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"La tierra inédita" relato de Ramón Sanchis


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09/02/2015


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Se alisó la voz, y miró de reojo a su interlocutor, con aquel desdén e indiferencia que marcaba aún más el estrabismo de uno de sus ojos… Acto seguido, sacó de entre unos rollos lacrados un viejo pergamino de cuidados colores que trazaba rutas imposibles en la mar, y lo desplegó sobre la mesa.


—Los puntos marcados en rojo son las columnas de Herakles, al sur de Iberia —dijo Jalaf pausadamente, señalando el mapa con el stilum—. Mas allá de ellas se extiende la mar océana, y en sus confines se halla una “tierra inédita”, como de seguro conocerá tan experto marino como vos.

Aquel tono de voz exasperó al procónsul Marius, pues ambos sabían que como buen dálmata era de tierra adentro. Se incorporó lentamente del triclinium, apurando su crátera con parsimonia. Era lo acostumbrado —se dijo. Siempre que tenía que hablar con Jalaf, el cartógrafo, debía revestirse de una paciencia infinita. Y tal como sospechaba, comenzó a sudar su frente, como siempre que se ponía nervioso. “Le sobran ínfulas al hispano”, pensó. “Una temporada en galeras tal vez pudiera enderezarlo, pero le dieron ya demasiada cuerda”. No obstante, retuvo sus pensamientos y se atrevió a preguntarle al cartógrafo.

— ¿Tu crees que el gran mar con sus peligros es un juego que merezca la pérdida de nuestro tiempo y la del monarca?

Pero Jalaf no podía consentir que aquella expedición se valorara tan sólo como un juego. “Estaba claro —pensó— que aquel era un ser incapaz de aconsejar bien ni a su propia sombra, pero la vida reparte prebendas a quienes se muestran dóciles, por muy ineptos que sean”. Ante los ojos del procónsul posiblemente estaba la única cartografía disponible para alcanzar las Hespérides, aquellas desconocidas islas que supuestamente se hallaban en mitad del gran mar, al oeste de Iberia. Así pues, el cartógrafo intentó que el procónsul valorara aquellos mapas en su justa medida.

—Tan solo me limito a informaros de lo que hemos atesorado durante años de estudio. ¿No es la información lo que tan afanosamente buscáis siempre? ¿No es la información sinónimo de poder?

Pero el procónsul no atisbó el alcance de la envenenada afirmación, y tan sólo arqueó las cejas pensativo.

—Mi único afán fue siempre el de poder asesorar bien al emperador.

Ciertamente, el procónsul solía estar más preocupado de filtrar las absurdas peticiones de tantos al emperador que de entenderlas. “Todos quieren medrar con cualquier pretexto”, pensaba, y en la mayoría de los casos no le faltaba razón.

—Vos sois un hombre inteligente —insinuó Jalaf con mano izquierda—, por ello gozáis de la confianza de Marco Aurelio. El mundo precisa ampliar sus horizontes…

Pero el procónsul Marius sabía también que el emperador estaba suficientemente ocupado en sus luchas contra los partos. ¿Qué otro interés podía ofrecernos aquel vago periplo? Se ajustó el cinturón, aunque esta era una operación harto difícil cuando las carnes no se meten en cintura, y se secó una vez más la frente y la papada con disimulo…en una sacrificada cortina de seda. Después, con aire categórico afirmó:

—No hay instrumentos fiables que permitan fijar con exactitud la posición de las naves en alta mar sin avistar la costa.

Pero Jalaf, como buen aventurero, era obstinado, y repitió de nuevo su estribillo:

—El mundo precisa ampliar sus horizontes… y también sus riquezas. El emperador sabrá discernir la importancia de estas cartas de marear (*)… ¿O no le juzgáis inteligente para ello?

Jalaf lanzó aquella pregunta al aire sin esperar respuesta….aunque Marius ensayara una explicación…

—El emperador se halla muy ocupado con el buen gobierno del estado —replicó el político—. Y mi lealtad lo defiende de distracciones inútiles.

Sí, ciertamente el procónsul era leal, e incluso idolatraba al monarca. Hubiera dado la vida por defenderlo, aunque lo hacía con un celo excesivo, como un perro de presa. Pero Jalaf disponía de un bien preciado que no podía frenarse ante tan absurdo cancerbero…ante tan encubierto afán por el poder.

—Debe trasmitirse al emperador la necesidad de aventurarse en el mar occidental, cuanto antes. Dejad que exprese mis conocimientos al emperador —aunque bien sabía Jalaf que su pregunta era un ruego inútil.

—Yo decidiré lo que deba hacerse, —replicó el procónsul—, pues tal es la voluntad de Marco Aurelio.

Aquellos pergaminos todavía conservaban en parte los antiguos sellos del registro, y sobre ellos, Jalaf había ordenado a sus ayudantes que dibujaran los últimos avances, con las noticias recabadas de arriesgados marinos…Grupos de islotes jalonaban las derrotas (**) que habrían de seguir los barcos. Los rumbos y los estadios de su trayecto se reflejaban sobre las tenues líneas… Amaba tanto aquellos dibujos, que cada línea, cada islote era para él como un hijo alumbrado con dificultades sin cuento, como una perla guardada por el destino en mitad del océano. Finalmente dijo suplicante:

—Estas cartas son únicas… y ¡podrían caer en manos de otros reinos!

El procónsul Marius, ejercitado en la desconfianza, sintió en aquellas palabras una posible amenaza y se quedó pensativo… Haciendo presa con una mano en su toga de ribetes dorados, se inclinó sobre el mapa, y echó una ojeada a los miniaturados detalles de aquel desconocido universo…

—Tal vez tengáis razón, mi buen cartógrafo —dijo el procónsul—, nada puede quedar sometido al acaso. No podemos dejar nada en el tintero… ¡Las riquezas que guardan esos lugares enigmáticos deben ser romanas!

Jalaf, que tanto odiaba a aquel político venido a más, observaba con cautela cada gesto del taimado personaje, imaginando sus impresiones al contemplar los mapas, y tratando de adelantarse a cualquier jugada posible. Aunque al fin, por un momento le pareció que un destello de luz aleteaba en el fondo de los inasequibles ojos del procónsul, y que, tal vez, podría vencerle en la batalla personal que libraban desde antaño… Entretanto, Marius, el detestable procónsul, aparentemente distraído, observaba la silueta de Jalaf, tejida por el pábilo de las antorchas sobre la superficie brillante de los mapas.

Fue entonces cuando, como si se tratase de un fortuito descuido, la torpe mano del político tropezó con el cuenco de tinta para los estilos, y una delgada lámina negra cubrió de repente las azuladas dimensiones y las anheladas tierras, como un inmenso olvido que se extendía sin pausa.., engullendo incluso la propia imagen de Jalaf.                                                                                                

(*) cartas de marear: cartas de navegación

(**) derrotas: los rumbos









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