El artículo
describe los diferentes tipos de tecnologías que fueron incorporados a la
extracción minera en el mundo andino durante el siglo XVIII. Se analizan los
contextos económicos, sociales y políticos que entran en diálogo, cuando son
transferidas prácticas industriales metropolitanas a espacios locales.
Introducción
Durante los dos
últimos tercios del siglo XVIII operó en el virreinato de Perú un importante
esfuerzo de modernización tecnológica dirigido por la Corona española. Los
estudios realizados han detectado especialmente los programas desarrollados en
el sector minero, y en menor medida el
agrícola y otros de naturaleza más administrativa, como el fiscal, o que
afectaban a la vida urbana1. Se ha des- tacado sobre todo el propósito económico de esta empresa
modernizadora: aumentar la producción
minera o agrícola y mejorar la rentabilidad fiscal del virreinato de
Lima, pero es indudable que ella guardaba asimismo otras dimensiones, más
ligadas al orden político y social2. En otras palabras, dicho empeño
modernizador conllevó, más allá de la meta financiera, un objetivo que podríamos
llamar “civilizatorio”.
En este artículo me propongo revaluar bajo esa
perspectiva los proyectos de mejoramiento tecnológico en la minería andina del siglo XVIII e inicios del XIX. Al
mirar más allá de los aspectos puramente económicos, emergerá de manera más
clara cómo las opciones tecnológicas fueron un importante terreno de conflicto
entre la “mirada metropolitana” y la
perspectiva local3.
Los proyectos de modernización minera en el
Perú del siglo XVIII
Los proyectos de
modernización técnica en la minería durante el “siglo de las luces” han recibido
ya una importante atención de la
historiografía4. Dado que la mayor parte de las fuentes acerca de la
minería, disponibles para esa época, son de carácter estatal, los historiadores
han puesto de relieve sobre todo las iniciativas llevadas a cabo por el Estado
colonial. Estas podrían sintetizarse en dos grandes proyectos: uno dirigido a mejorar la producción de azogue en Huancavelica, y el otro, más amplio, orientado a mejorar
los métodos de beneficio de la plata en los centros mineros del país.
El primero consistió básicamente en tratar de implantar en la mina huancavelicana
de Santa Bárbara, las técnicas de
extracción y beneficio del azogue
desarrolladas en las minas peninsulares de Almadén. Santa Bárbara había
comenzado a ser explotada en 1563, tras
su descubrimiento por los españoles. A finales del siglo XVI su producción rozó los diez mil quintales por
año; desde los finales de la siguiente centuria, las cosas decayeron. En las
primeras décadas del siglo XVIII las tendencias en la cantidad de azogue producido
habían sido en Huancavelica y Almadén totalmente opuestas. Mientras que en la
mina peruana se descendía a un promedio anual de tres mil quintales, en la mina
española la producción subía de los dos mil a los cinco mil quintales por año5.
Además de este indicador cuantitativo, apareció un signo más inquietante de los
problemas de Huancavelica entre los funcionarios metropolitanos, cual fue las
polémicas desatadas alrededor de la licitud o
conveniencia de continuar con la mita o
trabajo indígena compulsivo en las minas
peruanas de Potosí y Huancavelica. Estos debates se volvieron especialmente explosivos
en las últimas décadas del siglo XVII, así como hacia 1719, cuando el Consejo
de Indias pareció decidido a acabar con el trabajo forzado, vacilando y
retrocediendo, empero, en el último instante6.
Aunque no se llegó a abolir la mita en ese momento,
para la autoridad metropolitana fue claro desde entonces que Huancavelica debía
ser reformada. El adecuado abastecimiento de azogue era requisito indispensable
para conseguir la recuperación del conjunto de la minería peruana, puesto que
el método de beneficio, tanto para la plata como para el oro, descansaba sobre
todo en la absorción por medio del
azogue, del metal precioso
existente en los minerales extraídos de los yacimientos. Las minas mexicanas de
plata iniciaban por esos años lo que sería un aumento espectacular en su
producción, y aunque la Corona española no tendría por qué haber sido tan
optimista en sus pronósticos, sí debió ser consciente de la importancia de
contar en América con la fuente de un ingrediente tan precioso para la
actividad minera. Más aún después de
comprobar cómo las situaciones de guerra en Europa podían interrumpir el
tráfico marítimo con los territorios de ultramar por largos años.
