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Incendios forestales. Consecuencias y posibles soluciones


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11/07/2012

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Ha pasado una semana desde que se dieron por extinguidos los incendios declarados en los municipios de Andilla y Cortes de Pallás (Valencia), la estimación oficial de superficie calcinada entre ambos se cifra en unas 50.000 hectáreas, además se produjo la muerte de un piloto de helicóptero durante unas maniobras en el embalse de Forata, constituyendo de esta manera uno de los desastres ambientales más importantes producidos en España en los últimos años.

Durante los días que duró el incendio mucho se habló sobre la disponibilidad de medios, la gestión de las administraciones y a la par surgieron numerosas iniciativas populares de muy buena voluntad para comenzar replantaciones, etc. Ahora con las llamas apagadas y las cenizas cubriendo el monte, es hora de mantener la cabeza fría e intentar evaluar correctamente los daños y determinar las soluciones más oportunas.

Consecuencias.

Es evidente que durante un incendio la biodiversidad de una zona queda sensiblemente mermada, vegetación calcinada, muerte de animales o su huida a otras zonas, además de esa estampa grisácea que convierte un vergel en un terreno vacio de vida. Pero aparte de lo obviamente visible, el suelo pierde totalmente su estructura pudiendo ser arrastrado fácilmente por el viento y la lluvia, perdiendo gran parte de su potencial de regeneración, arrastrando los nutrientes liberados con las cenizas y pudiendo estos eutrofizar las aguas, a la par que se incrementa sustancialmente el riesgo de inundación por haberse eliminado la función de retención de la vegetación, así como la posible colmatación de embalses debido a las grandes cantidades de sedimentos movilizados.

Si bien en el ámbito Mediterráneo los incendios son un mecanismo natural de regeneración, las gran magnitud y recurrencia de los incendios en las últimas décadas, unido a una topografía montañosa y un clima seco, suponen un primer paso hacia la desertificación del territorio.

Prevención y actuaciones post-incendio.

Muchas son las voces que alegan que el monte está demasiado “sucio” o que hay mucha “maleza”, haciendo referencia con estos términos despectivos a todo aquello que no sean árboles. Bien, si nos dedicamos a quitar toda esa “maleza” de nuestros bosques, ya no será necesario que se quemen pues los habremos destruido casi por completo. El bosque es algo más que los árboles de mayor porte, pues la presencia de árboles no es más que un estadío más avanzando de la sucesión ecológica a la que nunca se hubiera llegado sin la presencia de esa “maleza”, la cual ha preparado el terreno y proporciona el medio adecuado para que crezcan los árboles de mayor porte. Si retiramos todas esas especies, eliminaremos la mayor parte de la biodiversidad del bosque dejando tan solo un monocultivo expuesto irremediablemente a la erosión hídrica y eólica, con unos aportes de materia orgánica muy inferiores a los que habría con las “malezas” y que no servirá para frenar inundaciones y avenidas, ni la desertificación entre otros problemas.

Creo que con los medios tecnológicos actuales sería mucho más sencillo y más correcto ambientalmente, el desarrollo de un sistema vía satélite que detecte un incendio cuando tan solo es una pequeña hoguera, y poner los medios para que en media hora esté presente una brigada anti-incendios y den por zanjado el problema antes de que sea incontrolable. Creo que en el año 2012, no es nada descabellado.

Por otro lado he visto, sobretodo en redes sociales, multitudinarias convocatorias para replantar inmediatamente los bosques afectados y todas ellas llenas de buena voluntad y de ganas de ayudar. Pero la naturaleza tiene sus ritmos y sus mecanismos, y hay que respetarlos.

En primer lugar es inviable plantar nada en verano, primero porque con la sequedad propia de la estación es difícil la germinación y menos aún en un terreno cuya estructura está a merced de los elementos. Además los ecosistemas mediterráneos tienen sus propios medios de regeneración, como semillas que quedan enterradas hasta que se dan las condiciones idóneas para germinar o plantas que pueden crecer de brotes y cepas que se encuentran sepultadas, por lo que en muchos casos es mejor no intervenir a fin de no modificar las condiciones del suelo y romper el proceso natural de regeneración.

A grandes rasgos (pues los estudios pormenorizados identificarán para cada zona sus prioridades), lo principal sería evitar por todos los medios la pérdida de suelo y por “suerte” hay cierto tiempo para esto pues quedan aún unos 3 meses hasta la llegada de las lluvias y tormentas intensas, posteriormente habría que mejorar las condiciones de este para que las especies “pioneras” comiencen a colonizar el territorio y se inicie de nuevo la sucesión ecológica, replantando en las zonas que se determine siempre con especies de la misma zona y que correspondan a cada fase y recordando que la casa se empieza por los cimientos y que no podemos llegar y plantar pinos y más pinos de buenas a primeras. Eso no es un bosque, es un monocultivo de pinos.

 Conclusión.

El tema es complejo he intentado ser breve, pues no es objeto de esta columna realizar un artículo científico sino más bien una columna informativa para los que no estén muy puestos sobre estas cuestiones, por ello la conclusión que extraigo para poder salvar una situación tan grave como esta es que las administraciones no deberían escatimar medios para ponerlos a disposición de los técnicos adecuados, los cuales decidirán las actuaciones a realizar en cada zona y los plazos para ello y una vez determinado esto, la población en general tendría que volcarse en colaborar con lo que se precisara. Esto sería garantía de una buena recuperación de los ecosistemas, además de una excelente muestra de organización social. 

Por último decir, que también se debe evitar por todos los medios cualquier intento de especulación sobre los terrenos quemados, pues ya no solo sería una tragedia ecológica sino también democrática y de sentido común. Pero eso ya es otra cuestión.





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