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La oscura noche del alma


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06/07/2014


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Más de diez rompimientos al hilo padecieron. Tan intensos y melindrosos, eran como los niños… De alguna manera seguían siendo un par de chavales de treinta y cinco años. Los vaivenes del amor no respetan edad, son atemporales. Coincidieron en una librería emblemática de la ciudad de México. Curiosamente se llamaba “El Péndulo”, como su tormento: lleno de pasión y locura, iba y venía de un lado a otro. El delirio los envolvió con gusto.






Ella, una mujer solitaria bien formada en carnes y en estudios buscaba un par de libros. Él, un tipo vividor bien recorrido en bares y bohemia perseguía un poco de sosiego afuera de su infierno personal. Coincidieron en aquel punto.





Con ojos hambrientos observaron sus pasiones mutuas contenidas. Se atraparon al momento. Los diálogos que se intercambiaron son fútiles, no vale la pena que te los exponga. Lo que verdaderamente impregnó su atmósfera fue ese deseo por poseerse al unísono, sin tapujo ni pudor alguno.





Salieron de allí dispuestos a perderse en la ocasión. Como pretexto se engulleron una ensalada en un restaurante de paso. Acompañaron la espera con unas copas de vino. Al cabo de un par de horas salieron a beber un buen trago de mezcal. Comprendían lo que venía, lo intuían, lo provocaban.





El hotel estaba a unas cuadras del bar. En el trayecto charlaron de la noche y sus peculiares arrebatos. Es en ella en la que desnudamos la mentira o la verdad sin maniqueísmo o poses absurdas; es la noche quien nos muestra que los ciclos son eternos, que la vida es un torbellino de emociones sin un guion establecido. Es la verdadera vida la que nos mueve sin sentido alguno cuando se está despierto, lo demás es miedo escondido tras la sombra del ego. Apuraron el paso. Abrieron la puerta de su nido. Ella se despojó de sus prendas. Él hizo lo propio. Comenzaron el ritual. Húmeda ella, atento él, se fundieron con ganas. El ímpetu era inusual. Gritos, jadeos, fuerza, docilidad, complicidad, todos los adjetivos que imagines se quedaron cortos ante aquella escena. Rendidos ante los hechos se enlazaron cuerpo a cuerpo. Durmieron a pierna suelta.





Los días subsecuentes se administraron coitos similares, candentes, amenos.





El cariño ni siquiera hizo acto de presencia. No era necesario. Con el sexo les bastaba y sobraba para sonreír. Convinieron compartir techo y sustento. Lo grandioso de este teatro se suscita cuando los actos se ejercen sin cobardía. Al diablo los prejuicios o deberes de una sociedad repleta de dogmas y predicamentos falaces. La acción inmediata es el ejercicio más pleno de la libertad. Desnudos de cabo a rabo se fundieron en la pasión fluida. Todo marchaba a las mil maravillas hasta que los demonios se hicieron presentes.





Celos, arrebatos, reclamos desbordaron la armonía lograda. Ella exigía, él ignoraba. Así pasaron un par de meses. Su romance tenía fecha de caducidad. Ella debía marcharse a su país de origen. Él, con la indiferencia producida ante la insistencia de la chica por formar un destino, la dejÓ partir. -Una aventura más-, se decía. No imaginaba la tormenta que se avecinaba.





Pasaron unos meses, tal vez tres o cuatro. El sufrimiento comenzó a hacer acto de presencia. La buscó por Internet, a la distancia. Le propuso toda clase de arrebatos de un hombre enloquecido. – ¡Te amo!  ¡Te necesito!.. Ella, atenta, seguía el juego. Había soportado su dolor propio al partir. Ahora el padecimiento estaba del lado del macho. Recibió propuestas desesperadas… Cásate conmigo,  ven a mi morada, revivamos los encuentros. Ella, educada, alimentaba la fantasía. Aún estaba impregnada de aquella pasión efímera. Nada ocurrió. La fémina estaba desde hacía meses en otro mundo, en otro espacio. Él, apañado a su martirio, quería regresar el tiempo. Otras mujeres acompañaron sus noches. Nada extraordinario aconteció. Ello provocaba que la deseara con demencia. Ahora la indiferencia que antaño el esparcía la recibía en automático. Desaliñado y bien desinflado soportaba la agonía.





Melindroso, orgulloso y expuesto, yacía rendido ante el destino, invencible y letal. Una noche, fastidiado de tragos, se enfiló hacia cualquier parte sin rumbo establecido. Se sentó en una banca de una avenida y lloró a moco tendido. Comprendió que se aferraba al pasado. Entendió la rigidez del tiempo. Entre lágrima y gargajo observó una flor pequeña y solitaria entre el pasto seco y el concreto embriagante de la calle.





La pasión es una flor que nace de pronto en espacios inesperados. Florece a bote pronto y se marchita sin escándalo- cavilaba el desgraciado.





En el crepúsculo de la soledad escribió un último poema a ella, la que se perdió tal como apareció. Por suerte aún contemplaría el alba. Miró a esa pequeña flor un par de minutos, tal vez un poco más. La madrugada apretaba, estaba próxima a  hacer acto de presencia.

La flor se marchitó. Él se levantó de aquella banca rumbo a su morada. El frío calaba, la ciudad despertaba, habría que seguir con vida.



Etiquetas:   Escritores   ·   Cultura   ·   Cuentos
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