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Arquitectura sensorial, arquitectura social


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06/11/2013

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La nada en la arquitectura


De sobra es conocido el debate en la arquitectura surgido entre el lleno y el vacío. Un equilibrio tan complejo como necesario que, cual código binario, representa la identidad de toda actuación.

Dentro de este esquema de unos y ceros, no cabe duda que la nada aparece asociada al vacío como representante de la ausencia. Sin embargo, ambos conceptos, pese a la gran cantidad de similitudes que encierran, nos permiten distinguir pequeños matices que nos invitan a entender la Nada, como un concepto en sí mismo.

Mientras el vacío responde a un espacio no construido que logra erigirse en un algo muy arquitectónico, en mi opinión la nada, es algo mucho más complejo que apunta a aspectos más emocionales y menos constructivos. Cuando, de ahora en adelante, me refiera a la Nada, lo haré entendiendo un matiz muy especial de este término: la nada entendida no tanto como ausencia, sino como anhelo de algo. Un deseo reivindicativo que nos invita a encontrar ese algo al que se nos impide acceder. Ese algo que nos fue prohibido, sustraído o arrebatado. Al fin y al cabo, la emoción.

Aún más conocido es el eterno debate entre forma y función, estética y uso. Sin duda, la clave de este debate no es otra que la citada emoción. Es la encargada de desnivelar la balanza.

Por otro lado, cabe destacar el hecho de que en una sociedad cada vez más saturada de información, donde el exceso de oferta empieza a agotar la demanda, se revaloriza la máxima de que vale más una imagen que mil palabras. Y en este momento de inmediatez global, una experiencia vale más que mil imágenes. El exceso de datos nos lleva a asociar los conceptos a experiencias personales que nos ayudan a retener la información, distinguiendo unas cosas de otras. Serán recordadas exclusivamente aquellas que traspasen la barrera de lo cotidiano para ser asimiladas por nuestro cerebro como parte importante de nuestra existencia. Una vez más, la emoción es la que lidera nuestro aprendizaje y se erige como clave de la ecuación.

Así surgió uno de los conceptos más estudiados a lo largo del desarrollo de mi Proyecto Fin de Carrera (PFC): la “Nada”. Ese espacio sin uso aparente, que se integra en la ciudad aunque parezca no formar parte de ella. La “Nada” entendida como ausencia total de algo, o como la huella imborrable de un algo desaparecido. Por ello, la “Nada” en muchos casos es más explicita e interesante que el “Algo”. La “Nada” hace pensar y plantearnos que habría antes, o el por qué de su existencia.



Estas ideas y reflexiones guiaron mi análisis hacia conceptos nuevos en mi formación y hacia grandes representantes del arte y la filosofía como John Cage, Marcel Duchamp, Robert Rauschenberg, Solá Morales..., artistas capaces de hacernos pensar y reflexionar sobre cosas tan cotidianas como el vacío, la nada, el silencio. En definitiva, hacernos ver las cosas desde una nueva perspectiva.

Desde dicho PFC pretendí, a una escala menor y más humilde, provocar un efecto similar sobre el ciudadano. Inducirle a replantearse o reflexionar sobre cosas que quizás eran consideradas como normales, con idea de evitar que estas se dirijan irremediablemente al olvido.

Así surgen en la propuesta ideas como mantener en lo posible los vacíos urbanos (terrain vague) como referentes ciudadanos y parte indivisible del concepto ciudad. Partiendo de esta premisa, mi investigación provocó la conexión con Rauschenberg (autor de De Kooning erased): borrar lo existente mostrando simplemente el resultado de este borrón, pero rompiendo todo concepto preestablecido y, curiosamente, poniendo en valor el desaparecido boceto original de De Kooning, que con anterioridad al borrado no era sino uno más de los múltiples bocetos que realizó.

El gesto de borrar algo y mostrar su huella, nos conduce inevitablemente a plantearnos el origen, el motivo del borrado.

Cuando Duchamp descontextualizaba esos elementos cotidianos en sus famosos readymades, pretendía que con un simple gesto el observador se planteara nuevos contextos que aportarían tantos matices nuevos, como para cambiar completamente el significado original del elemento.

Esta intención motivó, por ejemplo, mi acción de descontextualizar la fachada, es decir, demoler los edificios alineados a vial, pero manteniendo la fachada mediante una estructura auxiliar que le permita continuar en pie en su emplazamiento original (como en una obra de rehabilitación) pero dentro de un nuevo e inmediato contexto, destinado a animar al ciudadano a ser consciente de este elemento y de su ubicación.

Una fachada separada del edificio, aislada, deja de concebirse como fachada y se convierte en un muro, con el simple gesto de la demolición.

Posteriormente será el visitante, o el observador, quien deberá aportar su mirada a este gesto, interpretando y reflexionando al respecto.

Lo cual introduce una de las grandes variables que contribuyen al verdadero entendimiento de la arquitectura, como una más de las artes existentes. Como ya indicó Duchamp, el papel del observador es fundamental en cualquier disciplina del arte.

