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Entrevista al escritor Víctor del Árbol


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11/11/2014


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Víctor del Árbol es de Barcelona. En su última oferta literaria encontramos “Un millón de gotas” aunque cuenta con otras novelas, en las que no faltan ramilletes de personajes muy trabajados, que arañan el alma del lector en muchas ocasiones y tramas intensas que el autor maneja con gran pericia para no dejar descansar al espectador de sus páginas.Entrevista concedida a ELD.


¿Qué diferencia a los escritores frente a otros campos humanísticos?

Cualquier forma de arte es, en mi opinión, la expresión subjetiva del artista frente a la realidad, sea esta tangible o intangible. El escritor no es distinto: mira y ve, y lo que ve lo traslada a la palabra. Cuanto más profunda sea su mirada, más desvelará.

¿Decide escribir novelas o no puede evitarlo?

No escribo solo novelas. Pero es cierto que en la narrativa y en la estructura de la novela encuentro el modo de darle coherencia a mis pensamientos, dudas, impresiones. Lo que no puedo evitar es escribir. Escribir es una manera de hurgar con las dos manos en lo más profundo de un pensamiento que, por desgracia, nunca llega intacto al papel. En cierto modo, escribir para mí es una fórmula ideal para ir a lugares desconocidos, y aún insospechados. Es una manera de explorar, más que de explicar.

¿Tiene modelos y/o maestros?

Existen autores que han alcanzado una maestría increíble en determinados aspectos que me interesan. Por ejemplo, diría que Tólstoi es el maestro de las tramas, Hemingway era un dialoguista excepcional, Rulfo el paradigma de la sencillez convertida en exactitud…Pero mi referente, por su mundo interior y su reflexión será siempre Albert Camus.

¿Cuánto tiene de lector un escritor? ¿Nos recomendaría alguna novela que considere imprescindible o que sea un “delito” no haber leído?

En mi caso, al menos, es imposible disociar el amor por la lectura de la pasión por la escritura. Leer, no significa aquí acumular páginas ni títulos o buscar formas de mímesis. Significa reflexionar sobre lo que otros ya han dicho, empujarte a la propia reflexión, abrir puertas para explorar caminos ignotos. Tal vez quien me abrió ese camino fue Herman Hesse con “El lobo estepario” Una novela que cualquiera que desee adentrarse en el laberinto del ser humano debería releer en distintas épocas de la vida.

Con “Un millón de gotas” nos ha conquistado, pero tiene currículum de sobra para que le hubiéramos disfrutado antes en España. ¿Tiene alguna explicación?

No la tengo. Como escritor intento evolucionar para estar en condiciones de dar respuestas cada vez más cercanas a las dudas que me planteo. Tal vez sea una cuestión de contenidos, o de estilo estilístico. Creo que mis historias plantean incómodas exigencias y que su lectura tiene consecuencias que van más allá de la mera lectura. Los tiempos quizá van en otra dirección. En cualquier caso, no debe uno renunciar a lo que es. No puedo conformarme con una literatura aparente, ni me sirve el simple estilismo. Es bueno ir hacia los otros sin perder la perspectiva de lo que a uno lo hacer ser quien es. No podemos complacer siempre a otros, si con ello vamos en contra del propio yo. A la larga, creo que los lectores reconocen eso. Lo que aún no es, bien podrá ser algún día.

¿Cuáles son sus rituales a la hora de escribir si es que lo tiene?

Disfrutar con cada página, no tener prisa, no perder de vista porqué escribo lo que escribo. No conformarme con menos de lo que pueda ofrecer. En lo práctico: escribir a mano los borradores, fumar demasiado y escapar de los lugares cerrados. También cumplo una promesa. El primer ejemplar que recibo lo dejo con una dedicatoria anónima en la gruta de Montserrat.

¿Cuánta capacidad de maniobra le deja a sus personajes o les lleva usted de su mano cuando escribe?

Concibo para ellos un universo determinado, una vida concreta en todas sus facetas, los acompaño de la mano; les permito que expresen su personalidad, a veces su disconformidad con el narrador. Pero tienen un objetivo simbólico y lo cumplen.

¿Por qué hace sufrir tanto a sus personajes? Gracias a una de sus entrevistas hemos sabido que en Francia le llaman “el escritor del dolor”. Suena terrible ¿no?

