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Transferencia de tecnologías e Imperio. El caso de la minería andina en el siglo XVIII (1/3)


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21/11/2011

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Carlos  Contreras Carranza*


 

RESUMEN

El artículo describe los diferentes tipos de tecnologías que fueron incorporados a la extracción minera en el mundo andino durante el siglo XVIII. Se analizan los contextos económicos, sociales y políticos que entran en diálogo, cuando son transferidas prácticas industriales metropolitanas a espacios locales.

 

Introducción

 

Durante los dos últimos tercios del siglo XVIII operó en el virreinato de Perú un importante esfuerzo de modernización tecnológica dirigido por la Corona española. Los estudios realizados han detectado especialmente los programas desarrollados en el sector minero, y en  menor medida el agrícola y otros de naturaleza más administrativa, como el fiscal, o que afectaban a la vida urbana1. Se ha des- tacado sobre todo  el propósito económico de esta empresa modernizadora: aumentar la producción  minera o agrícola y mejorar la rentabilidad fiscal del virreinato de Lima, pero es indudable que ella guardaba asimismo otras dimensiones, más ligadas al orden político y social2. En otras palabras, dicho empeño modernizador conllevó, más allá de la meta financiera, un objetivo que podríamos llamar “civilizatorio”.

En  este artículo me propongo revaluar bajo esa perspectiva los proyectos de mejoramiento tecnológico en la minería  andina del siglo XVIII e inicios del XIX. Al mirar más allá de los aspectos puramente económicos, emergerá de manera más clara cómo las opciones tecnológicas fueron un importante terreno de conflicto entre la “mirada metropolitana”  y la perspectiva local3.

 

Los proyectos de modernización minera en el Perú del siglo XVIII

 

Los proyectos de modernización técnica en la minería durante el “siglo de las luces” han recibido ya una importante atención  de la historiografía4. Dado que la mayor parte de las fuentes acerca de la minería, disponibles para esa época, son de carácter estatal, los historiadores han puesto de relieve sobre todo las iniciativas llevadas a cabo por el Estado colonial. Estas podrían sintetizarse en dos grandes  proyectos: uno dirigido a mejorar la  producción de azogue en  Huancavelica,   y el otro, más amplio, orientado a mejorar los métodos de beneficio de la plata en los centros mineros del país.

El  primero consistió básicamente en  tratar de implantar en la mina huancavelicana de Santa Bárbara, las  técnicas de extracción y beneficio del  azogue desarrolladas en las minas peninsulares de Almadén. Santa Bárbara había comenzado a ser explotada en 1563,  tras su descubrimiento por los españoles. A finales del siglo XVI  su producción rozó los diez mil quintales por año; desde los finales de la siguiente centuria, las cosas decayeron. En las primeras décadas del siglo XVIII las tendencias en la cantidad de azogue producido habían sido en Huancavelica y Almadén totalmente opuestas. Mientras que en la mina peruana se descendía a un promedio anual de tres mil quintales, en la mina española la producción subía de los dos mil a los cinco mil quintales por año5. Además de este indicador cuantitativo, apareció un signo más inquietante de los problemas de Huancavelica entre los funcionarios metropolitanos, cual fue las polémicas desatadas alrededor de la licitud o  conveniencia de continuar con la mita o  trabajo indígena compulsivo en las minas  peruanas de Potosí  y  Huancavelica. Estos  debates se volvieron especialmente explosivos en las últimas décadas del siglo XVII, así como hacia 1719, cuando el Consejo de Indias pareció decidido a  acabar  con el trabajo forzado, vacilando y retrocediendo, empero, en el último instante6.

Aunque  no se llegó a abolir la mita en ese momento, para la autoridad metropolitana fue claro desde entonces que Huancavelica debía ser reformada. El adecuado abastecimiento de azogue era requisito indispensable para conseguir la recuperación del conjunto de la minería peruana, puesto que el método de beneficio, tanto para la plata como para el oro, descansaba sobre todo en la absorción por medio del  azogue, del metal  precioso existente en los minerales extraídos de los yacimientos. Las minas mexicanas de plata iniciaban por esos años lo que sería un aumento espectacular en su producción, y aunque la Corona española no tendría por qué haber sido tan optimista en sus pronósticos, sí debió ser consciente de la importancia de contar en América con la fuente de un ingrediente tan precioso para la actividad minera. Más  aún después de comprobar cómo las situaciones de guerra en Europa podían interrumpir el tráfico marítimo con los territorios de ultramar por largos años.