Es por ello que la componente de subjetividad que motiva cada manifestación artística nos induce a recurrir al observador como elemento esencial del proceso, el elemento destinado a culminar el mensaje iniciado por el artista.

Del mismo modo, en la arquitectura, resulta primordial contar con el usuario como pieza básica de todo proyecto. No es casualidad que el término observador, haya sido sustituido por el concepto de usuario. Como pueden imaginar, lo que diferencia a la arquitectura de otras disciplinas artísticas como la escultura, es el trabajo con espacios que deberán ser habitados por su teórico observador, para convertirse en usuario. Por tanto, en mi opinión, cuando un proyecto se realiza pensando en el observador, se aleja del origen mismo de la profesión. Por el contrario, conforme más nos acerquemos al usuario y sus necesidades, más eficaz y coherente será la actuación.

Arquitectura y usuario son dos elementos indivisibles, permitiendo sin embargo, que aparezcan diferentes maneras de dirigirse a este target, ya sea desde una perspectiva funcional, estética o emocional.

En esta línea, el empleo de la nada, no puede sino responder a un deseo de tipo emocional, sensorial, con el cual emplear la arquitectura para actuar en las emociones de sus usuarios, estableciendo con ellos una interacción de carácter sentimental.

Como uno de los grandes referentes de esta arquitectura, en mi opinión, podríamos destacar el museo judío de Berlín, de Daniel Libeskind, un verdadero ejemplo de arquitectura emocional.

A lo largo de dicho museo, el espectador se torna paulatinamente en usuario, casi sin querer. De manera sutil, el continente se convierte en contenido, sin por ello caer en la prepotencia de un protagonismo excesivo. Con gran elegancia y humildad logra asumir este nuevo rol, elevando la mirada cuando se le exige aglutinar toda la importancia, y agachándola cuando la situación le exige asumir un papel más sumiso, donde otorgar el protagonismo a las obras que alberga. Por tanto, convierte la visita al museo en una verdadera experiencia que enriquece, sin lugar a dudas, la colección para la cual surge.

Todo lo que me esfuerce en explicar mediante palabras, no alcanzará ni de lejos lo que realmente supone acceder al edificio personalmente. Por ello, invito a todos a visitarlo.

De este modo, mis escritos serán buenos en tanto en cuanto les traslade las emociones experimentadas en primera persona durante mi estancia allí. No sólo por enriquecer la lectura de estos párrafos, sino por inducir al lector a sentirse partícipe del relato, deseando intervenir en esta experiencia y matizar personalmente mis opiniones. Convertir un vacío en el máximo exponente de la negación, la nada.

Asimismo, la arquitectura será buena, en tanto en cuanto logre trasladar al usuario la satisfacción de una necesidad resuelta, un divertimento gozado o un aprendizaje activo. Al fin y al cabo, permitir al observador-usuario cerrar el ciclo del arte, asumiendo su rol subjetivo para aportar las sensaciones y emoción que toda obra requiere para lograr el apellido “de arte”.



Superar la barrera de lo emocional, por otra parte, resulta realmente difícil dentro de un tablero de juego en el cual cada pieza se convierte en un objetivo igualmente potencial, sea cual sea su procedencia, cultura o condición. Esta reflexión me lleva a poner en duda la esencia misma de la globalización en la arquitectura, empeñada en objetivar seres subjetivos, eliminar sus peculiaridades para dirigirse a ellos de manera inequívoca y lineal.

Del mismo modo que la arquitectura más emocional de toda su historia, la religiosa, ha entendido durante años que debía materializar su discurso de manera completamente diferente en función de su público objetivo, resulta cuanto menos pretencioso, aspirar al logro de edificios globales que a su vez sean capaces de traspasar sus barreras personales.



En este sentido, no cabe duda de que dentro de la arquitectura residencial, será mas sencillo encontrar el objetivo emocional en viviendas unifamiliares de autoconstrucción, donde el usuario final es conocido y parte activa del proceso de diseño, que en los malogrados bloques plurifamiliares donde el promotor se erige en cliente, sustituyendo al usuario por un estándar tan analítico como impersonal, de nuevo un ser subjetivo que tendemos a objetivar.

La industrialización, la globalización y el capitalismo, han logrado convertir la arquitectura en un mercado inmobiliario donde la obtención de beneficios premia sobre la habitabilidad, donde la eficiencia de recursos frena la creatividad; en definitiva, un alejamiento progresivo de la sociedad contemporánea, caracterizada por una participación evidente y constante en el día a día de sus iguales, con cada vez mayores conexiones pseudo-sociales y una creciente borrachera informativa.

No será hasta que nos reencontremos con el nuevo entorno social, que la arquitectura no recuperará su lugar, su papel fundamental dentro del proceso vital del ser humano.



Etiquetas:   Filosofía   ·   Arquitectura   ·   Arte   ·   Sociedad

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