Por
estos días la Masonería Chilena celebra los 150 años de historia de su
directiva nacional, llamada Gran Logia de Chile, es decir la instancia que
regula el funcionamiento de las logias de todo el país, que están bajo su
mandato y jurisdicción. Por lo mismo, es la celebración de la fundación de la
Masonería Chilena.
Es
tradición masónica, desde tiempos inmemoriales, que las logias masónicas estén
presididas por una Gran Logia, la que a su vez es la única que puede reconocer
y autorizar la existencia de logias. Así, la Masonería regularmente constituida
solo puede existir en la medida que exista una Gran Logia que la conduzca, aun
cuando para constituir una Gran Logia se requiera la existencia de tres logias.
En
la misma tradición masónica se establece que toda Gran Logia debe ser
reconocida por otra Gran Logia en el mundo que esté constituida con la misma
regularidad ya señalada.
El
24 de mayo de 2012, se celebra la fundación de la Gran Logia de Chile, por
parte de 4 logias chilenas, que se separaron del Gran Oriente de Francia en
1862. Ese proceso fundacional fue reconocido por la Gran Logia de Massachusetts
posteriormente.
LA
FUNDACION: UN ACTO ÚNICO
Al
dar una mirada a lo que ocurrió hace 150 años, en los tiempos incipientes de la
Masonería chilena, debemos necesariamente reconocer la condición particular en
que se produce este hecho, en el marco de un momento espiritual, político y
social, determinado por ciertos procesos que la sociedad chilena estaba
entonces viviendo.
Permítanme,
sin embargo, hacer presente que muchas veces hablamos de nacimiento de la
Masonería chilena, afirmación con la cual tengo cierta discrepancia, aunque a
veces tendemos a repetirla con cierto acostumbrado lugar común debido a que la
afirmación tienes dos perspectivas, una de las cuales si es plenamente
efectiva.
Esto
sobre la base de que, para que naciera la Gran Logia de Chile hace 150 años,
era necesario que, previamente, existiera una historia embrionaria, y esa
historia nos diera certezas de un quehacer, de un trabajo de masones que fuera
capaz de sustentar la fortaleza de una decisión como la que se consagró el 24
de mayo de 1862. Y soy de los convencidos de que los antecedentes previos, y
los desarrollos de la idea de un poder masónico nacional, autónomo e
independiente, solo fueron posibles porque en los cincuenta años previos
existió una potencialidad que rebaza lo que es el antecedente de la logia
“Unión Fraternal”, concebida bajo la cálida matriz de la “L´Etoile du
Pacifique”.
Creo
que, para ello, debemos superar las convenciones de cierta comprensión
formalista de la regularidad, antecedente que no tiene más historia que la que
comenzó a establecerse a partir de la unificación de los “Antiguos” y
“Modernos”, en la segunda década del siglo XIX, y que tardó más de 50 años en
establecerse como un dato potente de una masonería bien constituida.
Efectivamente, si tenemos aquello claramente asumido, y si entendemos que en la
propia Europa se generó un amplio movimiento masónico fuera de esas referencias
de arraigo rector por muchos años, no podemos sino reconocer que hubo masonería
cierta y verdadera, no solo en la Logia “Filantropía Chilena”, sino también en
la logia “Lautaro”, que llegó con el Ejército de los Andes y en la logia “Aurora”,
que Camilo Henríquez presidiera, cuando la anterior ya se había extinguido, y
cuyos vestigios se encuentran en evidencias referenciales que, probablemente,
con el tiempo podrían consolidarse.
Las
preocupaciones de Portales, el Ministro símbolo del despotismo pelucón,
artífice de un retroceso restaurador del conservadurismo político colonial y
pechoño, en sus cartas políticas, da cuenta de que, en el poder del Estado, en
aquellos años, había una preocupación por la existencia de logias, como también
lo da cuenta la prensa de la época, en su ponzoña de trinchera.
Creo
que el proceso restaurador portaliano, que tuvo el nervio y la sangre del
oscurantismo político y espiritual, hizo que ese proceso embrionario de la
masonería chilena fuera cubierto por un tejado de tanta eficacia, que sus
vestigios quedaron incluso velados para la historia y el testimonio. Por lo
menos hasta ahora.
No
fue un problema para el régimen pelucón, sin embargo, que surgieran logias en
los años 50 del siglo XIX. De una u otra manera, el gobierno de Montt y Varas
habían tenido que soltar las amarras del Estado policiaco que impuso
Portales, en beneficio del crecimiento
comercial, minero y financiero, radicado esencialmente en Valparaíso y Copiapó,
lo que hacía necesario relativizar las condiciones de represión que habían
establecido sus predecesores. Sin ello, tal vez la formación de algunas logias
no chilenas habría sido un proceso también muy encubierto y sin los
antecedentes que hoy manejamos con tanta certeza.
