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La iniciativa de Antonio Sandalio de Arias para la institucionalización de la enseñanza agraria en España en la época afrancesada


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01/07/2013

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Introducción



En el presente trabajo analizamos la iniciativa de Antonio Sandalio de Arias[1], personaje fundamental en la historia de la agronomía española en la época de la crisis del Antiguo Régimen, a favor de la institucionalización de la enseñanza agraria en España. Su proyecto se fecha en la época afrancesada y está en el origen de la fundación de la primera red de cátedras de agricultura en la época de Fernando VII, bajo los auspicios de la Real Sociedad Económica Matritense[2].



 



El proyecto



Antonio Sandalio de Arias preparó un extenso discurso sobre un plan para la formación de un plan de escuelas de agricultura y que leyó en la junta de la Sociedad Económica Matritense del día 4 de noviembre de 1809. Las ideas de Arias eran ambiciosas. Nuestro protagonista reconocía que había dedicado parte de su tiempo a reflexionar sobre dos cuestiones: cómo se podía fomentar el interés del labrador, y cómo habían de propagarse los conocimientos agronómicos, es decir las dos preguntas que venían haciéndose los ilustrados desde hacía varios decenios.



            Arias pretendía que se abriese una escuela de agricultura en cada capital de provincia o en las poblaciones, que por alguna circunstancia, fuesen más adecuadas para ser sede en vez de la capital. Dichas escuelas estarían bajo la dirección de la Sociedad Económica de Amigos del País correspondiente a través de unas juntas de dirección. Las escuelas deberían autofinanciarse a través de la producción que sacasen de las tierras donde se practicaran los cultivos. Se establecería una plantilla de cinco miembros: un jardinero mayor que actuaría como profesor de agricultura además de ser el responsable del centro educativo, un ayudante, un maestro de dibujo para enseñar geometría y planimetría, un mozo de labranza que se haría cargo de la yunta de bueyes y del caballo y, por fin, un portero. Además de esta plantilla común y fija, Arias consideraba la necesidad de contar con algunos jornaleros.



            La matrícula sería libre aunque debían exigirse algunos requisitos para poder formularla: saber leer, escribir y contar. Además, se hacía imprescindible presentar informes de buena conducta. Otro tipo de alumno era el aficionado a la agricultura que, por sus obligaciones personales no podía asistir a las clases teóricas, pero podría hacerlo a las prácticas. La matrícula sería gratuita y los materiales que fueran necesarios correrían a cargo de la escuela, aunque cada alumno debía mantenerse por sí mismo y no recibirían ningún tipo de remuneración por el trabajo agrícola. Los alumnos estarían sujetos a la autoridad del jardinero mayor aunque éste no podría expulsar a ningún alumno, ya que esta era una competencia de la junta de gobierno. Para que no se resintiese la autoridad del jardinero, éste debía estar en contacto permanente con dicha junta para los castigos que, por otro lado, nunca podrían ser físicos.



            No se establecían límites temporales para el aprendizaje. Arias partía de un concepto pedagógico muy moderno, ya que valoraba la distinta capacidad del alumno. Se les examinaría en función de sus progresos personales, comprobados en exámenes públicos. A los alumnos se les entregaría un certificado correspondiente.



            El plan de enseñanza se dividiría en una parte teórica y en otra práctica en lecciones que se acomodarían al calendario rural y, por ello, ordenadas en función de las tareas agrícolas que se realizan en cada estación. La teoría se impartiría los lunes, miércoles y viernes que no fueran festivos, de ocho a diez de la noche en invierno, y de diez a doce de la mañana en verano. Todos los días se dedicaría un tiempo para la aplicación práctica de lo aprendido. De esa manera se podría comprobar el grado de asimilación de los conceptos enseñados. Las clases específicas de dibujo y geometrías aplicadas se impartirían los martes, jueves y viernes por la noche. El curso comenzaría en enero y se prolongaría todo el año sin vacaciones, pero como los dos primeros meses del año no ofrecían muchas posibilidades para hacer prácticas en el campo, a causa de los ciclos agrícolas, debían hacerse algunos ajustes horarios en las clases teóricas para poder avanzar en el aprendizaje.



            El programa educativo era muy amplio; se ordenaba en lecciones rurales teórico-prácticas: fisiología vegetal, abonos, semillas, cultivos, alternancia de los mismos, árboles, vida, olivo, cultivo de tipo industrial (cáñamo y lino) y ganadería. Este programa debería ser común para todas las escuelas del reino. Como medio para unificar este programa se proponía la redacción de un manual. Pero Arias era consciente de que había muchas particularidades relacionadas con la agricultura en un país tan extenso como España. Por eso, pensaba que cada Sociedad tendría que encargarse de la elaboración de un suplemento específico al manual común donde se recogerían las variaciones agrícolas regionales y los cultivos propios.



