Cuando se busca un viaje se encuentra un sueño

Visitando México me di cuenta de su hermandad, de un país marcado por una dosis de drama y cariño, injusticia y fuerza, no muy distinto a lo que ocurre en nuestro país, no muy distinto de lo que ocurre en cada país latinoamericano, donde la marca de una raza es la sonrisa tímida y el guerrero oculto, durmiente, pronto a despertar.  Me doy cuenta además de una cultura que parece esconderse aún entre sus ríos subterráneos, una cultura que se infiltra en más de 120 dialectos, distintos territorios, en distintos mundos, como escondiéndose del daño que le hemos hecho a su mundo, como escondidos esperando un final a la atrocidad cometida en sus tierras, una cultura que habla de nuestro mundo y de otros más allá. Es la cultura del pueblo Maya, de la cultura indígena que tenemos como los baluartes de nuestro continente, en el norte la sabiduría, la visión y contemplación del universo, en el sur acá abajo, los corazones guerreros nos demuestra la bravura de otro pueblo que hoy también parece estar tapado, segregado y maltratado, nuestro pueblo Mapuche.  Y fue entre éstas cavilaciones que viajaba, abriéndome paso entre construcciones coloniales, entre chozas de palma, de hamacas, de campesinos que cargan sus rifles por la carretera, y donde la violencia parece estar integrada de manera malamente natural.  Fue así cuando de pronto un mundo Maya, sus pirámides, sus esculturas y toda su enseñanza se había transformado en un gran circo de atracciones, donde la cultura gringa pareciese ser la dueña de todo el circuito. Pero ahí estaban, estas grandes construcciones, magnánimas, que quitaban el habla, que ordenaban callar, y entre la tormenta que apenas dejaba ver, parecía que todo se limpiaba, que todo se transformaba y escapaba a otros siglos, donde la admiración del infinito se hacía cíclico.  Comprendí, logré ir entendiendo su sabiduría, como mi cabeza empezaba a dar vueltas, a impregnarse de indignación, al perder todo lo que realmente era parte del ser humano.  Logré entender que los dioses perdonan siempre, que el hombre lo hace muchas veces también, pero que la naturaleza nunca, y era esto lo que ellos sabían, lo que ellos transmitían, porque no eran dueños de la tierra, eran parte de ella.  El equilibrio es el ícono de esos tiempos, tiempos en los cuales la mujer era respetada tanto como la naturaleza, en el cual el hombre pasaba a formar parte de los puntos cardinales; siendo el sur, norte, este y oeste, y la mujer con su complemento arriba el cielo, abajo el inframundo y su vientre el centro, la creación, la fertilidad, y juntos hombre y mujer logrando el infinito.  Pocas veces en mi vida había escuchado un pensamiento más puro, más equilibrado, fue así como me dejé impresionar, como transformé un bigban que me habían inculcado en la mala educación por un infinito entre el hombre y la mujer, y juntos siendo parte de la naturaleza.  Mientras escuchaba todo esto a los pies de la gran pirámide de Chichen Itzá, la lluvia se hacía cada vez más intensa, y con la lluvia en mi cara trataba de seguir aprendiendo, fue cuando un niño atento también a su historia, se acerca con su paraguas y me cubre como tapando el tiempo, como cubriendo el mundo, transmitiéndome la enseñanza de sus ancestros a través de una pequeña sonrisa, que convirtió ese instante en un descubrimiento, en la esencia de un viaje.  En silencio contemplé mi alrededor, esa gran construcción, esas ruinas que hoy despertaban y me mostraban su dolor, su saber que venía de lo más genital de la tierra, como dijo Neruda sobre nuestra otra gran cultura indígena en Perú.  Sin más palabras me retiré, volví en mi viaje, el silencio se apoderó de todo lo que me acompañaba y en mi libreta me sumergí, esto es lo que de mi cuerpo entonces se desangró, de un viaje, de un momento. Cuando se busca un viaje, se encuentra un sueño, un encuentro y a la vez un misterio. No importa que tan lejos vas, sino cuánto buscas, lo importante es ser lo que nos muestra esta tierra, lo importante es no dejar nunca de sorprenderse.