Los planes de reforma
en Huancavelica, sin embargo, tuvieron más de arena que de cal; un serio
problema para arribar a un mejor resultado se derivó de la conocida paradoja de
la profecía autocumplida. En efecto, las
autoridades metropolitanas parecían partir de la premisa de que el principal
obstáculo para la reforma de la mina peruana eran sus hombres; esto es, sus
autoridades, sus empresarios y sus técnicos. Haya sido ésta una percepción
equivocada, o no, el hecho es que el primer acto de los proyectos de reforma
tecnológica fue casi siempre remover a
la autoridad e imponer a una nueva que no dependiese de los intereses locales.
Desplazados y hechos a un lado, naturalmente
estos intereses se volvían entonces contra el proyecto, creándose así la
oposición entre, por un lado, la nueva autoridad con su corte de ingenieros
europeos, y los empresarios e ingenieros locales, por otro (con la vieja
autoridad azuzando en la sombra). El carácter foráneo de los miembros del
proyecto reformista terminaba añadiendo un matiz protonacionalista a este
enfrenta- miento. Aunque el gobierno español apoyaba, desde luego, al primer
bando, que después de todo había nacido como una iniciativa suya, el gobierno
virreinal, si no se plegaba al bando local, solía definirse por una actitud
neutral y contemplativa, a la espera del desgaste natural de la empresa
reformista. Este fue el patrón característico de la mayor parte de proyectos de
reforma tecnológica en los Andes.
Veamos en efecto
lo sucedido en Huancavelica. En el
mismo año de 1719, el gobierno de Felipe V rompió con la disposición que reco-
mendaba que del gobierno de Huancavelica se encargase un Oidor de la Audiencia
de Lima, nombrando para dicho cargo al Marqués de Casa Concha. Este
quedó investido con el llamativo
e imponente título de Superintendente General
de Azogues del Perú. Los cargos
de Superintendentes se popularizaron en
la época, bajo el ánimo de instituir una autoridad indiscutida en un ámbito
administrativo o de la producción, libre de la tutela de cualquier autoridad
local, inclusive el virrey y la Real Audiencia, y responsable así sólo ante el
rey. Bajo esta idea, una década atrás
ya había sido introducido el cargo en el
virreinato de México. El nombramiento de Casa Concha fue recibido, obviamente,
con “airadas pro- testas de las autoridades limeñas”, quienes con esta medida
veían recortada su área de influencia y control7. La separación de
la nueva autoridad respecto del gobierno local, de modo que fuera sólo dependiente
del rey, partía de la creencia de una administración estatal corrupta o fácilmente
corruptible en América.
En 1735
fue nombrado para el cargo de Gobernador de Huancavelica y
Superintendente General de Azogues,
Jerónimo de Sola y Fuente, a sugerencia de Joseph Cornejo,
Superintendende de Azogues en
España. Antes de partir para su nuevo destino, Sola pasó unos meses en Almadén,
instruyéndose de la realidad que debía
tratar de replicar en los Andes y seleccionando un equipo de ingenieros que lo
acompañaría en su misión americana. La política metropolitana parecía guiada
por la idea de que sólo un control di- recto de los centros de producción
minera por la Corona podía dar paso a su modernización técnica y eficiente
marcha. Esta idea podría haber nacido de la observación de lo que ocurría en
la minería centro europea, donde el Estado mantenía un celoso control técnico y
político de los campamentos8.
Sola y Fuente
tuvo así entre sus instrucciones procurar que si “hallandolo por Combeniente,
se administre la Mina de Guancavelica,
por quenta de la Real Hacienda”9. Para lograr tal meta debía
desembarazarse de los empresa- rios de las minas, una treintena de hombres que
conformaban el llamado “gremio”, con quien el virrey de Lima pactaba unos
contratos de producción conocidos como “asientos”. En éstos se estipulaban las labores que se
cedían a cada minero del gremio, la cantidad de indios de mita que recibirían,
la cantidad de azogue que se comprometían a producir, el precio que por cada quintal
les pagaría el Estado y otros puntos
semejantes10. A guisa de ilustración de la quietud con que el gobierno
de Lima había manejado este asunto, señalemos que el nuevo “asiento” de 1744
firmado con el “gremio” por Sola y Fuente venía a renovar el que había sido
firmado por el virrey Duque de La Palata
en 1683, o sea, sesenta y un años antes11.
Sola y Fuente
firmó el nuevo “asiento” después de siete años de su presencia en Huancavelica
y seguramente tras constatar que la idea de explotar la mina por cuenta de una administración estatal directa era difícilmente realizable.
Probablemente ésta no era una mala idea
en sí misma, pero no halló los
hombres ni la oportunidad necesarios para terminar la práctica de más de siglo
y medio de dar en concesión la mina a un grupo de particulares12.