El dolor tiene una gran fuerza creativa, y tomo este como premisa para el surgimiento del instinto de supervivencia y para la comprensión de lo importante que es vivir. El dolor de los personajes recuerda que nada nos es dado, que todo debe ser peleado. Viven el instante de la derrota personal, la soportan, y logran prevalecer sobre ella. Dicho esto, lo acuoso, lo anecdótico y lo evidente me parece trivial. No me interesa per se el dolor, sino lo que se opone por contradicción: un universo en paralelo de goce, de dicha, de felicidad tan efímera pero tan real como  aquel. No creo en la amargura ni en la resignación como espacio para vivir. Lo que me interesa es esa dicotomía hasta la muerte, que es el único argumento irrefutable. No morir, sino cómo se vive. La libertad, el amor, la lealtad.

Transcribo algunas de sus frases en diferentes entrevistas: “No me atraen los psicópatas, me inquieta la maldad del día a día”, “Cuando escribo, vivo”, “He sentido curiosidad innata por las puertas entornadas”, “Soy mejor persona desde que escribo”, “Se me pierden cosas en el camino entre la cabeza y la mano”… ¿Se reconoce en ellas, le definen más como escritor o como persona?

Tengo algunas ideas claras, y una de ellas es que no solo quiero vivir sino entender la vida (menuda arrogancia ¿verdad?). Creo que eso se refleja en mi escritura.

¿Cuánto tiene de terapia la escritura?

No creo demasiado en la escritura como modo de ajustar cuentas con nadie, y mucho menos con uno mismo. Cierto que mis escritos parten de mí, se alimentan de mí. Pero en algún momento el escritor necesita dejar atrás el hecho biográfico para convertirse en artista. Y el arte, por definición tiene vocación universal. Tal vez, la propia dinámica del escritor cambia cuando deja de plantear preguntas y empieza a proponer respuestas.

¿Su carrera literaria tiene fechas clave que le han marcado a lo largo del camino?

Guardo momentos de una felicidad extraordinaria, como cuando me llamaron para comunicarme que había ganado el premio Tiflos, o el momento de soledad tras recibir el premio a la mejor novela negra europea de le Point. Otros, más alejados me retrotraen a instantes de quietud en una biblioteca en mi niñez, o cuando alguien muy querido leyó mi primera novela acabada y me miró de un modo muy especial.

Nos gustaría conocer su opinión sobre las agencias literarias y las editoriales. ¿Son esos “demonios” que esclavizan al escritor o “males” necesarios?

El escritor forma parte de este engranaje que no controla, y en el que no siempre es la pieza más importante, pese a lo que se diga. Siendo necesarios los agentes y las editoriales, más lo es que el escritor tome conciencia de su importancia y se respete a sí mismo para hacerse respetar. Tal vez la suerte tiene algo que ver con las personas que elegimos para acompañarnos, a saber un agente que no sea un mero gestor de derechos sino un buen consejero y un editor que no se limite a formular un producto sino a compartir una pasión por lo que el escritor escribe.

¿Es un escritor de su tiempo o comprometido con su tiempo?

Cualquiera que formula un mensaje está comprometido con lo escrito como autor. Yo no soy una excepción. Mi compromiso tiene que ver con la observación de mi tiempo, con la expresión de opiniones como ciudadano. Pero sobre todo mi compromiso es para con la literatura, porque creo firmemente que la palabra todavía es muy poderosa. Y al final, te das cuenta de que ese compromiso te lleva al compromiso con el ser humano.

¿Qué cree que aporta al espectro literario su forma de escribir? ¿Sería capaz de definirla?

No tengo un verdadero juicio sobre mí, y espero no convertirme en un erudito de mí mismo como escritor. Tengo intuiciones, pero la intuición no es fundamento crítico. Tengo una voz muy propia. Mi aportación, si existe, vendrá de ella y será el tiempo quien diga en qué consistió. Sé que hay dos condicionantes fundamentales en mi escritura: la psicología de los personajes, el enfrentamiento de lo individual del hombre contra la mecánica de las sociedades y el tratamiento del tiempo como elemento que no existe.

Un consejo por favor, para quienes se arrancan en esto de escribir.

No pienses que escribir es sentarte a juntar imágenes, olvídate de lo que otros hacen o hicieron. Busca en tu corazón silencio. Y escúchalo. Y cuando estés seguro, bucea sin miedo en lo que deseas decir y dilo.

Según Víctor del Árbol, ¿cuáles son los indicadores que dicen a los principiantes que es mejor abandonar y dedicarse a otra cosa? 

Solo existe en mi opinión un indicador válido. ¿Qué pasaría si, sencillamente, dejases de escribir? Si la respuesta es “nada” ya tienes tu respuesta.





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