Consejo Empresarial para la Competitividad, el otro Consejo de Ministros de España



​L​os hemos visto reunirse en varias ocasiones. Se trata de los encuentros (oficiales) del presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, con el Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC), presidido por César Alierta (presidente ejecutivo de Telefónica SA). Empezando por la denominación del consejo; la mezcla de "empresarial" y de "competitividad" es ya para ponerse a temblar. Intuimos que estas reuniones son una escenificación pública (periódica), y que ​los poderosos miembros del CEC tienen línea directa (diaria) con los gobernantes y cargos públicos y políticos. Como con otros atropellos y burlas cotidianas a la ciudadanía, vemos absolutamente normal estos gestos de demostración obscena de poder.

 

s allá del apretón de manos, y llegan hasta las palmaditas en la espalda y la agarrada de hombro. Su rostro destila una alegría ausente en los rictus constreñidos de sus encuentros con los líderes sindicales; o en las ruedas de prensa tras el plasma televisivo; o en las comparecencias en el Parlamento para dar explicaciones por el "caso Bárcenas".

En la última reunión celebrada en julio en el Palacio de la Moncloa (formato almuerzo), Rajoy ya anticipó a los grandes empresarios que "va a seguir, que no va a ceder 'al chantaje'". Actitud jaleada por los consejeros que, por supuesto, le brindaron su "apoyo unánime".

Sin poner mucha imaginación podemos intentar aproximarnos al contenido (secreto) de sus conversaciones.

—CEC: Sí, Mariano, es verdad que la reforma laboral fue "extremadamente agresiva". Pero es que los sindicalistas son unos 'tocapelotas', y los jueces no nos dan la razón siempre.

—Mariano: Tiempo al tiempo. No vamos a borrar a los sindicatos de la Constitución, donde también estáis vosotros. Fátima (Báñez) ya tiene preparado otro real decreto ley, para el próximo mes, con el que se impedirá que os anulen los ERE estos aguafiestas del poder judicial.

—Vale, no podemos acelerar hasta velocidad supersónica. Sabemos que cumples puntualmente las indicaciones de nuestra sucursal patronal (CEOE). Pero considera que la velocidad lenta no nos gusta; ni a nosotros ni al FMI, ni al BCE, ni a la Comisión Europea, ni a Merkel, ni a "los mercados", ni a los capitales... No nos agrada encontrarnos con trabas para imponer nuestro modelo de relaciones laborales; nuestra (santa) voluntad.

—Tranquilos; ya sabéis que siempre soy muy solícito con vosotros. Tomo nota y le transmito vuestros deseos (que son órdenes) a Fátima. Como conocéis, la ministra tiene mucha fe en la Vírgen del Rocío, en el BOE y en los reales decretos ley.

​Deben ser cosas mías, fruto de mi gran imaginación. Quizá influyan las altas temperaturas veraniegas, que me provoquen fiebre. Si no fuera porque las leyes dicen que vivimos en un Estado social de Derecho; porque existe la separación de poderes; porque nos gobiernan los políticos y las instituciones que emanan de la voluntad popular; si no fuera por todo ello, quiero decir, me atrevería a pensar y a escribir que el CEC es un Consejo de Ministros postizo. Pero no, debo ser yo, que veo gobiernos en la sombra donde no los hay, y ministros donde hay consejeros.​ Confieso que, en estos monstruos oníricos de la razón, me dan tanto miedo o más las deliberaciones del Consejo de Ministros de la competitividad empresarial como las del Consejo de Ministros oficial.



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Consejo Empresarial para la Competitividad, el otro Consejo de Ministros de España


​L​os hemos visto reunirse en varias ocasiones. Se trata de los encuentros (oficiales) del presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, con el Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC), presidido por César Alierta (presidente ejecutivo de Telefónica SA). Empezando por la denominación del consejo; la mezcla de "empresarial" y de "competitividad" es ya para ponerse a temblar. Intuimos que estas reuniones son una escenificación pública (periódica), y que ​los poderosos miembros del CEC tienen línea directa (diaria) con los gobernantes y cargos públicos y políticos. Como con otros atropellos y burlas cotidianas a la ciudadanía, vemos absolutamente normal estos gestos de demostración obscena de poder.

 

s allá del apretón de manos, y llegan hasta las palmaditas en la espalda y la agarrada de hombro. Su rostro destila una alegría ausente en los rictus constreñidos de sus encuentros con los líderes sindicales; o en las ruedas de prensa tras el plasma televisivo; o en las comparecencias en el Parlamento para dar explicaciones por el "caso Bárcenas".

En la última reunión celebrada en julio en el Palacio de la Moncloa (formato almuerzo), Rajoy ya anticipó a los grandes empresarios que "va a seguir, que no va a ceder 'al chantaje'". Actitud jaleada por los consejeros que, por supuesto, le brindaron su "apoyo unánime".

Sin poner mucha imaginación podemos intentar aproximarnos al contenido (secreto) de sus conversaciones.

—CEC: Sí, Mariano, es verdad que la reforma laboral fue "extremadamente agresiva". Pero es que los sindicalistas son unos 'tocapelotas', y los jueces no nos dan la razón siempre.

—Mariano: Tiempo al tiempo. No vamos a borrar a los sindicatos de la Constitución, donde también estáis vosotros. Fátima (Báñez) ya tiene preparado otro real decreto ley, para el próximo mes, con el que se impedirá que os anulen los ERE estos aguafiestas del poder judicial.

—Vale, no podemos acelerar hasta velocidad supersónica. Sabemos que cumples puntualmente las indicaciones de nuestra sucursal patronal (CEOE). Pero considera que la velocidad lenta no nos gusta; ni a nosotros ni al FMI, ni al BCE, ni a la Comisión Europea, ni a Merkel, ni a "los mercados", ni a los capitales... No nos agrada encontrarnos con trabas para imponer nuestro modelo de relaciones laborales; nuestra (santa) voluntad.

—Tranquilos; ya sabéis que siempre soy muy solícito con vosotros. Tomo nota y le transmito vuestros deseos (que son órdenes) a Fátima. Como conocéis, la ministra tiene mucha fe en la Vírgen del Rocío, en el BOE y en los reales decretos ley.

​Deben ser cosas mías, fruto de mi gran imaginación. Quizá influyan las altas temperaturas veraniegas, que me provoquen fiebre. Si no fuera porque las leyes dicen que vivimos en un Estado social de Derecho; porque existe la separación de poderes; porque nos gobiernan los políticos y las instituciones que emanan de la voluntad popular; si no fuera por todo ello, quiero decir, me atrevería a pensar y a escribir que el CEC es un Consejo de Ministros postizo. Pero no, debo ser yo, que veo gobiernos en la sombra donde no los hay, y ministros donde hay consejeros.​ Confieso que, en estos monstruos oníricos de la razón, me dan tanto miedo o más las deliberaciones del Consejo de Ministros de la competitividad empresarial como las del Consejo de Ministros oficial.




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