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A orillas del Sena


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02/08/2014


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A lo lejos y en definitiva observaba el tiempo, el aire lento cubría mi espacio. Lucas me acompañaba. Me lo topé no sé en qué año de mi trajinar constante. No era, digámoslo así, un tipo valiente. Paseaba por cualquier rumbo a ninguna parte. Búscate un golpe certero para permanecer cautivo, en pie y alerta, le decía desde antaño. Sólo se dedicó a seguir mis pasos. Terminé agarrándole aprecio a fuerza de verle su cara entre tantos escenarios y rutinas compartidas. En un jalón de aire puedes perderte en infinidad de actos cometidos en los ayeres. Lucas me increpaba con vehemencia: Larguémonos de aquí,  ¡Vayámonos de putas! ¡Esta soledad apesta! Como siempre, como antes.


Antes para mí ya no era emocionante. Ellas, las queridas putas, habían cumplido su misión conmigo con creces… Nada me debían. Sus delicadas y auténticas atenciones con sus propias indiferencias ya habían compenetrado mi espíritu por completo. Sin embargo, Lucas sufría. Su miseria parecía que no tenía fin. Prisionero de su carácter soportaba su existencia a su manera. Aires de desesperanza respirábamos. El insistía, yo le miraba con familiaridad.

-¡Vayamos pues!-  Comenté.

Sus ojos brillaron; estiró el esqueleto y se dispuso a partir.

-Conozco un sitio- comentó.

Nos enfilamos a Montmartre. Por doquier nos miraban con interés genuino por arrancarnos nuestros euros envueltos entre el deseo, las prostitutas que allí esperaban. Mi amigo se quería abalanzar a todas sin reservarse pudor alguno. Sin embargo, seguía a paso firme. Llegamos al “San Souci”, un bar nada suntuoso donde se percibía un aroma represivo. Al ingresar miré rostros hambrientos, caras fijas, ojos perdidos, como los de mi acompañante. Tan sólo llegó, se dirigió a una morena bien entrada en carnes. Le gustaban las maduras. Se olvidó de mí, mejor para mí. Me escurrí de allí a caminar entre los recuerdos bohemios de aquel barrio. Rodeé la basílica de Sacre Coeur, deambulé a un lado de sus panteones, donde yacen varios huesos de artistas de época. Seguí hacia Clichy, pasé por un bistro, me bebí un café. Recordaba, esperaba, observaba. Paseante seguí hacia Saint Germain Des Pres, allí aprecié un poco el arte decorativo y su minucioso cuidado en los detalles de la estética urbana. Me vino a la mente Catherine, una canadiense de ojos azules, profundos, brillantes. Pudimos habernos perdido entre los paisajes de Montreal bajo sus sábanas inquietantes. “Vayamos a mi país, yo te mantengo, cariño. Allí podrás seguir soñando en tus ideas. Eres un hombre hecho para las artes o el estudio”- Me decía con sinceras intenciones. A fuerza de besos, arrumacos y encuentros embonamos de maravilla. Pero yo era un tanto hosco y disperso. Cierto que le quise, a mi modo, más no era el hombre idóneo para ella. En sí no era un hombre idóneo para nadie.

La juventud intentaba seguir atrapando mi atención aun cuando mi cuerpo ya estaba maduro. La belleza juvenil no tiene comparación. Nacer y morir, juventud y vejez.

El día y la noche. Amaba los límites, los puntos medios me producían bostezo. Yo estaba estancado a mitad de camino. París me tendía una mano pero a la par sentía que me daba una patada en el culo. Lucas ya debía  estar galopando en sus anhelos oscuros, genuinos. Catherine seguro que estaría caminando por algún parque tomada de la mano de algún tipo. Yo seguía andando cuesta arriba en el desierto de mi furia por acabarme un mundo que intentaba vencerme poco a poco. Me aferraba al amanecer para no perderme en la noche, en definitiva. El paralelismo de este tiempo invade la atmósfera por completo. Intentaba burlarle y escapar de su rutina. Somos predecibles como raza. Nos mareamos un poco para seguir en el piso dando pasos hacia distintos caminos mientras nos cae el destino sin preparar la despedida.