Los planes de reforma en Huancavelica, sin embargo, tuvieron más de arena que de cal; un serio problema para arribar a un mejor resultado se derivó de la conocida paradoja de la profecía autocumplida. En  efecto, las autoridades metropolitanas parecían partir de la premisa de que el principal obstáculo para la reforma de la mina peruana eran sus hombres; esto es, sus autoridades, sus empresarios y sus técnicos. Haya sido ésta una percepción equivocada, o no, el hecho es que el primer acto de los proyectos de reforma tecnológica fue casi  siempre remover a la autoridad e imponer a una nueva que no dependiese de los intereses locales. Desplazados y hechos a un lado, naturalmente  estos intereses se volvían entonces contra el proyecto, creándose así la oposición entre, por un lado, la nueva autoridad con su corte de ingenieros europeos, y los empresarios e ingenieros locales, por otro (con la vieja autoridad azuzando en la sombra). El carácter foráneo de los miembros del proyecto reformista terminaba añadiendo un matiz protonacionalista a este enfrenta- miento. Aunque el gobierno español apoyaba, desde luego, al primer bando, que después de todo había nacido como una iniciativa suya, el gobierno virreinal, si no se plegaba al bando local, solía definirse por una actitud neutral y contemplativa, a la espera del desgaste natural de la empresa reformista. Este fue el patrón característico de la mayor parte de proyectos de reforma tecnológica en los Andes.

Veamos en efecto lo sucedido en Huancavelica. En   el mismo año de 1719, el gobierno de Felipe V rompió con la disposición que reco- mendaba que del gobierno de Huancavelica se encargase un Oidor de la Audiencia de Lima, nombrando para dicho cargo al Marqués de Casa   Concha. Este  quedó investido con  el llamativo e imponente título de Superintendente General  de Azogues del  Perú. Los cargos de Superintendentes se  popularizaron en la época, bajo el ánimo de instituir una autoridad indiscutida en un ámbito administrativo o de la producción, libre de la tutela de cualquier autoridad local, inclusive el virrey y la Real Audiencia, y responsable así sólo ante el rey. Bajo  esta idea, una década atrás ya  había sido introducido el cargo en el virreinato de México. El nombramiento de Casa Concha fue recibido, obviamente, con “airadas pro- testas de las autoridades limeñas”, quienes con esta medida veían recortada su área de influencia y control7. La  separación de  la nueva autoridad respecto del gobierno local, de modo que fuera sólo dependiente del rey, partía de la creencia de una administración estatal corrupta o fácilmente corruptible en América.

En   1735  fue nombrado para el cargo de Gobernador de Huancavelica y Superintendente General  de Azogues, Jerónimo  de Sola y Fuente,  a sugerencia de Joseph  Cornejo,  Superintendende de Azogues  en España. Antes de partir para su nuevo destino, Sola pasó unos meses en Almadén, instruyéndose de la  realidad que debía tratar de replicar en los Andes y seleccionando un equipo de ingenieros que lo acompañaría en su misión americana. La política metropolitana parecía guiada por la idea de que sólo un control di- recto de los centros de producción minera por la Corona podía dar paso a su modernización técnica y eficiente marcha. Esta  idea podría haber  nacido de la observación de lo que ocurría en la minería centro europea, donde el Estado mantenía un celoso control técnico y político de los campamentos8.

Sola y Fuente tuvo así entre sus instrucciones procurar que si “hallandolo por Combeniente, se administre la Mina  de Guancavelica, por quenta de la Real Hacienda”9. Para lograr tal meta debía desembarazarse de los empresa- rios de las minas, una treintena de hombres que conformaban el llamado “gremio”, con quien el virrey de Lima pactaba unos contratos de producción conocidos como “asientos”. En   éstos se estipulaban las labores que se cedían a cada minero del gremio, la cantidad de indios de mita que recibirían, la cantidad de azogue que se comprometían a producir, el precio que por cada quintal les pagaría el Estado  y otros puntos semejantes10. A guisa de ilustración de la quietud con que el gobierno de Lima había manejado este asunto, señalemos que el nuevo “asiento” de 1744 firmado con el “gremio” por Sola y Fuente venía a renovar el que había sido firmado por el virrey Duque  de La Palata en 1683,  o sea, sesenta y un años antes11.

Sola y Fuente firmó el nuevo “asiento” después de siete años de su presencia en Huancavelica y seguramente tras constatar que la idea de explotar la mina  por cuenta de una administración  estatal directa era difícilmente realizable. Probablemente ésta no era una mala idea  en sí misma, pero no  halló los hombres ni la oportunidad necesarios para terminar la práctica de más de siglo y medio de dar en concesión la mina a un grupo de particulares12.