Entonces,
teniendo presente esos procesos, lo que vino ocurrir un 24 de mayo de 1862, fue
la decisión de consagrar una Masonería autónoma e independiente, soberana,
chilena y nacional, en el exacto sentido de lo que esos conceptos implican. Y
cuando hablamos de esa fecha, que conmemoramos por estos días en su condición
sesquicentenaria, lo que glorificamos y exaltamos en nuestra memoria, es la
fundación de la Gran Logia de Chile, y lo debemos decir con mucho orgullo: “de
Chile”.
Y
aquí tenemos que detenernos en algo de suma trascendencia y que nos ubica en la
fortaleza de nuestra identidad masónica, y en el hecho histórico que trasciende
lo simplemente formal. El episodio de la designación de un Gran Maestro, en el
Gran Oriente de Francia, en la persona de un profano, que no era un acto
desacostumbrado en las tradiciones realistas de la Europa de entonces, para ese
grupo pequeño de masones chilenos, republicanos y espiritualmente
emancipacionistas, aquello constituyó un episodio intragable y tan extraño a la
lógica de un verdadero contexto iniciático, que simplemente prefirieron
impugnarlo con un acto de soberanía.
Ese
NO a la entronización del profano Mariscal Magnan, como Gran Maestro, debemos
reconocerlo y reivindicarlo como un hecho único en la historia de la Masonería
Moderna. La peculiaridad de esa decisión, que seguramente produjo alguna
humorada francesa en las logias metropolitanas, tiene una grandeza que debe
llenarnos de orgullo, porque en ese alargado borde de Sudamérica, colgado de
las montañas andinas hacia el Pacífico, en ese remoto y en muchos sentidos
ignoto lugar, tan distante de la metrópoli imperial, un grupo de chilenos hizo
una afirmación distinta y efectiva en torno a la comprensión de la cualidad
iniciática del hecho masónico.
Y
en ese contexto, como muchas veces lo hacemos los chilenos, aquella
determinación de asentamiento firme en los principios, toda vez que se vindicó
que solo puede dirigir la Orden Masónica un iniciado en nuestras prácticas y
doctrinas, un masón que haya vivido el proceso iniciático en sus formas y
fondo, constituye un antecedente robusto para indicar que, con ello, esos
recios masones del siglo XIX que exaltamos en su trascendencia, tuvieron el
vigor de hacer una afirmación potente en una idea de regularidad masónica
intachable.
LA
FUNDACION DE UNA IDENTIDAD.
Este
hecho fue único en los territorios de ultramar del Gran Oriente de Francia. Tal
vez irrelevante para la lógica metropolitana. Pero ese acto peculiar para
aquellos que estaban en Paris, nos dio la estirpe que nos ha caracterizado. Nos
hizo emancipados y autónomos, nos dio la libertad para reconocernos en nosotros
mismos como Masones Chilenos.
Sin
embargo, aquel acto de profunda afirmación masónica, necesariamente debía
arraigarse en la tradición masónica universal, que indica que toda Gran Logia
debe ser reconocida por un poder constituido en la tradición. Y allí viene a
manifestarse un nuevo elementos distintivo que debemos analizar en el contexto
de su época y en la forma como aquellos precursores de nuestra Orden entendieron
sus objetivos.
Así,
no golpearon las puertas de ninguna Gran Logia europea, sino que lo hicieron
ante quienes tenían un acento y una historia mucho más cercana a la condición
espiritual que estaba latente en el sentir de la incipiente Gran Logia de Chile:
lo hicieron ante una Masonería que representaba la esencia del emancipacionismo
espiritual de un nuevo mundo, ante una Masonería que representaba el
republicanismo en su más elevado sentido. Primero trataron de hacerlo ante la
Gran Logia de California y luego ante la Gran Logia de Massachusetts.
No
lo hicieron ante poderes masónicos realistas o determinados por tradiciones
abrochadas en institucionalidades nacionales predominadas por una arcaica
nobleza. Lo hicieron ante quienes representaban masónicamente la esencia del
nuevo mundo. Y cuando señalamos el dato de Massachusetts, en lo que aquella
masonería representaba en aquel momento histórico de la Gran Nación del Norte,
cuando aquella estaba caracterizada por la certidumbre de su republicanismo,
debemos reconocer que sí, que efectivamente, que inequívocamente, nuestros
fundadores escogieron con extraordinaria lucidez la consolidación de ese acto
fundacional, en la naturaleza americanista, republicana y emancipadora que la
Gran Logia de Massachusetts representaba.
