Una explicación visceral del porqué la clase política está entrampada por las pantallas, sin levantar la mirada a visiones de Estado, mientras la percepción ciudadana va menospreciando la política en un círculo vicioso que es altamente peligroso para la democracia.Quienes escribimos sufrimos a menudo la tentación de mostrar una realidad filtrada por nuestros deseos, remozando situaciones para hacerlas más llevaderas, menos deprimentes. Buscamos racionalmente hacer más predecible el entorno incierto. Adulteramos o podamos quizás los ribetes más dañinos de nuestro devenir, para que, sanamente, se pueda digerir la información cotidiana. Pero ese ejercicio de conocer y abstraer o conceptualizar, no hará jamás variar lo real.




