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Cuento "A ciegas" escrito por Raysan


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24/11/2013


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La espera en el andén no fue larga. Cundió apenas para enredar un poco con el “20 minutos”, cuando, de inmediato, ya se anunciaba al siguiente tren que iba a efectuar su entrada en la estación. La gente tenía prisa por subir. El coche llegó, y todos, como galgos en pos de una liebre, se colocaron frente a las puertas, observándose unos a otros en el reflejo de los vidrios… Definitivamente el mal gusto de aquella camisa azul con el cuello blanco no lo remediaba el dinero. Aquel engominado señor tenía el aire de un abogado picapleitos. Al lado, con un intenso aroma a lavanda, una señora de buen ver, con pantalones blancos casi transparentes, miraba a Alex de un modo indiscreto. Unos pasos por delante de ellos, un ciego, amplio y fornido, con unas gafas oscuras de pasta, se repeinaba ante los cristales mientras canturreaba una canción que insinuaba que… “la vida era una huida hacia delante”. —¿Te ves bien, Raúl, en ese vidrio o sale la imagen borrosa? —le preguntó Alex con ironía. —Pero si es el atolondrado —le contestó el invidente. La verdad es que no veo ni papa —le dijo—, pero me gusta asearme antes de subir al vagón, porque siempre hay algún listillo que pica.




—A mi me parece que tu ves más de lo que dices —le contestó Alex.



—Claro, yo veo “de puta madre”; aunque voy por la calle con gafas oscuras y tanteando con el bastón, porque soy Robert de Niro y estoy ensayando una obra de teatro — le replicó Raúl.



Alex se rió de buena gana. Pero el invidente, algo molesto, sentenció que a pesar de estar completamente ciego podía ver, con otros ojos, demasiadas cosas… La mayoría de los que dicen ver algo van a ciegas por la vida. Y siguiendo con la ironía contó que un buen día, de pronto, abrió los ojos…pero lo poco que pude ver del mundo no me gustó.., así que los volví a cerrar a voluntad.



Cuando finalmente se dispusieron a entrar al vagón, mientras Raúl se enfrentaba a un pelmazo que taponaba el centro de la puerta, se le colaron unos y otros a empujones por los flancos…. El invidente arremetió entonces decidido hacia el interior, levantando bien alto su bastón, a modo de callada venganza, pero se demoró demasiado…, y estando aún en mitad del paso, de pronto comenzaron a cerrársele las puertas hasta dejarlo encallado… Entonces, varios pasajeros, por suerte, todavía pudieron agarrarlo por la solapa de la chaqueta, tirando de él hacia en interior del vagón, antes de que las puertas se cerraran definitivamente. Algunos cayeron hacia atrás sobre la gente, mientras proferían insultos por lo bajo, dando a entender que los ciegos estaban mejor en la calle… Sonó el silbato y finalmente, el tren partió.



No obstante, no era aquella la única vez que Alex había visto a Raúl por el barrio. Un tiempo atrás, Alex caminaba por la calle distraído, leyendo, cuando de pronto, al doblar la esquina de Malasaña, se lo llevo por delante. El ciego protestó ante sus empujones con un… “mira por donde vas, atolondrado”, “que no se puede ir leyendo por la vida”, asegurándole además, que la próxima vez “probaría del bastón”… Alex, un tanto avergonzado le ayudó a enderezarse, pidiéndole disculpas, pero Raúl, visiblemente enfadado, siguió a lo suyo sin contestarle, escupiendo improperios, mientras, con el bastón, leía braille en las arrugas del pavimento.



—Van como locos —decía enojado—, ¡no se salva ni uno!…¡Están todos ciegos!



Para Alex, aquel hombre era un misterio, podía captar la edad por la voz, los modales, o acaso la estatura por la firmeza de los pasos, pero.., ¿cómo se dio cuenta Raúl de que iba leyendo un libro? ¿Por el olor de las hojas? Desde entonces, lo sometió a una observación minuciosa…



Casi a diario, como si lo hiciera aposta, el invidente, haciendo reptar el bastón con soltura retenía a la gente en las escaleras del metro, mientras cantaba en voz baja una tonada que decía… “no te tomes la vida tan en serio, pues de cualquier modo no vas a salir vivo de ella…” A veces se comportaba como un niño malo escondido en el anonimato de sus gafas oscuras, pero el barbero —que de gente sabe más que nadie—, siempre decía que Raúl, a pesar de sus malas pulgas “era buena gente”.



—Venga, señor, ¡acelere!.., ¡que no estamos para bromas!, —le decían. A lo cual él replicaba con sorna que se llamaba Raúl, pero que si tenían prisa podían pasar por arriba. Ya podían llamarle “cabrón” si querían, que de todos modos él no iba a salir corriendo detrás de ellos.



¡Maldita sea —decían unos—, otra vez haciendo de guardaespaldas del ciego! Vaya cabrito, se atrevían a decir otros, ¡date el piro, gafotas!, a lo cual el ciego respondía que se andáran con cuidado, pues con tal de identificarlos en comisaría era capaz de curarse sin que mediara ni Santa Lucía.



Alex fue comprendiendo que Raúl se hallaba en aquellos túneles en su salsa. Era ya parte de un paisaje al que ponía un cierto desenfado.



Pero aquella mañana, a pesar de lo que les había costado entrarlo al vagón, Raúl parecía ajeno a todo, silbando por lo bajo mientras se mesaba la barba.