No en vano, aquel poder masónico había sido
determinante en la creación de las condiciones espirituales de la Independencia
Nacional de las 13 colonias norteamericanas, y aquellos hombres que, en este
poder masónico chileno recién constituido, al formular una idea de masonería,
lo que venían a proponer era también una masonería americanista, republicana y
emancipacionista.
LAS
PRIMERAS DECADAS
Creo
que el vigor de las promisorias primeras décadas de la Masonería Chilena, bajo
el poder regulador de la Gran Logia de Chile, está caracterizado por ese hecho
espiritual extraordinario. Aquella hornada de fundadores y padres de la
Masonería en Chile, tenían convicciones profundas y una mirada precisa sobre
cómo entender el hecho de ser masones y la sociedad en que vivían.
Comprendieron
los retrasos que la afectaban, identificaron con claridad la rémora que se
alimentaba de los desechos de una sociedad anclada en el siglo XVIII, y en ese
contexto fueron capaces de preparar la espiritualidad chilena para los grandes
cambios que, entonces, el país imperiosamente necesitaba.
Podemos
decir con certeza, que los grandes cambios que la Masonería promovió fueron:
recuperar la idea republicana de nuestro origen nacional, establecer el
laicismo como una referencia profunda en la forma de entender las cuestiones de
conciencia, sembrar la semilla de una educación fundada en el Estado docente, y
convertir a la clase media en un protagonista determinante en la política
chilena.
No
es posible prescindir en la historia chilena, en la comprensión de los grandes
avances espirituales, morales, políticos y societarios de la segunda mitad del
siglo XIX, sin tener como dato la presencia de los masones y de la Masonería.
Historiador que no considere esa referencia en ciertos desarrollos
fundamentales de la condición espiritual del país, quiere decir que está
entregando una visión sesgada, parcial, incompleta, tendenciosa, en fin, de la
interpretación de hechos nacionales en que un grupo pequeño de masones fueron
capaces de hacer tanto por la libertad de pensamiento y opinión, por la
laicización del Estado, por la laicización de los debates nacionales, por
liberar a las conciencias de la hegemonía de una visión unilateral, sojuzgante
y absoluta representada en un poder religioso de amplio y determinante dominio
temporal.
Desde
luego, fue un periodo de grandes epopeyas, de un significativo crecimiento de
logias, las cuales se establecieron en las principales ciudades del país,
imponiendo una rectoría ética y un liderazgo moral que fue capaz de mover a sus
comunidades y al país, tras objetivos superiores de convivencia.
Solo
vinieron a menguar ese rol creciente, dos hechos que fueron de un profundo
impacto en nuestra sociedad. El primero, fue la Guerra del Pacífico, que movilizó
hacia el teatro de operaciones a las más distinguidas figuras cívicas de su
tiempo, dejando el trabajo masónico relegado solo a aquellos que estaban
impedidos de asumir un rol protagónico en el conflicto. Ello produjo el
aletargamiento de muchas logias, y en otras los trabajos debieron ser
derechamente interrumpidos. Grandes figuras de la guerra podemos identificarlas
en su calidad masónica, ya sea en su condición de militares de carrera como en
su condición de militares o milicianos improvisados por el fervor patriótico.
Muchos volvieron victoriosos, otros dejaron su sangre y su vida en las gestas
heroicas de la conflagración.
Cuando
la guerra terminó todo prometía un gran esplendor y un gran desarrollo del
país, señalando un liderazgo en el plano continental de vasto alcance. El
desarrollo parecía venir con paso seguro, para convertirnos en una potencia
capaz de competir con muchas de las potencias europeas. Sin embargo, sobrevino
la infausta guerra civil, promovida por los intereses foráneos y la mano oscura
de un conservadurismo pechoño, que fue capaz de incluso involucrar en sus
pretensiones a muchos miembros del pensamiento laico y de las logias que
representaban espiritualmente lo contrario a lo que eran los verdaderos dueños
de la insurrección contra el poder legítimamente constituido.
Fue
el primer desastre que afectó la convivencia masónica. Influyeron en ello
algunos factores que la propia Orden no fue capaz de prever, y por dejarse
llevar por modalidades exógenas en la determinación del liderazgo masónico.
Creo, sin lugar a dudas, que la elección de un Gran Maestro bajo las tipicidades de cierta
masonería europea, fue un factor determinante en la imposibilidad de evitar el
efecto desbastador de la guerra civil sobre la organización masónica.