A pesar de esta
frustración, las mejoras técnicas conseguidas por el Superintendente fueron
importantes. La historiografía le atribuye, por ejemplo, el mérito de haber
introducido el uso de la pólvora de forma sistemática para el trabajo de los
socavones, mejorar el entibado de las “calles” y puentes en las labores subterráneas
y haber vuelto a encontrar la veta principal de Santa Bárbara, perdida desde 1645 (aunque sobre
esto hubo una larga y no del todo zanjada polémica)13. ¿Fue ello
poca cosa para once años de gobierno de la mina? La respuesta puede ser muy
variable, pero sí podríamos decir que el
propósito de convertir a Huancavelica en una “nueva Almadén” había
fracasado.
Entre los obstáculos con que Sola tropezó para introducir las técnicas de Almadén figuró en primer plano el aspecto
laboral. Los trabajadores de
Huancavelica, a diferencia de la mina española, no eran una mano de obra
estable a la que se pudiese capacitar y retener en virtud de su dependencia del
salario14. Los mitayos (trabajadores indígenas forzados)
efectivos eran escasos y rotaban continuamente, y el resto
de trabajadores también provenía, como aquellos, de pueblos alejados y atraídos
por métodos variopintos, entre los que figuraban el engaño, la amenaza, la
seducción, y casi nunca la necesidad económica. Aprovechaban la menor oportunidad
para fugar, con los salarios que se les había adelantado como “sebo”, de modo
que los empresarios estaban condenados, como Sísifo, a empezar siempre de nuevo15.
Sola y Fuente tuvo así la oportunidad de constatar que la adaptabilidad de una
nueva tecnología productiva en una actividad que descansaba fuertemente en el
uso de mano de obra, como la minería,
dependía del estado social y económico del país. En Europa (y hasta cierto
punto también en México), la posibilidad
de los centros mineros de contar con mano de obra voluntaria permitió
especializarla y aumentar su destreza y productividad. En la región de los
Andes, en cambio, al contarse solamente con una mano de obra escasa, pero
además rotativa e inconstante, las tecnologías debían ser simples, y a la vez
muy divisibles e independientes en sus distintas fases, de modo de poder
acomodar los trabajos y el calendario de producción a la disponibilidad de la
mano de obra16.
En el siglo XVII
un minero de Huancavelica, Lope de
Saavedra, había inventado un
horno para el beneficio del azogue, conocido como “busconil” o “de aludeles”.
Su utilidad para disminuir la intoxicación de los operarios con los gases mercuriales, que producían el “azogamiento” o “hidrargirismo”,
hizo que fueran llevados a Almadén, donde se adaptaron y desarrollaron con
éxito, convirtiéndose en el siglo XVIII en hornos mucho más grandes y eficaces
que los originales de Huancavelica17. Sola y Fuente intentó sin
éxito introducir en el Perú los hornos mejorados de España. Tropezó con la
falta de combustible y mano de obra adecuados. La escasez de materiales combus-
tibles de alto poder calórico fue hasta finales del siglo XIX (cuando comenzó a explotarse el carbón
mineral) un férreo obstáculo para el progreso industrial en los Andes18.
Los únicos materiales combustibles abundantes allí eran el ichu, una hierba
larga y dura de las tierras altas, de la que se alimentaban las llamas, y el excremento de estos mismos
animales, llamado taquia. Pero ambos se
consumían rápidamente sin llegar a producir gran calor19. Cuarenta
año más tarde, otro intento de las autoridades coloniales por introducir nuevos
hornos de beneficio en Huancavelica tropezó con la misma piedra: el ichu de
Huancavelica no producía el mismo grado de calor que la leña de Almadén20.
En una época en que el progreso
metalúrgico parecía avanzar en función de la temperatura que podía lograrse en
los hornos de fundición, la región andina pareció condenada al atraso o a buscar su propia tecnología.
De otra parte,
los grandes hornos demandaban más que los pequeños una mano de obra constante y
entrenada. Lo que no existía en las minas peruanas, donde más bien: “Muchas
veces las hornadas se paralizaban ante
la imposibilidad de retener a los operarios en los lejanos parajes, donde no
había justicia, pero sí “cobradores que molestan””21.