 

.  Me doy cuenta además de una cultura que parece esconderse aún entre sus ríos subterráneos, una cultura que se infiltra en más de 120 dialectos, distintos territorios, en distintos mundos, como escondiéndose del daño que le hemos hecho a su mundo, como escondidos esperando un final a la atrocidad cometida en sus tierras, una cultura que habla de nuestro mundo y de otros más allá. Es la cultura del pueblo Maya, de la cultura indígena que tenemos como los baluartes de nuestro continente, en el norte la sabiduría, la visión y contemplación del universo, en el sur acá abajo, los corazones guerreros nos demuestra la bravura de otro pueblo que hoy también parece estar tapado, segregado y maltratado, nuestro pueblo Mapuche.  Y fue entre éstas cavilaciones que viajaba, abriéndome paso entre construcciones coloniales, entre chozas de palma, de hamacas, de campesinos que cargan sus rifles por la carretera, y donde la violencia parece estar integrada de manera malamente natural.  Fue así cuando de pronto un mundo Maya, sus pirámides, sus esculturas y toda su enseñanza se había transformado en un gran circo de atracciones, donde la cultura gringa pareciese ser la dueña de todo el circuito. Pero ahí estaban, estas grandes construcciones, magnánimas, que quitaban el habla, que ordenaban callar, y entre la tormenta que apenas dejaba ver, parecía que todo se limpiaba, que todo se transformaba y escapaba a otros siglos, donde la admiración del infinito se hacía cíclico.  Comprendí, logré ir entendiendo su sabiduría, como mi cabeza empezaba a dar vueltas, a impregnarse de indignación, al perder todo lo que realmente era parte del ser humano.  Logré entender que los dioses perdonan siempre, que el hombre lo hace muchas veces también, pero que la naturaleza nunca, y era esto lo que ellos sabían, lo que ellos transmitían, porque no eran dueños de la tierra, eran parte de ella.  El equilibrio es el ícono de esos tiempos, tiempos en los cuales la mujer era respetada tanto como la naturaleza, en el cual el hombre pasaba a formar parte de los puntos cardinales; siendo el sur, norte, este y oeste, y la mujer con su complemento arriba el cielo, abajo el inframundo y su vientre el centro, la creación, la fertilidad, y juntos hombre y mujer logrando el infinito.  Pocas veces en mi vida había escuchado un pensamiento más puro, más equilibrado, fue así como me dejé impresionar, como transformé un bigban que me habían inculcado en la mala educación por un infinito entre el hombre y la mujer, y juntos siendo parte de la naturaleza.  Mientras escuchaba todo esto a los pies de la gran pirámide de Chichen Itzá, la lluvia se hacía cada vez más intensa, y con la lluvia en mi cara trataba de seguir aprendiendo, fue cuando un niño atento también a su historia, se acerca con su paraguas y me cubre como tapando el tiempo, como cubriendo el mundo, transmitiéndome la enseñanza de sus ancestros a través de una pequeña sonrisa, que convirtió ese instante en un descubrimiento, en la esencia de un viaje.  En silencio contemplé mi alrededor, esa gran construcción, esas ruinas que hoy despertaban y me mostraban su dolor, su saber que venía de lo más genital de la tierra, como dijo Neruda sobre nuestra otra gran cultura indígena en Perú.  Sin más palabras me retiré, volví en mi viaje, el silencio se apoderó de todo lo que me acompañaba y en mi libreta me sumergí, esto es lo que de mi cuerpo entonces se desangró, de un viaje, de un momento. Cuando se busca un viaje, se encuentra un sueño, un encuentro y a la vez un misterio. No importa que tan lejos vas, sino cuánto buscas, lo importante es ser lo que nos muestra esta tierra, lo importante es no dejar nunca de sorprenderse.

UNETE



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