A
ello vendría a sumarse luego un evento de la naturaleza que vino a destruir
parte de lo poco que quedaba de la Orden, al sobrevenir el infausto terremoto e
incendio de Valparaíso, que se llevó bienes y vidas fundamentales para el
funcionamiento institucional.
LA
GRAN REAFIRMACION DOCTRINARIA.
El
traslado de la Gran Logia de Chile a Santiago, fue solo una necesidad
ineludible, que jamás debiera tener una lectura distinta que aquella. Y comenzó
aquel renacer esplendoroso, que tuvo como protagonistas a dos masones con una
profunda mirada de futuro: Víctor Guillermo Ewing y el gran y extraordinario
líder masón, que fue Luis Alberto Navarrete y López.
Fue
este último un masón construido en las afirmaciones doctrinarias más profundas
de la Masonería chilena. Hay algunos que, en extraviados propósitos, a veces
con mucha ignorancia, se sienten seducidos por formas del hacer masónico tan
distantes de lo que ha sido nuestra tradición y nuestra esencia. Creen
seguramente que, para hacer masonería, se requiere de augustos tutelajes
equidistantes de las virtudes de nuestra más profunda génesis doctrinaria. A
quienes caen en esas divagaciones les digo con firmeza y decisión, aprendan de
Luis Alberto Navarrete y López. Estudien su obra, nútranse de sus convicciones,
aprendan de su obra.
Nada
somos como Masonería Chilena sin recoger y acoger cariñosamente lo que ese
masón de ideas sólidas y claras nos legó. Nos legó una institución que retomó
con fuerza el proyecto fundacional de 1862, nos clarificó nuestros contenidos
doctrinarios, nos fortaleció en nuestras constantes espirituales, nos dio la
profundidad laica para entender el hecho masónico como un proceso de
certidumbres de conciencia, nos dejó el sello portentoso de lo que
ritualísticamente necesitamos para llamarnos Masonería Chilena.
Sin
su visión y sus profundas convicciones, no habría sido posible el proceso de
recuperación de la Orden que se viviría en las décadas siguientes. Su vigor
doctrinario insufló de protagonismo social el hacer de las logias y de sus
miembros, y comenzó a alimentar las grandes constantes del país que perdurarían
por 50 años. Sin embargo, más allá de las contingencias, el legado doctrinario,
ritualístico e histórico de ese gran líder masónico, de ese enorme constructor
doctrinario, no tendríamos el basamento ético y espiritual para seguir
llamándonos y reconociéndonos como Masonería Chilena.
Los
grandes líderes que le siguieron en el Gobierno Superior de la Orden, fueron
profundamente fieles a ese legado, y por ello dejaron también aquella profunda
heredad de la singular identidad masónica nacional. Y cuando se reivindican
grandes acontecimientos nacionales influidos o con destacados protagonistas
masónicos – todo ese vasto aporte al esplendor republicano, a las infinitas
virtudes del Estado laico, al protagonismo mesocrático, a la movilidad social a
través de la educación, etc. -, nunca debemos olvidar que ello fue porque hubo
una constancia en lo que el legado de Navarrete dejó.
TROPIEZOS
Y ERRORES.
La
Orden, en las décadas siguientes, creció en su prestigio y en su desarrollo
orgánico, siendo un referente moral indiscutido.
Sin
embargo, cuando la Orden cumplió su centenario, comenzaron a producirse algunos
procesos que afectaron su potente influencia en la sociedad chilena.
Creo
que la naturaleza de la primera de las
crisis que se produjo, estuvo en la incapacidad de la Orden, de los hombres que
la integraban en aquellos años, para adaptarse a un escenario cambiante y a una
velocidad que no se había expresado anteriormente, donde la realidad extramural
no fue debidamente aquilatada en todos sus alcances, y donde los
acontecimientos socio-políticos fueron tan vertiginosos y tan radicales que
faltó capacidad para captar con agudeza e integridad lo que estaba ocurriendo.
Por
esos años la presencia pública de la Orden, se manifestaba de modo determinante
en los partidos políticos y en las organizaciones gremiales de la mesocracia.
Respecto a la presencia e influencia política de la Masonería esta se daba en
el centro político, con alcances tendenciales hacia la derecha liberal y la
izquierda sin referentes externos. Ese centro político no tuvo la capacidad de
impulsar la superación de uno de los atrasos sustanciales de la sociedad
chilena, que la tenían en un nivel de rezago importante respecto de muchos
países latinoamericanos: la reforma agraria.
