El IBI de la vergüenza

 

 

. Se muestra iracundo y desnortado. Le cuesta encajar opiniones ajenas. Procesa sus peroratas con formularios y tics de similar diseño. Algunos dicen que es convincente. Más bien creo que su retórica se asimila a la del papagayo. Se considera listo, y bien que lo es. Llega incluso al sobresaliente en eso de vivir del cuento, o sea, de la política durante más de dos décadas. Esta larga distancia tiene un gran mérito que no está al alcance de cualquier currante. Para conseguir este record hay que tener buen cemento, anchas espaldas y ausencia de escrúpulos. Aquí no ha mediado lo de ‘toco y me voy’. Cuando la cosa engancha se da preferencia a lo de ‘toco y me quedo’. Y ahí sigue proponiendo miserias sin el más mínimo rubor. Me estoy refiriendo don Alfredo P. Rubalcaba.

Para distraer la carencia de iniciativas, ahora se le ha ocurrido lo del IBI a la Iglesia Católica. Es posible que el muñidor de la idea no haya sido él y la cábala emane de una testa atascada de ‘ideas’. Y es que a Rubalcaba le pasa con esta propuesta lo que a mis masas bizcocheras cuando relajo el ocio con enredos de cocina. En lugar de subir, las masas bajan. En lugar de esponjarse se engrudan. Es cuestión de táctica y de técnica y don Alfredo está ya un tanto desfasado y, además, asesorado por mediocres. Lleva muchos años disfrazando verdades y, lógicamente, todo tiene su tiempo.

Con apretados apuros el señor Pérez Rubalcaba consiguió encaramarse al pescante del carromato socialista y coger sus riendas de dirección. Pero a pesar del dominio hábil en el manejo de las riendas, la caballería se le empieza a desbocar. Tras la gran travesía como urdidor destacado en el anterior Gobierno y agotados ya sus recursos de acción, son palmarias las limitadas capacidades operativas de sus propuestas. No aplicó su propia medicina cuando pudo hacerlo, y ahora no para de estorbar con mágicas pócimas. La cresta de la ola le mola. Intenta impactar con sus genialidades. Se esfuerza en tensionar aprovechando el rio revuelto. Pero el carromato no avanza.

A pesar de su tiempo y de anteriores negativas, ahora propone la magistral idea de que se cobre el Impuesto de Bienes Inmuebles, IBI, a la Iglesia Católica. Y se muestra feliz con la genialidad parida. Sabe perfectamente que la Iglesia, al igual que otras entidades, fundaciones, instituciones y resto de organizaciones de actividades no lucrativas están exentas de este impuesto, máxime en este caso regulado por un convenio entre el Gobierno y la Santa Sede que ampara la no aplicación del impuesto. El señor Rubalcaba no ha pedido el cobro del IBI para los millonarios clubs de fútbol y deportivos, o para los sindicatos, Sociedad General de Autores, y resto de sedes lucrativas. Tampoco lo ha pedido para las confesiones hebreas, musulmanas ni evangélicas. Lo ha pedido para la Iglesia Católica como premio, digo yo, a la inmensa labor social que hace en España, tanto a través de Cáritas, como en hospitales, lazaretos, desahuciados, necesitados y centros de enfermos terminales.

El mensaje de Rubalcaba es oportunista. Está dirigido a recuperar parte del voto perdido. Intenta que retorne el voto radical de sus intereses y simpatías, y para ello hay que proponer medidas radicales que ofendan a las mayorías. Es su táctica. A veces le ha funcionado. En esto es maestro. Pero en esta ocasión juega con la desventaja de sus propios. Le están aplicando tácticas de acoso y desgaste. Los chaconistas saben de sus glorias próximas al igual que palpan el ocaso rubalcabesco.

Con el IBI ha errado. Triunfa la sensatez.

UNETE



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