De pie en el vagón, aferrado con una mano al pasamanos y apretando con la otra fuertemente sus cupones, parecía una cariátide. Alex lo seguía a cierta distancia. ¿Cómo podían los ciegos sortear tantas trabas como encuentran a su paso? Seguramente detrás de aquellas gafas inexpresivas distinguía más de lo que aparentaba… A modo de prueba, abrió un libro con cuidado, y el ciego, al fondo del vagón, hizo un mohín arqueando la ceja… A veces, Raúl, empujándose el sombrero de rejilla con el bastón y alzando las narices se quedaba un instante olfateando nuevas sensaciones… Parecía reconocer a las personas por el olor de su piel, pensó Alex, pero… ¡se cruzaba a diario con tanta gente!



De pronto, el ciego, girándose, parecía mirar de reojo a la gente que daba cabezadas en su asiento mientras trataban de apoyarse en algún cristal esquivo. Allí estaba también, la mano de aquella mujer, apoyada sobre el vidrio con los dedos extendidos, semejante a aquellas manos de ribetes rojizos que Alex había visto impresas en las cuevas prehistóricas… Seguramente el ciego se embriagaba con el suave perfume a lavanda mientras le imaginaba un rostro a la dama.



—“Próxima estación, Sol —se escuchó decir por la megafonía, con una voz cadenciosa—. Estación en curva, tengan cuidado con la separación entre coche y andén”.



Unas obras de remodelación mantenían el andén, desde hacía meses, plagado de materiales y vallas de seguridad. Los pasajeros salieron del vagón sorteando obstáculos en mitad del caos, y el tren partió. De repente, se apagaron todas las luces, quedando la estación en una completa obscuridad. Entonces, la gente, quiso huir, asustada, en la dirección en donde se hallaban las escaleras. El pánico era manifiesto. Se oyeron los gritos y trompicones de los más nerviosos; los choques y atropellos se sucedían. Algún corte de fluido debía ser el causante de aquella broma pesada.



—¡Las dichosas obras de Gallardón! —gritó alguien enfadado.



Alex también, perdido en mitad de la vorágine, instintivamente lanzó los brazos al aire, atisbando otros cuerpos temerosos… Sintió cómo se arremolinaban tras él, comenzando a empujarle fuertemente. Notó los primeros codazos, percibiendo, también, que alguien más indefenso, le asía por el brazo. En medio de la obscuridad hubo un momento de silencio, escuchándose tan sólo los resuellos, las respiraciones alteradas, y el roce nervioso de los zapatos en el pavimento. Entonces pudo percibirse más el agobio… ese desamparo que llevaba a algunos a bloquearse, aterrados, a causa de su claustrofobia….



Aquella era una dura prueba para una psique poco entrenada. Saberse de pronto a decenas de metros de la superficie, sintiéndose atrapado en un embudo estrecho del que todos tenían prisa por salir… “a cualquier precio”, nos sacaba de quicio…



Tras los primeros miedos, cuando ya todos fueron conscientes de la obscuridad y de aquel extraño silencio, de pronto se oyeron, claramente, unos golpes metálicos contra la pared, y el suave canturreo de un estribillo que sonaba familiar…



— ¡Silencio por favor!…—dijo una voz comprendiendo lo que ocurría—. ¡Separaos de la pared! ¡Dejad paso al ciego!



Pero algunas personas se hallaban tan atenazadas por el miedo que no pudieron reaccionar enseguida. Luego, gradualmente, los murmullos fueron cesando, y la gente comenzó a percibir los nítidos golpes con bastón de metal que ya tanteaban los primeros peldaños de la escalera.



— ¡Sácanos de aquí, Raúl, por favor!



— ¿Eres tú “atolondrado”? —preguntó el ciego… ¿No me irás a atropellar de nuevo con tu libro? —ironizó. ¡Que tú eres un peligro público!



—Sí, yo soy —le respondió Alex. Y tú eres nuestra única salvación…



—No me puedes pedir eso, atolondrado…¡no se lo merecen!



—Tal vez merecemos esta lección, Raúl…pero tú no eres vengativo.



—Me asquea la gente cutre que me encuentro cada día…—respondió el ciego.



—Posiblemente tengas razón… pero tú eres buena gente.



Se hizo un silencio espeso. El ciego vaciló un instante… pero finalmente dijo:



—Está bien, atolondrado, tú ganas. Y alzando la voz dijo:



— ¡Venga pues, cabritos de mierda, a pesar mío os sacaré de la cloaca! Los túneles del metro —decía el ciego—, están diseñados de un modo que hasta un ciego podría moverse por ellos.., e incluso, ¡huelen a lavanda!.



Algunos “usuarios”, al oír estas palabras, todavía empujaron a los demás queriendo ser los primeros en salir, pero poco a poco se avinieron a razones…, entre tanto que Raúl, cogiendo ya ritmo decía:



— ¡En marcha, esto es pan comido! Empezad por cerrar los ojos… ¡total para lo que os sirven!



…Y la comitiva comenzó a ascender con parsimonia unos cientos de peldaños, siguiendo, en silencio, las órdenes de un invidente.







http://raysan2012.wordpress.com/2013/11/21/a-ciegas-cuento/





Etiquetas:   Literatura   ·   Cuentos
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