Hay un momento en Lawrence de Arabia (David Lean, 1962) en el que el fósforo apagado de una cerilla del protagonista da paso a la rojiza inmensidad del desierto. Es sólo una muestra de la genialidad de un director que, cinco años después de rodar la también superproducción El puente sobre el río Kwai (1957), sorprendió a todos con la que no es sólo una lección de Cine, sino también una lección de Historia. Ganadora de 7 Oscar -incluidos Mejor película y Director-, estamos ante el biográfico relato de una de las personalidades históricas más destacadas: el comandante y militar T. E. Lawrence que, por el decisivo papel que jugó en la rebelión del pueblo árabe contra las turcos durante la Primera Guerra Mundial, terminó consagrado como líder para dicha comunidad. También para los británicos, que vieron como uno de sus oficiales -en el que depositaron sus ansias de colonialismo- había logrado la independencia de Arabia tras la derrota y posterior expulsión del Imperio Turco. Cobra aquí especial importancia la escena de la cerilla señalada, pues ejemplifica esa simbiosis con la naturaleza -en este caso, la majestuosidad del desierto del Cairo- en la que Lawrence fue enfrascándose conforme iban aumentando sus conocimientos sobre las tribus del lugar.