La
Iglesia Católica - por lo menos su sector más dinámico -, tuvo la capacidad de
avizorar la potencialidad de ese problema, y abandonando su privilegio por el
antiguo Partido Conservador, apoyó al
emergente Partido Demócrata Cristiano, y puso en el seno de la sociedad chilena
ese cambio que el tiempo histórico requería.
Vinieron
dos elecciones, que cambiaron profundamente el centro político, siendo copado
por la nueva opción política confesionalista. Quien no entienda el efecto de todo
ese proceso aceleradísimo, no podrá entender nunca el proceso de desplazamiento
de la influencia ética de la masonería sobre la sociedad chilena a partir de
entonces.
Como
poder ético, como referente moral, la Masonería fue quedando en un plano
esencialmente testimonial y subordinado. La sociedad chilena fue perdiendo su
equilibrio espiritual sustentado en las comprensiones laicas de la vida, y la
Iglesia Católica volvió a dominar todos los planos determinantes de la
sociedad, como la había hecho en el siglo anterior.
El
país avanzó hacia los años 70, agudizando una gran crisis política, social y
económica que se instalará en medio de la sociedad chilena, como consecuencia
de profundas contradicciones, que fueron agravadas de modo determinante por la
intervención extranjera, en un escenario internacional determinado por la
“guerra fría”. La polarización, entre quienes querían cambios más profundos y
quienes querían mantener el estado de cosas anterior, condujo hacia la
radicalización de los conflictos.
La
Iglesia Católica, a través del Partido Demócrata Cristiano, y una vasta red de
organizaciones en la base social, que había sido construida con los aportes de
la Alianza para el Progreso y por el desarrollo de las políticas de Promoción
Popular del gobierno de Eduardo Frei Montalva, logró desarticular completamente
la influencia laicista y masónica, especialmente en el ámbito de las
organizaciones de las clases medias, donde los colegios profesionales tenían
una importancia fundamental.
La
agudización de las contradicciones existentes en la sociedad chilena, terminó
en el quiebre institucional de la República, desapareciendo la resolución
democrática de los conflictos e imponiéndose un régimen de facto. Como en
muchas partes de América Latina, se desencadenó una violenta represión y los
derechos humanos fueron violados de manera sistemática, bajo el paradigma de la
Doctrina de Seguridad Nacional, que fue implementado por los regímenes de facto
del continente, con el mismo marco teórico y conceptual, sustentado en que
había que eliminar los enemigos internos, personificados en los sectores que
promovían los cambios profundos de la sociedad.
La
composición plural de la membresía de la Orden, en un estadio externo
polarizado como fueron los años 1960 y 1970, la pusieron en una tensión
creciente, donde se expresaban visiones absolutamente contrapuestas en el plano
político, como siempre ha ocurrido en la Masonería Universal, pero lo distinto
era que muchas de esas visiones se manifestaban en opiniones contingentes dentro
de los templos, produciendo encono y ruptura de los lazos fraternales.
Cuando
se produjo el inevitable quiebre institucional, que derrumbó la democracia, en
medio de los dramas que afectaban a nuestra sociedad, la Orden Masónica se
volcó hacia adentro, con el fin de sostener su continuidad institucional. Ello
sería la característica fundamental entre los años 1973 y 1983.
De
allí que, al analizar el rol de las instituciones espirituales entre esos años,
siempre pesará el hecho de que fue la Orden Masónica no tuvo preocupación por
la forma sistemática en que se violaron los derechos humanos y que mantuvo
silencio frente a la desaparición de personas y la acción desarrollada por los
organismos represivos.
En
el ámbito interno, es inevitable decirlo, hubo total indiferencia de nuestras
autoridades institucionales frente al sufrimiento de aquellos miembros de la
Orden que estaban siendo sometidos a la venganza política, incluso dentro de
las logias, afectando a muchos hombres buenos y valiosos, que expresaban las
fortalezas morales de la Orden, los que fueron o fusilados o torturados, o
estuvieron en lugares de detención desconocidos, o se les mantuvo en campos de
prisioneros ilegales, o desaparecieron hasta el día de hoy, siendo privados del
amparo de la ley y de sus derechos elementales, pese que solo sostenían sobre
si la acusación de haber sido miembros de los partidos que formaron parte del
anterior gobierno.
No
se han encontrado testimonios o pruebas concretas de una preocupación del
Gobierno Superior de la Orden de esos años, por esos masones perseguidos, y
tampoco hubo interés por establecer medidas que protegieran a quienes
recibieron cartas de retiro obligatorio y falta de pago, en circunstancias que
estaban detenidos o su paradero era desconocido después de ser detenidos.
