Nos encontramos en la recta final de un sexenio
más. En ésta coyuntura los candidatos a la presidencia de la República han
expresado su deseo de debatir sobre la agenda nacional de nuestro país. El
debate y análisis de las ideas es un ejercicio necesario, sin embargo, la
reflexión no sólo debe darse al interior de la clase política. La difícil
situación que enfrenta México nos debe mover al análisis a todos los mexicanos
sobre qué país queremos ser, qué tipo de sociedad aspiramos a ser en el siglo
XXI.
Si bien es cierto que México es un país de
renta media-alta, de acuerdo a los criterios establecidos por el Banco Mundial,
no debemos perder de vista que también es un país con un severo problema de
pobreza. Las últimas cifras oficiales que publicó el Consejo Nacional de
Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) sobre la pobreza en
2010, indican que en nuestro país hay 57.7 millones de personas en pobreza de
patrimonio, es decir, mexicanos cuyo ingreso es insuficiente para adquirir una
canasta de alimentos y para hacer los gastos necesarios en salud, educación,
vestido, vivienda y transporte, incluso si la totalidad del ingreso se destinara
únicamente para la adquisición de éstos bienes y servicios; sólo por mencionar
el caso de la pobreza medida desde la perspectiva del ingreso.
Además, el crecimiento de la economía mexicana
ha sido seriamente bajo a lo largo de los últimos años. La tasa de crecimiento
promedio del Producto Interno Bruto (PIB) entre 1990 y 2010 es del 2.6%, y del
1.9% si sólo nos referimos a la última década (2000 – 2010), mientras que
países como China y la India crecieron a tasas alrededor del 9% y 6%,
respectivamente, en el mismo período de tiempo. Este lento y modesto
crecimiento económico ha tenido un impacto negativo en la generación de empleo
formal y en la reducción de la pobreza.
Por otra parte, la desigualdad en la
distribución del ingreso sigue siendo alarmante. El ingreso per cápita
corriente promedio del decil X, el cual concentra a los ciudadanos más ricos,
es 26 veces más grande que aquel del decil I, el que concentra a la gente más
pobre. No conforme, México ocupa el penúltimo lugar dentro de la clasificación
de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
(OCDE), en materia de desigualdad de ingresos, sólo por encima de Chile.
El crecimiento económico sostenido, la
reducción sustancial de la pobreza – en términos absolutos – y la desigualdad
del ingreso siguen siendo asignaturas pendientes. Desafíos que hay que
enfrentar cuanto antes a través del debate de las ideas que lleve al diseño e
implementación de una nueva estrategia de desarrollo socioeconómico sistémico.
En éste proceso los ciudadanos en su conjunto debemos jugar un papel activo y
central. Debatir el presente con una perspectiva clara de lo que deseamos ser
como país, y exigirle a la clase política por medio del ejercicio del voto y de
una enérgica demanda pacífica y sustentada en el conocimiento, nos llevará a
construir un mejor futuro para México.
Los ciudadanos debemos jugar un papel dinámico en la discusión del México del siglo XXI. ¿Deseamos ser, y es conveniente, una sociedad con altos niveles de consumo? ¿Aspiramos a ser una sociedad con altos niveles de ahorro? Qué cambios institucionales son necesarios para apoyar la construcción del patrimonio individual en México? ¿Qué sistema de partidos políticos o sistema político en general deseamos y requerimos para llevar a cabo la transformación estructural que permita construir una sociedad mexicana de clases medias consolidadas y sostenibles con niveles de ingreso medio-alto? ¿Cómo debemos atender nuestra dependencia económica con Estados Unidos? En el contexto actual nacional e internacional, ¿Cuál debe ser el papel del Estado mexicano para iniciar una nueva era de crecimiento y desarrollo? Tan sólo unas cuantas preguntas, para invitar a la reflexión, de las múltiples que nos debemos hacer para reencausar nuestro proyecto de desarrollo.
La evidencia empírica es contundente, los
números no mienten. El modelo económico mexicano actual ha dado muestras de incompetencia
y debilidad. Está agotado. Por eso es relevante convocar al país en su conjunto
al debate, análisis y reflexión. Es imprescindible replantear el modelo de
crecimiento y desarrollo. Es necesario implementar una estrategia de
crecimiento económico inclusivo para reducir la pobreza y la desigualdad de
ingresos. Los programas de transferencias condicionadas de recursos, como Oportunidades (antes Progresa), han resultado ser una
herramienta insuficiente para reducir los niveles de pobreza en un contexto de
bajo crecimiento económico. Una nueva estrategia debe estar sostenida por,
cuando menos, tres pilares esenciales: uno, el fortalecimiento de las finanzas
públicas federales, estatales y municipales, siendo éstas últimas las que
ameritan mayor atención, y la revisión del federalismo fiscal actual para dotar
de mayores recursos a aquellos estados y municipios que concentran profundos rezagos
diversos. Un sistema de monitoreo, rendición de cuentas y transparencia debe
acompañar a éste pilar. Dos, una reforma del mercado laboral que tenga como
objetivo la creación de una estructura de incentivos para facilitar la
generación de empleo formal, reducir la movilidad de los trabajadores de
salarios bajos del sector formal al informal, estimular que las micro, pequeñas
y medianas empresas surjan, se desarrollen y permanezcan en el sector formal de
la economía. Tres, un crecimiento rural inclusivo con base en el incremento de
la productividad del sector agrícola. De manera paralela, ésta estrategia debe
estar complementada por una rigurosa reforma en los sistemas nacionales de
educación, salud y seguridad social con el objetivo de transitar hacia un
sistema universal.
La coyuntura actual y la proximidad de las
elecciones presidenciales han llevado a que este sea el tiempo de los
ciudadanos. La democracia participativa debe ser hoy el camino más que nunca
antes. Ésta desempeña un papel vital en la implementación y en la mecánica de
un modelo de crecimiento económico inclusivo como el descrito, muy a grosso
modo, líneas arriba.
Estos deben ser tiempos de debate y reflexión sobre el presente y futuro de México, no sólo dentro de la clase política. La participación ciudadana es fundamental para exigirle a los poderes ejecutivo y legislativo, y al sistema de partidos políticos, la implementación de una nueva estrategia de desarrollo socioeconómico que atienda los desafíos que en la actualidad impone el mundo globalizado, y que conduzca a la construcción de un México innovador, competitivo, moderno, próspero y justo.
* Investigador. Economista, PhD. Center for Development Research (ZEF). Universidad de Bonn. Alemania
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