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Fin de fiesta


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03/01/2014

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De la noche a la mañana, igual que habían aparecido, desaparecieron todos los adornos navideños, incluido el nacimiento, de un tamaño considerable, que nos acompañaron durante las fiestas. En mí esas ausencias siempre dejaban un pequeño reguero de tristeza y melancolía. Me curaba de ella paseando o tratando de traducir, del latín, algún pasaje duro y complicado: era una forma, como otra cualquiera, de no pensar en nada. Todos tenemos derecho al ocio.

-De todas formas -me dijo don Benito acusando también el vacío de los adornos- para nosotros es Navidad continuamente: lo mismo nos da que mañana sea el día ocho que el nueve; no tenemos que ir a trabajar.

-En eso tiene razón. Pero la nieve está desapareciendo. Y a mí me gusta el frío.

-Hombre, si quiere usted -me dijo sonriendo- nos podemos ir a una residencia en Finlandia o en Siberia, que sería más económico.

-No tenemos dinero para eso. Además, allí no entenderíamos nada. Yo no sé inglés ni ruso, ni conozco más lengua que el latín y el castellano.

-Yo me defiendo con el inglés; pero dinero no tengo. Y no creo que el estado nos subvencione una estancia en el extranjero.

-Lo podemos solicitar: podemos proponer hacer una tesis doctoral, conjunta, sobre las diversas residencias de ancianos en los diversos países de nuestro entorno.

-No es mala idea. Seguro que no hay ninguna tesis sobre ese tema. Ahora bien, de la forma que está la cosa, nadie nos va a dar ni un duro.

-¿Por qué no? ¿No estamos preparados y somos capaces? Más útil puede ser nuestra investigación que muchas de las tesis que hacen los inútiles de los políticos, que, fíjese, siempre aprueban cum laude.

-En esta vida, querido amigo, no hay nada como tener padrinos. Quien los tiene se bautiza.

-De todas formas, da lo mismo. Nadie nos va a dar dinero, desde luego; pero es que tampoco vale la pena. Ni la tesis que íbamos a hacer, ni las que hemos hecho, iba a servir para nada.

-¿No le sirvió de nada la suya? Yo no hice tesis, no me apeteció.

-Me sirvió para ser el hombre más feliz del mundo en tanto duró mi investigación. Todas las mañanas me iba a un archivo; allí me sacaban manuscritos de la Edad Media, que leía con verdadera fruición tomando notas. Por la tarde, revisaba las notas, las pasaba a limpio y leía otros libros u otras investigaciones... Mi mujer me mantenía. Y lo hacía de mil amores. Fueron unos años maravillosos. Y ahí se quedó el crimen y el castigo.

-Es un poco lamentable. ¿Qué quiere que le diga? Yo no tuve ganas de seguir estudiando, ni de meterme en berenjenales. Me dediqué a preparar las oposiciones...

-Lo mejor que hizo. Hacer una tesis desde el punto de vista profesional o crematístico ha sido, para mí, una enorme tontería. Ahora, qué bien me lo pasé durante aquellos años. Fui lo que siempre deseé ser: un pequeño investigador.

-¿Y descubrió usted algo?

-Sí, pero no tuve caja de resonancia. Todo pasó tan desapercibido como una merluza de la Edad Media.

-Hombre, a algún campesino le haría feliz.

-Espero. A mí también me hizo feliz, la merluza, claro. Pero hizo que me volviera un poco egoísta: a partir de ese momento me dediqué a estudiar cosas inútiles, y que sólo a mí me interesaban.

-Bueno, querido amigo, para eso en este país no hace falta mucho. ¿O usted cree que aquí alguien se interesa por algo? Fíjese, es curioso: va usted a un museo un día cualquiera, y apenas si hay dos o tres personas. Traen un cuadro que no está, lo anuncian con cartelones en las paradas del autobús, y ya tiene usted colas de horas y horas para ver lo que todos los días puede ver sin sufrir ninguna incomodidad.

-Pero eso es porque la gente se aburre. Y no tiene imaginación: va a donde le dicen que vaya. Y si nadie le dice nada, se queda en casa viendo la televisión. ¿A usted no le gusta la televisión?

-La adoro. Máxime cuando salen los padres de la patria defendiendo lo indefendible. Lástima que ya estuviera inventado el teatro del absurdo porque en caso contrario nuestros políticos iban a ser los pioneros.

-Iban a ser los pioneros en muchas cosas si no estuvieran inventadas. Lo malo es que tras el teatro del absurdo hay una estética; y la única estética de los políticos reside en sus corbatas y en su trajes, a veces.

-¿Sabe? Para mí la corbata siempre ha tenido un toque risueño, y lo sigue teniendo... No, no me mal interprete: no es que la odie ni que me moleste, o la defienda a muerte. Es que aprendí a hacer el nudo de la corbata gracias a una revista humorística, no sé si la recordará usted. Se llamaba La codorniz, revista que a dos por tres o la prohibían o la censuraban por sus ataques al gobierno.

-Sí, la recuerdo.

-Pues en un número sacaron unas viñetas en las que querían demostrar que todo el mundo leía La codorniz. Y para ello explicaron, en esas viñetas, cómo se hacía el nudo de la corbata. Quise comprobar si aquello era cierto; cogí una corbata de mi padre, y le hice el nudo siguiendo los pasos que allí se indicaban. Efectivamente el nudo de la corbata se hacía como ellos decían. Y así he seguido haciéndome yo los nudos de todas mis corbatas.