QUIENES
NOS HAN DIGNIFICADO.
Hacia
los años 1980, en la medida que las condiciones del proceso político externo
fueron cambiando, muchos miembros de la Orden fueron convirtiéndose en
artífices de una opinión que buscaba la recuperación de la democracia. La
actividad de esos Queridos Hermanos, nos plantea la necesidad de refutar la
apreciación de que los masones no hicieron nada durante aquellos años.
Fue
un periodo en que la actividad política, reducida pero intensa, se expresaba en
comités de defensa y promoción de los derechos humanos, o en determinadas
organizaciones como el Grupo de Estudios Constitucionales, o en los partidos
políticos fuera de la ley que lograban articular por lo menos opinión política
frente a las contingencias o en incipientes formas de debate político y medios
de comunicación alternativos, que debían vencer grandes dificultades legales y
acciones represivas. En todas esas instancias, habría masones actuando, por lo
cual podemos decir que la masonería tuvo una prestigiada presencia en todo ese
propósito de lucha democrática.
De
esta manera, ante el llamado de la dictadura a plebiscitar una nueva
Constitución Política, en septiembre de 1980, sin la existencia de registros
electorales, sin libertad de prensa, sin partidos políticos que orientaran a la
ciudadanía, un importante grupo de masones publicó en la prensa una inserción,
bajo el título “Masones y Plebiscito”, en el cual manifestaban su
cuestionamiento a los objetivos del plebiscito y al carácter no democrático en
la gestación y redacción del proyecto constitucional que se pretendía
plebiscitar. Firmaron la declaración más de 400 reconocidos y prestigiados
masones.
Sabemos
que enfrentaron una acción represiva dentro de la Orden, por parte del Gran
Maestro de esos años, pero la propia Orden generó las condiciones para inhibir
la errónea actitud de su máxima autoridad, así las sanciones fueron
desactivadas y hoy reconocemos en aquellos más de 400 masones su dignidad y su
apego a los más puros valores que adornan nuestra doctrina.
La
primera parte de los años 1980, estuvo caracterizada por la protesta social y
el rechazo a la dictadura. Uno miembro de la Orden llegó a alcanzar el liderazgo
de una de las alianzas políticas democráticas que se forman para oponerse a la
política del régimen: la Alianza Democrática.
La movilización social y los esfuerzos por la
recuperación de la democracia no lograron su objetivo entre los años de 1983 y
1984. Nuevas iniciativas comenzaron a ser analizadas.
La
Orden no quedó al margen de esos procesos de búsqueda. De este modo, el 7 de
abril de 1986, se pone en ejecución lo acordado por el Consejo de la Gran Logia
de Chile, en octubre de 1985, y que recogía la postergada aspiración en el seno
de la Asamblea de la Gran Logia, de realizar un Convento Masónico, para abordar
la inserción de la Orden en la realidad social en que estaba inmersa.
Claramente, el objetivo perseguido se planteó en torno al tema: “Rol de la
Francmasonería en una Sociedad Democrática que aspira a cambios”.
Durante
los años 1986 y 1987, se efectuó un gran debate bajo la perspectiva indicada
por el Gran Maestro Oscar Pereira Henríquez, de que la Orden Masónica tenía “el
inexcusable deber de contribuir con irrevocable vocación democrática al estudio
de las soluciones viables de los gravísimos problemas que deberá enfrentar el
país, cuando las circunstancias y la voluntad ciudadana nos conduzcan al
ejercicio pleno de la Democracia, entendida esta no solo como forma de
organización política, sino como filosofía de vida de todos los chilenos”.
UN
GRAN MOMENTO DE RECUPERACIÓN
Llegando
a la década de los 1990, coincidiendo con el inicio del proceso de transición a
la democracia en el país, se inició un periodo en que la Orden logró una
significativa recuperación de la presencia en el espacio público. Al mismo
tiempo, se advirtió una preocupación por la reivindicación de los Hermanos que
habían estado en las antípodas de las concepciones direccionales del Gobierno
Superior, y se trabajó con un espíritu integrador.
Nuevamente
la Orden comenzó a ser percibida como un poder ético relevante, lo que la clase
política hizo expresiva, reconociendo a la Francmasonería como una organización
tradicional de la República. El 04 de marzo de 1991, en demostración de esa
nueva realidad, el Presidente de la República, hizo entrega al Gran Maestro de
la Gran Logia de Chile, el Informe de la Comisión Nacional Verdad y
Reconciliación. De esta manera, la Masonería Chilena fue parte de las selectas
instituciones que recibirían el Informe Rettig, que establecía una verdad que
por fin se instituía dentro de la sociedad chilena, sobre lo que había ocurrido
a partir del derrumbe de la democracia, hasta el término del régimen
dictatorial.