El otro problema
para una exitosa transferencia de tecnología que halló Sola y Fuente tuvo que
ver con la escala de producción aquí imperante y el esquema fiscal que afectaba
a la minería. En general, podemos decir que éste fue un defecto común de los
paquetes tecnológicos que trataron de introducirse en la era borbónica. Se
trataba de tecnologías que descansaban mucho en lo que se conoce como
“economías de escala”: es decir, mejoras técnicas que se hacen posibles gracias
a un aumento apreciable del volumen de la producción. Un horno como los de
Almadén era apropiado para un empresario minero que extrajese un promedio de
cinco cajones de mineral al día (esto es, unas diez toneladas), pero en un
contexto de pequeños productores, como el que existía en Huancavelica y más
marcadamente todavía en el resto de las
minas peruanas, donde lo común era extraer no más de un cajón de mineral por día,
el trasplante de tecnologías europeas se hizo poco viable.
Sin embargo, es
cierto que si los beneficios esperados por la introducción de la nueva tecnología son suficientemente
grandes, la promesa tecnológica puede derrotar a la organización social de la
producción y finalmente imponerse. Es
decir, que históricamente no está sancionado que la organización social
de la producción (esto es, el tipo de empresarios y de trabajadores y la
clase de relaciones que establecen; en
suma, aquello que Marx llamó “las relaciones sociales de producción”) actúe
sobre las nuevas tecnologías como una coraza impenetrable, sino que se trata de
una relación recíproca22. Pero para que la tecnología se imponga sobre las
restricciones de la organización social, se requería: de un lado, lo ya dicho:
que los beneficios previstos como resultado del cambio técnico sean importantes
y confiables, y de otro, apoyo político o eco- nómico a disposición del bando
innovador. Ni lo uno ni lo otro caracterizó realmente a las
empresas de transferencia tecnológica en la minería peruana del siglo XVIII.
Veamos para ello
el otro proyecto importante de modernización técnica: el de la Misión Nordenflicht.
* Pontificia Universidad Católica del Perú,
Departamento de Economía
[1] Para el ámbito minero, véanse los trabajos de John Fisher, Kendall Brown, Marie Helmer, que
más adelan- te citaremos con detalle; para el agrícola, los de Pablo Macera,
reunidos en sus Trabajos de historia. Lima: Instituto Nacional de
Cultura, 1977; 4 ts. Para el fiscal, los de Alfredo Moreno, El virreinato
del marqués de Castelfuerte 1724-1736; el primer intento borbónico de reformar
el Perú. Madrid: Catriel, 2000; y Scarlett O’Phelan, “Las reformas fiscales
borbónicas y su impacto en la sociedad colonial del Bajo y Alto Perú”. En Nils
Jacobsen y Hans-Jürgen Puhle (comps.), The Economies of Mexico and Peru
during the Late Colonial Period, 1760-1810. Berlín, 1986.
[2] Aquí destacan los trabajos de José Sala,
Ciencia y metropolización en
América, y los del grupo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
de España.
[3] Para este artículo me he basado en la
bibliografía disponible y en una investigación anterior, financiada por
el Banco de España, acerca de la minería peruana en el último medio siglo colonial.
[4] Destacan especialmente los
trabajos de John Fisher, Minas y mineros en el Perú colonial, 1776-1824. Lima:
IEP, 1977; Marie Helmer, “La mission Nordenflycht en Amérique espagnole (1788) Echec d’une
technique nouve-lle”. En Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia
vol. XXXIX: 2. Madrid: 1987; Kendall Brown, “La recepción de la tecnología
minera española en las minas de Huancavelica, siglo XVIII”. En Marcos Cueto
(ed.), Saberes andinos. Ciencia y tecnología en Bolivia, Ecuador y Perú.
Lima: IEP, 1995; Miguel Molina Martínez, Antonio de Ulloa en Huancavelica. Granada:
Universidad de Granada, 1995. Trabajos pioneros fueron los de Modestó Bargalló,
La minería y la metalurgia en la América española durante la época colonial.
México: FCE, 1955, así como algunos trabajos presentados en el libro de
Síntesis de la minería peruana en el centenario de la independencia. Lima:
Imprenta Aguirre, 1924, como el de Fortunato Carranza.
[5] Brading y Cross ofrecen un
gráfico comparativo en “Colonial Silver
Mining: Mexico and Peru”. En Hispanic American Historical Review 52. Durham: 1972.
[6] Véase sobre esto, Ignacio
González Casanovas, Las dudas de la Corona. La política de repartimientos para
la minería de Potosí (1680-1732). Madrid: CSIC, 2000.
[7] Véase sobre el punto, Miguel
Molina Martínez, Antonio de Ulloa en Huancavelica; pp. 36-37.
[8] Sobre ello, véase Julio Sánchez y Guillermo Mira, “Minería americana
y minería europea, 1750-1820: una perspectiva comparada”. En A. Lafuente, A. Elena y M.L. Ortega (eds.), Mundialización de la ciencia y cultura nacional. Madrid: UAM y Doce Calles, 1993.