-Así que todos los que llevaban corbata leían la dichosa revista.

-Esa era la gracia. Y como puede ver hasta un chiste puede ser una cosa muy útil.

-Seguramente nada hay más útil en esta vida que el chiste y la risa. ¿Qué sería de nosotros sin lo uno y lo otro?

-Vaya usted a saber.

-Oiga, pues igual lo de hacer nosotros una tesis, a esta edad, y sobre residencias de la tercera edad, se lo toman como el mejor de los chistes. Y nos reconocen como unos buenos humoristas.

-No creo. Seguramente nuestro proyecto serviría para que empezaran todos a discutir: los unos dirían que los mayores tienen derechos, los otros que ese dinero estaría mejor invertido en yo qué sé que cosas, y los demás allá es posible que pidieran el bombardeo sistemático de todas las residencias para ahorrarse las traídas y sufridas pensiones. Y las tonterías que decimos los mayores.

-Podría ser una buena solución.

-Yo creo que lo mejor que podemos hacer es estar calladitos. En este país ya tenemos bastante chiste, malo por cierto, con algún que otro político.

-Con estos habría que hacer lo que contaba Antífanes bromeando. Decía este cachondo mental que había una ciudad en la cual las palabras se congelaban apenas se pronunciaban. Y que los ciudadanos escuchaban las palabras en verano, al cabo de unos meses, cuando el calor las descongelaba.

-Ese hombre era un genio: eso fue el preludio de la televisión, o del aparato ese, de la moviola.

-Sí, a menudo es muy desagradable oír ahora lo que se dijo hace algún tiempo. Pero los políticos no se sonrojan. Yo creo que ni sienten vergüenza.

-Es cierto, es desagradable. Pero a mí cada vez me aburren más y más los traídos políticos. Yo, a menudo, me acuerdo de mi orgullo juvenil. Una vez en una clase de religión, un cura me preguntó, teniendo como norma a Salomón, que le pidió a Dios la sabiduría, qué le pediría yo a Dios si se me apareciera este, como se le apareció a Salomón.

-Vaya clases que nos daban.

-No estaban mal. A mí aquello me sirvió para conocerme un poco más.

-¿Y que le contestó usted al cura?

-Que yo le pediría ocio, dinero y tiempo libre. De ser sabio e inteligente ya me ocuparía yo estudiando y viajando. Hoy pienso en la respuesta y me echo a temblar. No cabe más orgullo en aquellas palabras.

-O confianza en sí mismo, y desconfianza en la sabiduría que podía venir de lo alto. A lo mejor esa sabiduría era tan sosa como el maná. A mí me parece una buena respuesta, claro que teniendo en cuenta todas las limitaciones humanas, que son muchas.

-Esas son las palabras congeladas que se deshielan en mi cabeza de vez en cuando; y, cosa curiosa, se vuelven a congelar para volver a atormentarme cada vez que les viene en gana.

-No sea demasiado severo con usted mismo. Ya sé que le gusta el invierno, y por eso mismo debe tener en cuenta que aquí se congela todo, menos lo digno de aprecio. ¿No le parece que a veces se practica aquí una justicia congelada, propia de la Edad Media? Ya sé que está harto de oír hablar de la corrupción, pero es que ya clama en el desierto la connivencia de políticos y jueces. Y la indiferencia de la gente, votando una y otra vez a los corruptos, cuando no aplaudiéndolos en la puerta de los juzgados.

-Más de una vez he pensado, otra tontería, que los estudiantes de derecho deberían pasar una temporada en este país, para que vieran lo ciega y tonta que es la Justicia aquí. Aunque no creo que les haga falta. Al fin y al cabo, en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas. Y, como dice usted, o, como decía Tito Livio, creo recordar, gobernantes y gobernados son todos uno y lo mismo. Así que aquí paz y allá gloria.

-No hay nada que hacer. Aquí se congela hasta el tiempo. Para el mundo no pasan los años, como dijo alguien, aunque ese alguien hablaba de España.

-Es cierto. O estamos hoy un tanto pesimistas por los huecos dejados por los adornos navideños.

-Es posible. Pero lo mejor, querido amigo, es que nos olvidemos de nuestros proyectos de tesis doctorales y demás, nos dediquemos a oír música y nos convirtamos en aquel cerdito al que Pirrón en un barco, en medio de una horrorosa tormenta, dio algunos granos de cebada. El cerdito se puso a comer sin tener en consideración ni truenos ni relámpagos ni el vertiginoso zarandeo de la nave. Es decir, que el que quiera ser feliz no tiene que ser perturbado por las cosas que le suceden.

-Fácil de decir. Yo hace un momento estaba triste y melancólico porque nos han quitado los adornos navideños.

-¡Hombre!

-¿Qué quiere que le diga? El que no tiene faena con el rabo mata moscas. Pero, tranquilo, no le voy a proponer otra tesis: me voy a dedicar yo a traducir a Séneca. Y voy a hacer una traducción que va a ser una obra maestra.

-Ya estoy impaciente por leerla.

-Además voy a escribir una novela ambientada en la preguerra civil española. Eso sí, no se publicará: es demasiado buena. Pero si quiere podemos hacer suscripciones aquí en la residencia. Y con lo que saquemos nos vamos una noche de cena.

-No está mal pensado. Esa idea la tenemos que trabajar. Pero póngase ya manos a la obra.

-En cuanto terminemos de desayunar.



Etiquetas:   Literatura

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