En
el mismo contexto, en 1997, al realizarse en Chile la XVII Asamblea de la
Confederación Masónica Interamericana, evento de la masonería americana al que
asistieron 39 Grandes Logias, el Gran Maestro de la época, como presidente de la
Confederación, firmó la Declaración de Santiago, redactada por la Asamblea,
donde las Grandes Logias asistentes señalaban: “No escapa a la Confederación
que las graves desigualdades sociales, la marginalidad, la desintegración
familiar, el fanatismo, la intolerancia, la corrupción, el terrorismo, el
narcotráfico, la drogadicción, la deshonestidad, entre otros factores, inducen
a la desesperanza que se apodera de vastos sectores de la población y conducen
al abandono en su comportamiento de los más elementales valores éticos y
morales”.
Al
finalizar el siglo XX, en las postrimerías del gobierno del Presidente de la
República, don Eduardo Frei Ruiz Tagle, este llamó a una formar una Mesa de
Diálogo con el propósito de permitir encontrar a los detenidos desaparecidos
durante la dictadura del general Pinochet, u obtener al menos la información
para clarificar cual pudo ser su destino. La Mesa de Diálogo reunió a los
estamentos más representativos de la vida nacional, incluyendo a las más altas
autoridades del país, instituciones civiles,
religiosas y éticas, entre las cuales participó la Masonería.
Pese
a que la participación del Gran Maestro no produjo consenso entre la Orden, los
resultados de la Mesa permitieron avanzar hacia procesos judiciales, mediante
jueces preferentes o con dedicación exclusiva, reabriendo casos que estaban
cerrados, y permitiendo aclarar el destino de muchos detenidos desaparecidos.
El protagonismo de la Orden en esa instancia, a través de su máxima autoridad,
podemos decir que fue significativo, obteniendo el reconocimiento de las
principales instituciones del país para nuestra Orden, que la consideraron un
referente importante en el concierto de las opiniones nacionales.
LA
RECIENTE CRISIS.
Hacia
principios del siglo XXI, comienza a gestarse la nueva crisis que afectará
profundamente a nuestra Orden. Sus causas se originaron, en un aspecto formal,
en la doble calidad de Gran Maestro y Rector de la Universidad La República, de
nuestra máxima autoridad, que tomó decisiones y realizó una gestión dual,
haciendo una inaceptable vinculación entre la dirección de la Masonería y esa
corporación privada de educación, que aunque estuviera dirigida por masones no
era una entidad dependiente de las instituciones masónicas, todo ello en medio de
la crisis de esta casa de estudios, desatada por la mala gestión de su
dirección superior y rectoría.
Pero
lo más grave fue, sin duda, que varios miles de familias fueron afectadas por
la virtual quiebra de esa casa de estudios,
trayendo un profundo impacto en sus planes de vida.La crisis de la ULARE
llevó a la defenestración ética de ese ex Gran Maestro, en un hecho que no
tenía precedentes. A pesar de su importancia institucional, fue expulsado de la
Orden y perdió la calidad de masón, pena esta última que constituye la máxima
sanción moral que un miembro de la Masonería puede recibir.
El
decreto 129/2010 del actual Gran Maestro Luis Riveros Cornejo, estableció una
Comisión de Verdad y Justicia Masónica con el propósito de esclarecer las
causas y responsabilidades directivas en la Universidad La República. Sus
conclusiones deben ser un referente importante para analizar las circunstancias
históricas que rodearon esa crisis.
EL
GRAN APORTE AL PAÍS.
Las
pinceladas que hemos dado a la historia de 150 años son necesarias, porque nos
muestran las fortalezas que esa trayectoria enseña, como también las
debilidades que han afectado a la institución, porque de allí también debemos
tener los aprendizajes necesarios que impidan su repetición en el futuro. Hay que
mirar las eventualidades históricas en forma descarnada, porque ello permite
evaluar lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer en la consecución de
cualquier objetivo institucional.
En
el momento de establecer las sumas y las restas de lo obrado en 150 años, creo
que las fortalezas y los resultados superan largamente los momentos de
debilidad. Revisados 150 años de una institucionalidad regular, es mucho de lo
que podemos destacar.
No
hay duda que la Masonería ha inspirado los grandes procesos de liberación
espiritual de la sociedad chilena. Los procesos de laicización del siglo XIX y
XX no habrían sido posibles sin la referencia masónica de todos los
protagonistas que condujeron a nuestra sociedad hacia la liberación de las
tutelas confesionales excluyentes.
