Adolfo Suárez. Una colaboración de Adolfo Díaz-Bautista Cremades.



Un colaborador de lujo, Adolfo Diaz-Bautista Cremades, que tengo el placer de compartir con todos, sobre un político de los más importantes de nuestra reciente historia.

 

va al final de sus días, vuelve a la actualidad la figura del primer presidente de la democracia. Quienes vivimos la transición con los ojos de la niñez recordamos a aquel hombre joven, de sonrisa sincera, con cariño.Cuando, en 1976, el Rey eligió a Suarez para dirigir el camino hacia la democracia, muchos desconfiaron del jovenzuelo salido de Movimiento franquista. La izquierda lo consideraba tibio con el régimen y la derecha lo veía inexperto y poco maduro frente a líderes de la talla de Manuel Fraga, Miguel Herrero o Arias Navarro. Sin embargo, la juventud de Suarez y su pragmatismo fueron quizás virtudes positivas en un tiempo político en que era necesario inventar soluciones a problemas muy complejos.Suarez es la cara de la transición. Por mandato del Rey y con su aval, supo conjugar los intereses de todos los sectores implicados estableciendo un delicado equilibrio que permitió salir de la dictadura sin caer en una nueva guerra civil, que muchos daban por inevitable. Evidentemente ese difícil encaje tuvo un precio. Hubo que redactar una constitución tibia, pacata, que sorteara las decisiones más comprometidas satisfaciendo a derechas, izquierdas y nacionalismos. Se construyó un sistema democrático en que el poder estuviera mediatizado por partidos y sindicatos, evitando las fórmulas de participación directa de los ciudadanos. Y se inventó un “estado de las autonomías” que pretendía satisfacer las ansias nacionalistas sin renunciar a la “indisoluble unidad de la nación española”.El tiempo transcurrido permite juzgar el sistema construido en la transición. Hoy vemos cómo el estado de las autonomías no ha servido para calmar a los más radicales, cuya razón de existir es el victimismo y la reivindicación constante. Tampoco la democracia de partidos, apoyada en una democracia interna que nunca se desarrolló, parece satisfactoria ahora. Quizás la desaparición de su autor sea el momento de avanzar en una segunda transición estableciendo una democracia mucho más auténtica. Ojalá la sociedad española sepa tener ahora la madurez y la cordura de avanzar en el consenso renunciando a radicalismos y odios sectarios.Sin embargo, no deberíamos perder de vista que la transición, con sus luces y sombras y con sus muchos defectos, consiguió su objetivo: acabar con la dictadura e implantar una democracia sin derramamiento de sangre. Y ese consenso nacional, que parecía impensable, es fruto de la cintura política, la capacidad negociadora y el carisma de un hombre que ahora llega al fin de su vida: Adolfo Suárez.



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Adolfo Suárez. Una colaboración de Adolfo Díaz-Bautista Cremades.


Un colaborador de lujo, Adolfo Diaz-Bautista Cremades, que tengo el placer de compartir con todos, sobre un político de los más importantes de nuestra reciente historia.

 

va al final de sus días, vuelve a la actualidad la figura del primer presidente de la democracia. Quienes vivimos la transición con los ojos de la niñez recordamos a aquel hombre joven, de sonrisa sincera, con cariño.Cuando, en 1976, el Rey eligió a Suarez para dirigir el camino hacia la democracia, muchos desconfiaron del jovenzuelo salido de Movimiento franquista. La izquierda lo consideraba tibio con el régimen y la derecha lo veía inexperto y poco maduro frente a líderes de la talla de Manuel Fraga, Miguel Herrero o Arias Navarro. Sin embargo, la juventud de Suarez y su pragmatismo fueron quizás virtudes positivas en un tiempo político en que era necesario inventar soluciones a problemas muy complejos.Suarez es la cara de la transición. Por mandato del Rey y con su aval, supo conjugar los intereses de todos los sectores implicados estableciendo un delicado equilibrio que permitió salir de la dictadura sin caer en una nueva guerra civil, que muchos daban por inevitable. Evidentemente ese difícil encaje tuvo un precio. Hubo que redactar una constitución tibia, pacata, que sorteara las decisiones más comprometidas satisfaciendo a derechas, izquierdas y nacionalismos. Se construyó un sistema democrático en que el poder estuviera mediatizado por partidos y sindicatos, evitando las fórmulas de participación directa de los ciudadanos. Y se inventó un “estado de las autonomías” que pretendía satisfacer las ansias nacionalistas sin renunciar a la “indisoluble unidad de la nación española”.El tiempo transcurrido permite juzgar el sistema construido en la transición. Hoy vemos cómo el estado de las autonomías no ha servido para calmar a los más radicales, cuya razón de existir es el victimismo y la reivindicación constante. Tampoco la democracia de partidos, apoyada en una democracia interna que nunca se desarrolló, parece satisfactoria ahora. Quizás la desaparición de su autor sea el momento de avanzar en una segunda transición estableciendo una democracia mucho más auténtica. Ojalá la sociedad española sepa tener ahora la madurez y la cordura de avanzar en el consenso renunciando a radicalismos y odios sectarios.Sin embargo, no deberíamos perder de vista que la transición, con sus luces y sombras y con sus muchos defectos, consiguió su objetivo: acabar con la dictadura e implantar una democracia sin derramamiento de sangre. Y ese consenso nacional, que parecía impensable, es fruto de la cintura política, la capacidad negociadora y el carisma de un hombre que ahora llega al fin de su vida: Adolfo Suárez.




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