A pesar de esta frustración, las mejoras técnicas conseguidas por el Superintendente fueron importantes. La historiografía le atribuye, por ejemplo, el mérito de haber introducido el uso de la pólvora de forma sistemática para el trabajo de los socavones, mejorar el entibado de las “calles” y puentes en las labores subterráneas y haber vuelto a encontrar la veta principal de Santa  Bárbara, perdida desde 1645 (aunque sobre esto hubo una larga y no del todo zanjada polémica)13. ¿Fue ello poca cosa para once años de gobierno de la mina? La respuesta puede ser muy variable, pero sí podríamos decir que el  propósito de convertir a Huancavelica en una “nueva Almadén” había fracasado.

Entre  los obstáculos con que Sola  tropezó para introducir las técnicas de  Almadén figuró en primer plano el aspecto laboral. Los trabajadores de  Huancavelica, a diferencia de la mina española, no eran una mano de obra estable a la que se pudiese capacitar y retener en virtud de su dependencia del salario14. Los mitayos (trabajadores indígenas forzados) efectivos  eran  escasos y rotaban continuamente, y el resto de trabajadores también provenía, como aquellos, de pueblos alejados y atraídos por métodos variopintos, entre los que figuraban el engaño, la amenaza, la seducción, y casi nunca la necesidad económica. Aprovechaban la menor oportunidad para fugar, con los salarios que se les había adelantado como “sebo”, de modo que los empresarios estaban condenados, como Sísifo, a empezar siempre de nuevo15. Sola y Fuente tuvo así la oportunidad de constatar que la adaptabilidad de una nueva tecnología productiva en una actividad que descansaba fuertemente en el uso de  mano de obra, como la minería, dependía del estado social y económico del país. En Europa (y hasta cierto punto también en México), la  posibilidad de los centros mineros de contar con mano de obra voluntaria permitió especializarla y aumentar su destreza y productividad. En la región de los Andes, en cambio, al contarse solamente con una mano de obra escasa, pero además rotativa e inconstante, las tecnologías debían ser simples, y a la vez muy divisibles e independientes en sus distintas fases, de modo de poder acomodar los trabajos y el calendario de producción a la disponibilidad de la mano de obra16.

En el siglo XVII un minero de Huancavelica, Lope de  Saavedra, había inventado  un horno para el beneficio del azogue, conocido como “busconil” o “de aludeles”. Su utilidad para disminuir la intoxicación de los operarios con los gases  mercuriales, que  producían el “azogamiento” o “hidrargirismo”, hizo que fueran llevados a Almadén, donde se adaptaron y desarrollaron con éxito, convirtiéndose en el siglo XVIII en hornos mucho más grandes y eficaces que los originales de Huancavelica17. Sola y Fuente intentó sin éxito introducir en el Perú los hornos mejorados de España. Tropezó con la falta de combustible y mano de obra adecuados. La escasez de materiales combus- tibles de alto poder calórico fue hasta finales del siglo XIX  (cuando comenzó a explotarse el carbón mineral) un férreo obstáculo para el progreso industrial en los Andes18. Los únicos materiales combustibles abundantes allí eran el ichu, una hierba larga y dura de las tierras altas, de la que se alimentaban  las llamas, y el excremento de estos mismos animales, llamado  taquia. Pero ambos se consumían rápidamente sin llegar a producir gran calor19. Cuarenta año más tarde, otro intento de las autoridades coloniales por introducir nuevos hornos de beneficio en Huancavelica tropezó con la misma piedra: el ichu de Huancavelica no producía el mismo grado de calor que la leña de Almadén20. En   una época en que el progreso metalúrgico parecía avanzar en función de la temperatura que podía lograrse en los hornos de fundición, la región andina pareció condenada al atraso o a  buscar su propia tecnología.

De otra parte, los grandes hornos demandaban más que los pequeños una mano de obra constante y entrenada. Lo que no existía en las minas peruanas, donde más bien: “Muchas veces las hornadas se  paralizaban ante la imposibilidad de retener a los operarios en los lejanos parajes, donde no había justicia, pero sí “cobradores que molestan””21.