No
podemos dejar de reivindicar que fueron miembros de la Orden los que
coadyuvaron a establecer la idea de la democracia en nuestro país, cuando era
un concepto solo válido para los textos de historia griega, y había mil razones
de los sectores poderosos del país, en perpetuar las costumbres políticas del
pasado peluconista. Tampoco podemos dejar de reivindicar que fueron masones los
que impulsaron la idea republicana, los que fundaron la institucionalidad de la
República y los que construyeron una idea de nacionalidad y de país. Fueron
masones los que promovieron la educación pública y el Estado Docente, que con
muchos menos recursos y disponibilidades, puso a nuestro país en un liderazgo
educacional en América del Sur. Tampoco debemos dejar de reivindicar que fueron
miembros de nuestra Orden los que establecieron las políticas de salubridad,
para combatir los flagelos que afectaban el país, tales como las enfermedades
venéreas, la tuberculosis, las pestes, la poliomelitis, etc. En fin, no olvidemos
tampoco que fueron masones los que construyeron el civismo y el servicio
público, y la movilidad social basada en el acceso al conocimiento.
Repasando
los acontecimientos históricos de Chile, tanto en lo político, como en lo
social, en la cultura y la sociabilidad, siempre encontraremos la huella de los
masones, entregando su aporte a todo lo que signifique progreso y acciones en
favor de la ventura del país, incluso cuando hemos vivido internamente crisis o
circunstancias desfavorables, como cualquier institución sólida en cualquier
país.
HACIA
UNA NUEVA GRAN REAFIRMACION
Lo
que corresponde hoy es pensar el futuro, y reconocer las virtudes de nuestra
Institución en los ámbitos de las organizaciones humanas. Lo que corresponde es
insistir en sus fortalezas doctrinarias y comenzar a escribir con profundas
convicciones los próximos 150 años de historia. De ella, cada uno de los
miembros de la Orden es un artífice.
La
segunda década del siglo XXI se ha iniciado con una nueva y profunda
reafirmación sobre lo que somos y debemos ser. El obraje iniciado por el Gran
Maestro, Luis Riveros Cornejo, ha sido consecuencia de un mandato solemne de la
Asamblea de la Gran Logia de Chile, tendiente a recuperar el prestigio de la
Orden, empañado por la crisis de la Universidad La República, y señalarla como
una institución impecable en la construcción de una moral ciudadana y social.
Para
ello, lo que viene a ser fundamental son las constantes que determinan el
carácter de la Masonería Chilena, como una institución fundada en una ética
superior donde el hombre, libre de determinismos que lo subordinen
espiritualmente, es capaz de abordar los problemas del hombre en un ambiente de
libertad, igualdad y fraternidad. Creo que, como nunca, los contenidos que
caracterizan a nuestra Orden son fundamentales para dimensionar los alcances de
nuestro trabajar de cada día.
Las
crisis que nuestra Orden ha sufrido, a lo largo de su ejemplar historia, nunca
han estado en la naturaleza y los contenidos de sus valores y su doctrina.
Ellas han estado en la debilidad de la comprensión de esos contenidos por parte
de quienes estaban llamados a cautelarlos.
Y
cuando estamos celebrando 150 años de vida institucional como Masonería
Chilena, debemos hacer un decidido voto de reafirmación de lo que hemos sido
doctrinariamente en el ámbito de masonería universal, y lo que nos ha llevado a
ser un referente en el mundo. Y la fuerza de ese legado se encuentra en
nuestros principios y rituales. Lo hemos estado señalando de manera
persistente, porque el no profundizar en esos contenidos, al no ser fieles a
esos contenidos, hemos sufrido cuatro
crisis importantes: la de 1891, la de la década del 60, la de la década del 70,
y la de inicios del siglo XXI.
Nuestra
mayor fortaleza está en lo que expresan los contenidos de nuestros rituales. Es
allí donde se encuentra nuestra doctrina que nos ha permitido superar las
peores dificultades. Con ella podemos encarar los desafíos de extramuros y los
de cada tiempo y lugar. Es que con esos contenidos se hace al masón, y un masón
bien hecho es prenda de garantía para el éxito de la Orden y la realización de
su Gran Obra. Nuestra mayor fortaleza se encuentra también en nuestros
principios, señalados irrefutablemente en el preámbulo de la Constitución
Masónica.
Son esos contenidos los que permiten que, al celebrar este sesquicentenario, se manifieste una profunda reafirmación en el carácter fundacional de la Masonería Chilena.