La ternura en Murillo

Pintor de Vírgenes, de escenas cotidianas, de niños, de la infancia…, Murillo ha permanecido a través de la historia como el pintor de lo tierno y de la ternura, de lo animado, de aquello que capta la simpatía del espectador. Y así lo veremos en este artículo, como el lector podrá comprobar.

 

. Y así lo veremos en este artículo, como el lector podrá comprobar.
 

Es fundamental en la obra de Bartolomé Esteban Murillo citar la religión a la hora de acercarnos a sus pinturas más tiernas y familiares; sobre todo por la presencia del Niño, por las escenas fraternales con San Juan, por su dedicación a la Virgen y por la representación continua de ángeles y querubines (a menudo anecdóticos). La infancia se retrata en cuadros religiosos como La Virgen del Rosario con el Niño (1650-1655) del Museo del Prado. En él, la Virgen envuelta entre penumbras tenebristas muy propias del barroco sostiene con dulzura a un niño desnudo entre sus brazos, con un abrazo casi maternal, que nada más podría hacernos pensar sino que nos encontramos ante el verdadero amor de una madre. Otro de sus cuadros más tiernos es Nacimiento de la Virgen (1660) en el que, entre los detalles más prolijos, encontramos a un ángel jugando con un perrito o a unos querubines (en la parte superior) que contemplan la escena y son testigos del nacimiento con su adoración celestial. El tenebrismo y la oscuridad son bien patentes en esta pintura, que capta con delicada dulzura a la Virgen entre pañales y rodeada de mujeres que la sostienen y miman.

De entre las más conocidas obras de su pintura (también del Museo del Prado), nos topamos con Los niños de la concha (1670). Como es típico en la imaginería pictórica, se ha representado con holgura a San Juan bebiendo de una concha que le ha ofrecido Jesús, y que se culmina con la presencia de un simpático borrego que demuestra la profesión de San Juan y que a la vez capta el interés y devoción del espectador. Sin lugar a dudas, el público percibe en esta pintura cierta afinidad con lo representado, cierta afición hacia esta escena infantil, desdibujada en el trazo y encarnada mediante formas rollizas, agradables aun en su humildad.

Para proseguir con la ternura en el pintor sevillano, hablaremos a continuación de las escenas cotidianas con niños. Un buen ejemplo de éstas son la Joven frutera (1670-1675), la Muchacha con flores (1670-1675), Niño con perro (1660) y el conocidísimo Niños comiendo uvas y melón en el cual un par de infantes, harapientos y sucios, pobres y desvalidos, nos muestran con agrado la miseria, y con una alegría inusitada, pese a su tema. Bien patente es que el asunto de la pobreza, de las penurias de las gentes necesitadas y los pillos infantiles se recrea en el hacer de Murillo de tal manera, que los hambrientos y desventurados nos parecen felices y contentos de serlo. Sus ropas raídas, que nos descubren su desnudez, sus pies descalzos y ennegrecidos y sus zapatos rotos no exteriorizan, no obstante, tristeza, sino optimismo.

Como buen maestro del barroco que era, Murillo supo captar las escenas comunes, cotidianas, sencillas, con una naturalidad y detallismo sorprendentes. Aunque lo que más nos atrapa, pese a lo desagradable de algunos asuntos, es la ternura con que éstos fueron tratados, una ternura que nadie ha logrado representar con tanta dedicación.

UNETE



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