El otro problema para una exitosa transferencia de tecnología que halló Sola y Fuente tuvo que ver con la escala de producción aquí imperante y el esquema fiscal que afectaba a la minería. En general, podemos decir que éste fue un defecto común de los paquetes tecnológicos que trataron de introducirse en la era borbónica. Se trataba de tecnologías que descansaban mucho en lo que se conoce como “economías de escala”: es decir, mejoras técnicas que se hacen posibles gracias a un aumento apreciable del volumen de la producción. Un horno como los de Almadén era apropiado para un empresario minero que extrajese un promedio de cinco cajones de mineral al día (esto es, unas diez toneladas), pero en un contexto de pequeños productores, como el que existía en Huancavelica y más marcadamente  todavía en el resto de las minas peruanas, donde lo común era extraer no más de un cajón de mineral por día, el trasplante de tecnologías europeas se hizo poco viable.                                                             

Sin embargo, es cierto que si los beneficios esperados por la introducción  de la nueva tecnología son suficientemente grandes, la promesa tecnológica puede derrotar a la organización social de la producción y finalmente imponerse. Es  decir, que históricamente no está sancionado que la organización social de la producción (esto es, el tipo de empresarios y de trabajadores y la clase  de relaciones que establecen; en suma, aquello que Marx llamó “las relaciones sociales de producción”) actúe sobre las nuevas tecnologías como una coraza impenetrable, sino que se trata de una relación recíproca22. Pero para que la tecnología se imponga sobre las restricciones de la organización social, se requería: de un lado, lo ya dicho: que los beneficios previstos como resultado del cambio técnico sean importantes y confiables, y de otro, apoyo político o eco- nómico a disposición del bando innovador.   Ni  lo uno ni lo otro caracterizó realmente a las empresas de transferencia tecnológica en la minería peruana del siglo XVIII.

Veamos para ello el otro proyecto importante de modernización técnica: el  de la Misión Nordenflicht.

 



Parte (2/3)



* Pontificia Universidad Católica del Perú, Departamento  de Economía

[1] Para el ámbito minero, véanse los trabajos de  John Fisher, Kendall Brown, Marie Helmer, que más adelan- te citaremos con detalle; para el agrícola, los de Pablo Macera, reunidos en sus Trabajos de historia. Lima: Instituto Nacional  de  Cultura, 1977; 4 ts. Para el fiscal, los de Alfredo Moreno, El virreinato del marqués de Castelfuerte 1724-1736; el primer intento borbónico de reformar el Perú. Madrid: Catriel, 2000; y Scarlett O’Phelan, “Las reformas fiscales borbónicas y su impacto en la sociedad colonial del Bajo y Alto Perú”. En Nils  Jacobsen y Hans-Jürgen Puhle (comps.), The Economies of Mexico and Peru during the Late Colonial Period, 1760-1810. Berlín, 1986.

[2]  Aquí  destacan los trabajos de José  Sala,  Ciencia  y metropolización en América, y los del grupo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de España.

[3] Para este artículo me he basado en la  bibliografía disponible y en una investigación anterior, financiada por el Banco de España, acerca de la minería peruana en el último medio siglo colonial.

[4] Destacan  especialmente los trabajos de John Fisher, Minas y mineros en el Perú colonial, 1776-1824. Lima: IEP, 1977;   Marie Helmer, “La  mission Nordenflycht  en Amérique espagnole (1788) Echec d’une technique nouve-lle”. En Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia vol. XXXIX: 2. Madrid: 1987; Kendall Brown, “La recepción de la tecnología minera española en las minas de Huancavelica, siglo XVIII”. En  Marcos Cueto   (ed.), Saberes andinos. Ciencia y tecnología en Bolivia, Ecuador y Perú. Lima: IEP, 1995; Miguel Molina Martínez, Antonio de Ulloa en Huancavelica. Granada: Universidad de Granada, 1995. Trabajos pioneros fueron los de Modestó Bargalló, La minería y la metalurgia en la América española durante la época colonial. México: FCE, 1955, así como algunos trabajos presentados en el libro de Síntesis de la minería peruana en el centenario de la independencia. Lima: Imprenta Aguirre, 1924, como el de Fortunato Carranza.

[5] Brading y Cross  ofrecen un gráfico  comparativo en “Colonial Silver Mining: Mexico and Peru”. En Hispanic American Historical  Review 52. Durham: 1972.

[6]  Véase sobre esto, Ignacio González Casanovas, Las dudas de la Corona. La política de repartimientos para la minería de Potosí (1680-1732). Madrid: CSIC, 2000.

[7]  Véase sobre el punto, Miguel Molina Martínez, Antonio de Ulloa en Huancavelica; pp. 36-37.

[8] Sobre ello, véase Julio Sánchez y Guillermo Mira, “Minería americana y minería europea, 1750-1820: una perspectiva comparada”. En  A. Lafuente, A. Elena   y M.L. Ortega (eds.), Mundialización  de la ciencia y cultura nacional.   Madrid: UAM y Doce Calles, 1993.

