora, cuando tengo la absoluta seguridad de que mereció la pena y de que nunca una madre, tuvo un hijo mejor.

                                                             TE QUIERO





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