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¡Oh Gallardón! ¡Mi Gallardón!


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03/01/2014


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¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas”, este verso del poema de Walt Whitman es ilustrativo de cómo debe sentirse Ruiz Gallardón con su Ley antiabortista, aprobada recientemente en Consejo de Ministros. El capitán que ha conseguido alejarse de aquella imagen de progresista con la que tenía engañados a los madrileños y a muchos de fuera, para convertirse en el adalid de la extrema derecha social, con sus Leyes discriminatorias, que están configurando un país hecho a la medida de los ricos y pudientes, y otro para el resto. Quién se lo iba a decir a los carcas de la derecha, cuando Gallardón se acercaba peligrosamente a postulados progresistas en aspectos como las drogas o la píldora del día después. Aquel Albertito que quería ser el más progresista de Madrid, hasta que comprendió que se estaba equivocando de bando y sus ideas le enemistaban con los suyos, hasta tal punto, que decidió ajustarse la corbata y, con paso firme, hacer una pirueta mortal, para convertirse en el gran prohombre de la derecha/derechona de toda la vida. La derecha de Rouco Varela y sus misas por la familia santa y cristiana, en donde a plena megafonía, con esa seguridad que los meapilas tienen desde que se ven arropados por ministros de misa diaria, alguien llega a decir que la mujer del siglo XXI debe estar sometida a la autoridad del marido. ¡A freír espárragos todas las políticas de igualdad y contra la violencia de género de los últimos años! Los maltratadores deben estar fumándose un puro.


                Esa derecha del obispo de Castellón, Casimiro López, que sermonea sobre el matrimonio gay y su deriva hacia la violencia, con hijos cargados de perturbaciones. A gusto se ha quedado el señor obispo emulando al otro, que pació por estas tierras, Reig Pla. Quizá, el ministro Gallardón se haya plegado a la “auctoritas” de los obispos, que como todos ustedes saben son grandes expertos en temas de sexo y familia. Por eso, hecha su conversión, como Saulo caído del caballo, al ver la luz cegadora de la palabra de Dios, ha decido convertirse en Pablo, para predicar las bondades de las Antiguas Escrituras y las Nuevas, en las que el orbe cristiano tenga un equilibrio estable, para lo que tienen que existir los ricos y los pobres, y no sólo en términos de riqueza material, también en sentido figurado. La Ley debe ser una para todos, en donde queden bien definidos los privilegios de los de arriba y los deberes de los de abajo.

                Por eso, nuestro ínclito Gallardón, antaño disfrazado de Saulo, se ha postrado a los designios del poder natural, el de toda la vida, y desde que llegó al Gobierno de la mano de su amigo Mariano, el Paciente, no ha cejado en su intento de colocar las cosas en su sitio; lo que implica que antes estaban descolocadas y él equivocado, dándole así una pincelada santurrona a su conversión. Y así, pasito a pasito, como le gusta a su jefe, ha colado una Ley de acceso a la Justicia que es un puente de plata para los que más tienen, y una barrera inaccesible para la plebe (este es un término que quizá le guste mucho). Este “tasazo”, como vulgarmente se conoce a su Ley de tasas judiciales, marca la visión del mundo medieval que tiene el ministro, en un plano en el que los poderosos están en la parte alta, al lado de Dios, y los humildes, enfrascados en un lucha penitente por sobrevivir (ya lo dice la Biblia: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”), abajo, con pocas o nulas posibilidades de ascender al plano superior. Esta certeza de organización social en nobleza, clero y campesinado, es la que le lleva a impedir el acceso a la justicia a la mayoría de la población es decir a los campesinos, por la única vía que se puede hacer en una democracia: imponiendo tasas elevadas para que resulten impagables al común de los ciudadanos. O la que le ha llevado a aprobar un Código Penal que se ha cargado de un plumazo el principio de reinserción del preso vigente en nuestro sistema penitenciario. Total, los de su casta no necesitan eso, tiene otros métodos más espurios para salir de la cárcel o, simplemente, para no entrar en ella.

                Pero la joya de la corona, la que le ha reconciliado definitivamente con sus antiguos detractores y con la Iglesia Católica Apostólica y Romana de Rouco Varela, es la Contrarreforma de Ley del Aborto. En un país acostumbrado a las contrarreformas desde Carlos I, y después de dos años de gobierno contrarreformista, firmemente dirigido por Mariano, Manos Tijeras y su valida Yolanda, Mano de Hierro, que Gallardón se ponga la careta de misógino y cargue contra las mujeres, no es un mérito del ministro, todo hay que decirlo, a estas alturas de legislatura. Por eso ha cargado con toda la artillería pesada, no derogando la Ley anterior de plazos y derechos para las mujeres, no, él tenía que aparecer como Santiago Matamoros ante la profunda caverna que trata de engullir este país, haciendo una Ley que habrían aprobado las Cortes Franquistas.

                Sin embargo, lo que asusta de la Ley Gallardón en contra del aborto, no es la Ley en sí misma, pues toda Ley se puede cambiar, sino el primitivismo que destila la derecha del país en relación ella. No se cuestionan la pérdida de derechos de la mujer en un asunto que las atañe a ellas fundamentalmente. Lo que les importa a los críticos de su bancada es que no se recoja la malformación fetal. La mujer, no está invitada a este debate, se da por hecho que ella tiene que aguantar lo que le digan. Pues en el fondo rezuma el discurso de la mujer en casa con la pata quebrada, lo que nos retrotrae a la misa de la familia de Rouco y el papel de la mujer sumisa ante la autoridad del marido y como “parra fecunda”. Ese es el problema, seguir viendo a la mujer como un ser sin derechos, incapaz de desenvolverse por sí sola, y objeto reproductor sometida a la voluntad del varón (qué cerca están el integrismo islámico y el integrismo cristiano). Por eso Gallardón no representa un problema porque haya sacado de la chistera ultra esta Ley antiabortista. Al final, él es el mensajero de un proyecto de sociedad esclava del poder, ya sea del varón, del banquero o del obispo, y al igual que en el poema de Whitman, el capitán acabará yaciendo en la cubierta frío y muerto.



Etiquetas:   Aborto

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