Salí del barrio franco alemán con memorias frescas de mi pasado. De vez en cuando me adentraba al Louvre a repasar las obras expuestas. Arte de distintas manos, temporadas sociales variopintas se mezclaban en ese gran recinto. Embobados todos los paseantes se quedaban mirando cada lienzo. Pareciese que buscaban algo en aquellos cuadros. Al cabo de un par de horas, tal vez más, salía asqueado del museo. No me conformaba ya con nada. Cuando mucho me ilusionaba al recordar una aventura amorosa que mantuve con una chica africana. El ambiente citadino me era ya indiferente. Catherine tenía razón. Ya soñaba a estas alturas con visiones proféticas, nuevos mundos por descubrir, historias jamás contadas que encendieran corazones marchitos. El amor lo veía como un refugio para los pobres diablos que no se atrevían a desnudar sus miedos. Mi instinto animal me dominaba. Quería despedazar valores, cambiar las reglas y convencionalismos sociales para liberarme por completo. Tomarnos los unos a los otros sin el peso del significado del amor. Desear un poco menos los clichés melosos, dar paso a los instintos carnales sinceros, aquellos en los que el placer marca el ritmo y melodía. Edith fue la que más compaginó con mi creencia salvaje. Íbamos camino al éxtasis. Sin decirnos un “te amo” nos brindamos completitos. Bastaron unos meses para que ella se metiera al aro de la rutina humana. Me dejó para procrear un hijo.

-Contigo no me veo envejeciendo -acusó con frialdad genuina.

Amaba su crudeza. Es más deseable y elegante la honestidad que la mentira. Yo veía en los arrebatos y los caudales desbordados existenciales la razón de vida, el motivo para estar despierto, luchando. Me excitaban los remolinos, las frescas palabras escupidas al calor de la emoción. Edith me entendía; sin embargo, también su genética de reproducción rugía con ganas.

En este mundo sobre poblado es seguro que la raza no se extinguirá. Por el contrario, el globo se pandea a cada tanto sin poder escupirnos con violencia. Esta tierra por derecho propio hace siglos que tendría que hacer valer su lugar. Por más que le apretamos el cuello sigue allí, lacerada, abandonada a su suerte, subyugada a nuestra estirpe.

Al final Edith fue por lo suyo. Cosa natural. Yo seguía siendo un salvaje condenado a la búsqueda de la emoción extrema. Al menos no devoraba el polvo, procuraba hacer el menor ruido posible. No era un vividor de pies a cabeza.

Esperé a que Lucas llegara. Ya veía en él sus ojos llenos de lujuria. En vez de quedar saciado de aquel burdel, cada tanto salía peor de como entraba. Siempre nos encontrábamos cerca del Louvre o en Champs Elysees. Como escena repetitiva me decía: ¡Vayámonos de putas!- Yo lo dejaba y me perdía. Teníamos bien montado el numerito:

-Esta morena ha sido la locura- Exclamaba más que excitado contándome lo que salía de su trompa.

-No deseo detalles – le respondía.

-¡Cómo quieras!

Yo esperaba , intentaba encontrar una manera de despertar el caudal interno que hace ya tantos meses no sentía desbordarse, corriendo por mis venas. Miraba el panorama esperando una respuesta, anhelando una señal para emprender el golpe, el porrazo. Quieto lucia París, sus puentes, sus embarcaciones discretas. Lucas encendió un cigarrillo, se perdió entre alguna calle. Caminé hacia cualquier parte buscando un poco de cachondeo. Miré la pelea de un par de chicos, escuche reclamos. Por allí, tirado, un borracho dormía. Adornaba el paisaje. Me pasé a comer un bocado en un bar en Saint Michel.

La chica que atendía me gustaba. Tenía garbo, encanto. Cada que me servía el plato le susurraba dos que tres palabras bien directas anhelando que torciera el brazo, que sucumbiera ante mi cuerpo. Ya era tan habitual mi coqueteo que reía. Yo no perdía la esperanza. Si lo hiciera quedaría quieto, estático, pasivo , tranquilo… listo para llegar al fondo de la nada, la que se lleva a su paso las memorias, los deseos, la fantasía, el gusto por seguir andando. Engullí el alimento. Habría que seguir hurgando. Asia, pensé. Allí debe haber algo gordo, grande. Me senté a orillas del Sena a planear mi próxima avanzada. Mis ojos brillaron por un momento. Les vi mirándome desde el río. Observe mi rostro, hacía mucho tiempo que no me afeitaba. Lucía desaliñado pero aun con esperanza. Me levanté y me enfile hacia el barrio latino. Allí me alquilaba un cuarto una bruja bien cabrona. Durante el trayecto comencé a planear la emboscada. Debía dar dos buenos sablazos para zarpar a tierras lejanas. Por ahora me sentía vivo, respiraba con holgura. El río comenzaba a ensordecer mi alma quieta.

Vía: http://culturacolectiva.com/orillas-del-sena/#sthash.6YUq16Po.dpuf

Etiquetas:   Escritores   ·   Cultura   ·   Cuentos   ·   Lectores
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