Más de diez rompimientos al hilo padecieron. Tan intensos y melindrosos, eran como los niños… De alguna manera seguían siendo un par de chavales de treinta y cinco años. Los vaivenes del amor no respetan edad, son atemporales. Coincidieron en una librería emblemática de la ciudad de México. Curiosamente se llamaba “El Péndulo”, como su tormento: lleno de pasión y locura, iba y venía de un lado a otro. El delirio los envolvió con gusto.




