Extraño ver las olimpiadas. No es que no haya visto algunos de los deportes que durante 24 horas transmite la TV nacional (aún cuando los “horarios estelares” se rotan entre unos pocos); sino que extraño sentarme frente a la tele, durante horas, escuchando en sordina las protestas de mi mamá, la amenaza del fin de las transmisiones durante el tiempo de novela, el nerviosismo de la espera por el evento de turno.