[9] Documento del AGI, citado por
Kendall Brown en “La recepción de la
tecnología minera española”, p. 67.
[10] Sobre los asientos en los
siglos XVI y XVII, véase Lohmann, Las minas de Huancavelica en los siglos XVI y
XVII. Sevilla: EE.EE.HH, 1949 y Carlos Contreras, “El azogue en el Perú
colonial, 1570-1650”. Tesis Pontificia Universidad Católica del Perú, 1981.
[11] Desde 1573 hasta 1744 se habían firmado trece “asien- tos” (el de
Sola fue el decimocuarto), lo que da un
promedio de duración de algo más de trece años por cada uno. El asiento de Sola
y Fuente puede verse en la Biblioteca Nacional
de Lima. Sala de Investigaciones,
así como también en el
Archivo General de Indias (AGI) de Sevilla.
[12] Antonio de Ulloa, quien fuera Gobernador de Huancavelica entre 1758 y 1764, habría organizado una “minería del
rey”, como una especie de experiencia piloto, entre los años 1759 y 1762, según
refiere Miguel Molina, en Antonio de
Ulloa en Huancavelica, p. 118.
[13] Ver Kendall Brown, “La
recepción de la tecnología minera…”, pp. 68-74.
[14] Sobre la mano de obra en Almadén, remito al trabajo de Rafael Dobado, “Salarios y condiciones de trabajo en
las Minas de Almadén, 1758-1839”. En Pedro Tedde (ed.), La economía española al
final del Antiguo Régimen. II. Manufacturas. Madrid: Alianza Editorial y Banco de España, 1982, y al más reciente,
de Alfredo Menéndez Navarro, Un mundo sin sol. La salud de los trabajadores de
las minas de Almadén, 1750-1900. Granada: Universidad de Granada y
Universidad de Castilla-La Mancha, 1996; cap. 2.
[15] Brown,“La recepción de la
tecnología”, p. 68.
[16] Estudié las implicancias de ello en la minería peruana, en mi libro
Mineros y campesinos en los Andes. Lima: IEP, 1988.Véase también: “Minería y
mano de obra en el Perú del siglo XIX”. En
Siglo XIX. Revista de Historia
N° 8. Monterrey: 1989.
[17] Kendall Brown (“La recepción
de la tecnología”, p. 73) reseña que
mientras los hornos de Huancavelica tenían una capacidad de aproximadamente 270
arrobas de mineral, los de Almadén alcanzaban a contener entre 900 y 1100
arrobas.
[18] La disponibilidad de
combustibles es tan importante que el historiador británico D.CM. Platt llegó a
mencionar la falta de carbón y hierro como el factor clave para el atraso económico
de América Latina.
[19] Hubo intentos de utilizar otro tipo de materiales, como el
de Francisco Blanco, quien entre 1757 y 1778 intentó patentar unos hornos que
trabajarían usando como fuente energética la aña brava.Véase Leonor Cisneros, Juvenal Luque
y Raúl Alcalá, Arbitrios técnicos de la minería colonial (Perú:
1700-1820). Lima: CIHES, 1986.
[20] Molina Martínez, “Ciencia y
minería en las expediciones a América”. En A. Díez Torre, T. Mallo y D. Pacheco, De la Ciencia Ilustrada a la
Ciencia Romántica. Actas de las II Jornadas sobre “España y las expediciones científicas en
América y Filipinas”. Madrid: Ateneo de Madrid y Doce Calles, 1995.; p. 227.
[21] Citado en López, Luque y Alcalá, Arbitrios técnicos;
p. 36.
[22] En la propia minería peruana,
sucedió en las décadas finales del siglo XIX e iniciales del XX, que las formas
tradicionales de beneficio fueron
reemplazadas por grandes “oficinas” de refinación, a pesar de que seguía
vigente el escenario de pequeños
productores. Estos gigantescos centros de fundición minaron luego la vigencia de la
pequeña empresa minera, propiciando la concentración empresarial.Véase R. Thorp
y G. Bertram, Perú 1890-1977. Crecimiento y políticas en una economía abierta.
Lima: Mosca Azul, Universidad del
Pacífico y F. F. Ebert, 1985; parte II; y José Deustua, The Bewitchment of
Silver. The Social Economy of Mining in
Nineteenth Century Peru. Athens: Ohio State University, 2000.
[23] Véase sobre todo, John Fisher,
Minas y mineros, cap. 4 y Rose Marie Buechler, “Technical Aid to Upper Peru:
The Nordenflicht Expedition”. En Journal of
Lati American Studies V: mayo. Londres: 1977.