[9] Documento   del AGI, citado por Kendall  Brown en “La recepción de la tecnología minera española”, p. 67.

[10]  Sobre los asientos en los siglos XVI y XVII, véase Lohmann, Las minas de Huancavelica en los siglos XVI y XVII. Sevilla: EE.EE.HH, 1949 y Carlos Contreras, “El azogue en el Perú colonial, 1570-1650”. Tesis Pontificia Universidad Católica    del Perú, 1981.

[11] Desde 1573 hasta 1744 se habían firmado trece “asien- tos” (el de Sola fue el  decimocuarto), lo que da un promedio de duración de algo más de trece años por cada uno. El asiento de Sola y Fuente puede verse en la Biblioteca Nacional  de Lima. Sala de Investigaciones,   así  como también en el Archivo  General  de Indias (AGI) de Sevilla.

[12] Antonio  de Ulloa,  quien fuera Gobernador   de Huancavelica entre 1758  y 1764, habría organizado una “minería del rey”, como una especie de experiencia piloto, entre los años 1759 y 1762, según refiere Miguel Molina,  en Antonio de Ulloa en Huancavelica, p. 118.

[13] Ver Kendall  Brown, “La recepción de la tecnología minera…”, pp. 68-74.

[14] Sobre la mano de obra en Almadén, remito al trabajo de Rafael  Dobado, “Salarios y condiciones de trabajo en las Minas de Almadén, 1758-1839”. En Pedro Tedde (ed.), La economía española al final del Antiguo Régimen. II. Manufacturas. Madrid: Alianza Editorial  y Banco de España, 1982, y al más reciente, de Alfredo Menéndez Navarro, Un mundo sin sol. La salud de los trabajadores de las minas de Almadén, 1750-1900. Granada: Universidad de Granada  y  Universidad    de Castilla-La  Mancha, 1996; cap. 2.

[15]  Brown,“La recepción de la tecnología”, p. 68.

[16] Estudié las implicancias de ello en la minería peruana, en mi libro Mineros y campesinos en los Andes. Lima: IEP, 1988.Véase también: “Minería y mano de obra en el Perú del siglo XIX”. En  Siglo XIX. Revista de Historia  N°  8. Monterrey: 1989.

[17] Kendall   Brown (“La recepción de la  tecnología”, p. 73) reseña que mientras los hornos de Huancavelica tenían una capacidad de aproximadamente 270 arrobas de mineral, los de Almadén alcanzaban a contener entre 900 y 1100 arrobas.

[18]  La disponibilidad de combustibles es tan importante que el historiador británico D.CM. Platt llegó a mencionar la falta de carbón y hierro como el factor clave para el atraso económico de América Latina.

[19]  Hubo intentos  de utilizar otro tipo de materiales, como el de Francisco Blanco, quien entre 1757 y 1778 intentó patentar unos hornos que trabajarían usando como fuente energética la  aña brava.Véase Leonor Cisneros, Juvenal Luque y Raúl Alcalá, Arbitrios técnicos de la minería colonial (Perú: 1700-1820).  Lima: CIHES, 1986.

[20]  Molina Martínez, “Ciencia y minería en las expediciones a América”. En A. Díez Torre, T. Mallo  y D. Pacheco, De la Ciencia Ilustrada a la Ciencia Romántica. Actas de las II Jornadas sobre  “España y las expediciones científicas en América y Filipinas”. Madrid: Ateneo de Madrid y Doce Calles, 1995.; p. 227.

[21]   Citado  en López, Luque y Alcalá, Arbitrios técnicos; p. 36.

[22]  En la propia minería peruana, sucedió en las décadas finales del siglo XIX e iniciales del XX, que las formas tradicionales de  beneficio fueron reemplazadas por grandes “oficinas” de refinación, a pesar de que seguía vigente el escenario de pequeños  productores. Estos gigantescos centros de  fundición minaron luego la vigencia de la pequeña empresa minera, propiciando la concentración empresarial.Véase R. Thorp y G. Bertram, Perú 1890-1977. Crecimiento y políticas en una economía abierta. Lima: Mosca Azul, Universidad  del Pacífico y F. F. Ebert, 1985; parte II; y José Deustua, The Bewitchment of Silver. The Social Economy of Mining in Nineteenth Century Peru. Athens: Ohio State University, 2000.

[23] Véase sobre todo, John Fisher, Minas y mineros, cap. 4 y Rose Marie Buechler, “Technical Aid to Upper Peru: The Nordenflicht Expedition”. En  Journal of Lati American Studies V: mayo. Londres: 1977.



Etiquetas:   América Latina   ·   Historia de Edad Moderna   ·   Minería
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