            Las clases prácticas se desarrollarían en un terreno de unas cincuenta fanegas de cuatrocientos estadales de diez pies. En ese terreno o en las cercanías del mismo se necesitaría un edificio apropiado para que se pudieran alojar los dependientes de la escuela, guardar los ganados, los aperos y los frutos de las cosechas. El terreno se dividiría en seis partes: una de treinta, dos de cinco y otras dos de tres fanegas. El repartimiento  del terreno dependería de cada zona, pero Arias proporcionaba una serie de instrucciones, suponiendo que la superficie total fuese regular. Cerca de la casa y de un manantial o depósito de agua se abriría una de las divisiones de cinco fanegas para el cultivo de regadío: hortalizas, legumbres, frutos comestibles, plantas de adorno y flores; sería la huerta-jardín. Esta parcela se dividiría en diez canteros, y cada cantero en diez eras iguales. Cerca de la huerta-jardín se marcaría una porción de terreno de las de cuatro fanegas destinada a vivero de árboles. Esta parcela se dividiría en dieciséis cuadros de cien estadales cada uno; cada cuatro en diez canteros y cada cantero en diez eras, de la misma manera que se había planteado en la huerta. La tercera división sería de cinco fanegas y para cultivos de secano de olivo, permitiendo entre ellos el de trigo y de leguminosas. Para facilitar esta combinación habría que plantar los olivos a mayor distancia de la acostumbrada, es decir a unos cuarenta pies. Esta alteración sería una novedad agronómica con el fin de demostrar que era sumamente positiva porque se aprovechaba mejor el suelo. La cuarta división constaría de tres fanegas de tierra con la misma subdivisión que se viene reflejando para las otras. Esta porción estaría destinada a los cultivos de olivo y viña. En este caso también quería Arias novedades, alterándose la costumbre de los labradores en la relación entre estos dos cultivos. Al parecer, lo común era plantar doble número de cepas que de olivos, pero nuestro agrónomo prefería que no se pusiese más que una cepa entre cada dos árboles por las mismas razones que para el caso del olivo y del cultivo de trigo. La quinta parcela sería de las de tres fanegas para viñas, vigilando la distancia entre cada cepa. Por fin, la sexta porción correspondería a la parte más grande del terreno: treinta fanegas para el cultivo de cereales y leguminosas o para cultivos propios de cada área geográfica.



            El terreno total de cada escuela debía cercarse según los usos de cada zona, aunque lo común, para Arias, era levantar una cerca con plantas vivas por su economía, y porque serviría como materia de aprendizaje.



 



La discusión en la Sociedad Económica Matritense



            El plan general presentado por Arias fue examinado por una comisión de la  Real Sociedad Económica Matritense, formada por Ramón Risel, José Garriga y José María Celas y Muñoz[3]. En el informe que presentaron recomendaron las ideas del autor, así como su gran utilidad, pero hicieron algunas objeciones. Les parecía excesivo el número de escuelas propuestas, el programa de estudios debía ajustarse a saberes más agronómicos y botánicos, prescindiendo de las enseñanzas del dibujo y de las matemáticas, que serían, siempre según el dictamen, materias propias de otro tipo de escuelas de agricultura o rurales. Por otro lado, se hacía preciso vincular aún más los empleados con las escuelas, dándoles la oportunidad de participar en el fruto de las cosechas sacadas más que dotarles con salarios. Por último, echaban en falta una mayor preocupación por la repoblación de los montes. Este informe se leyó en junta de la Sociedad en el mes de octubre y se decidió que sus autores se pusieran de acuerdo con Arias para que se redactase un plan definitivo con el fin de elevarlo al gobierno[4]. Pero el asunto se retrasó, seguramente por la inestabilidad del momento. En la junta de 8 de junio de 1811 se acordó que, a petición del propio Arias, se recordase a Risel que devolviese el proyecto de escuelas y que se remitiese a la Comisión Interina de Agricultura de la Sociedad, que venía a sustituir a la Clase de Agricultura en el período histórico afrancesado de la corporación[5]. Risel cumplió lo pedido. En la Comisión se volvió a leer el proyecto de Arias y el informe realizado durante gran parte del mes de julio, decidiéndose que el plan contenía ideas apreciables aunque otras necesitarían una mayor maduración o discusión. Se pensó que debía guardarse en el archivo de la corporación para tenerlo en cuenta cuando se le encargase a alguien un plan general de enseñanza agraria. Esta decisión fue ratificada por la junta de la Sociedad[6]. Así pues, el proyecto de Arias quedó en suspenso en ese momento y tuvo que esperarse a que terminase la guerra para volver a tenerse en cuenta.



[1] Sobre Arias: MISAS JIMÉNEZ, R.E., “Un profesor de la enseñanza agrícola desde la Real Sociedad Económica Matritense: Antonio Sandalio de Arias (1809-1820)”, en Asclepio, vol. 48, fácil 1. (1996), págs. 101-122; MONTAGUT CONTRERAS, E., “Las tablas sinópticas de agricultura y ganadería de Antonio Sandalio de Arias: un esquema pedagógico agropecuario en el siglo XIX”, en Torre de los Lujanes, nº 44, (2001), págs. 255-265”; el artículo citado de este autor sobre la enseñanza de la agricultura en la crisis del Antiguo Régimen (ver nota segunda), y también, “Las cartillas agrarias en la crisis del Antiguo Régimen”, en Torre de los Lujanes, nº 52, (2004), págs. 87-101.



[2] Hemos estudiado esta etapa en: MONTAGUT CONTRERAS, E., “La enseñanza de la agricultura en España en la crisis del Antiguo Régimen”, en Torre de los Lujanes, número 40, (1999), págs. 197 y ss.



[3] Archivo de la Real Sociedad Económica Matritense, ARSEM, legajo 206/19.



[4] ARSEM, libro de archivo, A/110/36, junta de 20 de octubre de 1809.



[5] ARSEM, libros de archivo A/110/36, junta de 8 de junio de 1811 y A/110/50, junta de 3 de julio de 1811.



[6] ARSEM, libro de archivo A/110/50, junta de 17 de julio de 1811.









Etiquetas:   Agronomía
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