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Spes sine lege non est


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05/01/2017

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SPES SINE LEGE NON EST1






Vicente Adelantado Soriano





Non lubet enim mihim deplorare vitam2

Cicerón, De senectute.





Querida amiga: mucho me alegra que haya centrado su anterior carta en la crítica al sistema educativo, y en sus viejos recuerdos por escuelas e institutos. Pues, mi preocupación era muy otra, me quedé con mal sabor de boca tras haberle enviado mi carta. No es la primera vez que me sucede: ya de joven, por una estupidez mía, por una gracia absurda, carente de sentido, envié una misiva que debía haber destrozado; y pensé, impotente, cuando ya no podía hacerlo, que Correos debería tener un sistema mediante el cual se pudiera recuperar un sobre antes de que llegara a su destinatario. Lo mismo me sucede ahora con los correos electrónicos: los ordenadores deberían tener alguna tecla gracias a la cual se pudiera anular alguna que otra cosa que ya va por los cables, por el aire, o por donde sea. En la antigüedad, ¡Ah, venturosos años!, siempre era posible enviar a un arquero, de certera puntería, y eliminar a la inocente paloma que llevaba la liviana nota.

Tenía que haber retenido muchos escritos conmigo antes de lanzarlos a volar. Pero ya no hay solución.

Pensé, después de darle a la tecla que no tiene retroceso, la más grande del teclado, que no debía haberle contado nada sobre mi constipado y sobre mis solitarios días, enfermo y postrado en la cama: era preocuparla innecesariamente. Gracias a los dioses veo que está usted más preocupada por otras cosas, que no tienen remedio, que por su viejo amigo. Así es la vida.

Bromas aparte yo creo que nos hemos acostumbrado, mal, muy mal, a que siempre tiene que haber alguien que nos saque las castañas del fuego. Le digo esto por la propuesta que hizo aquel compañero suyo de abrir los institutos por las tardes, y los días de fiesta, a fin de dar a los alumnos salidas, diversiones, etc., para evitar las borracheras de estos. Comprendo que su compañero estuviera preocupado por sus alumnos, por las drogas y por el botellón, entre otras cosas, como lo estuve yo por mis hijos; pero no creo que la solución fuera la ofrecida por él. O, al menos, no en la forma que lo hacía o proponía.

Cierto es que la sociedad, muy a menudo, demasiado a menudo, ha avanzado porque ha habido visionarios, vanguardias, que han ido contra viento y marea. Y que sus propuestas o descubrimientos, que parecían absurdas en un principio, han terminado por calar de tal forma en la sociedad que hasta el nombre de quienes la propusieron y propalaron se ha olvidado.

Recuerdo que hace muchos años, muchísimos, tuve una excelente profesora de latín. Varias veces, y en sucesivas clases, esta mujer nos habló de los problemas de la transmisión cultural, de la incapacidad de llegar a la comprensión total de los textos antiguos ya que el contexto del escritor y del lector son totalmente distintos. Pero no es de esto de lo que quería hablarle, pese a que fue el motivo recurrente de muchas de sus clases. También nos habló esta excelente profesora, no recuerdo por qué, de lo mucho que le cuesta a una sociedad renunciar a sus ideas y adoptar otras nuevas, por mucho que estas vayan a ser su salvación. Nos ponía como ejemplo la vida y obra de un médico, imagino que lo conocerá, Ignaz Semmelweis. Este doctor, como sabrá, allá por el siglo XIX dijo que, para evitar la muerte por fiebre pauperal de las mujeres que iban a dar a luz al hospital, los médicos que las atendían tenían que lavarse las manos después de atender a los hombres, enfermos de paperas. Por lo visto decirle que se lavara las manos a un señor catedrático era ir contra toda razón y lógica. La vida de Semmelweis no fue nada agradable según nos contó mi vieja y querida profesora. Y eso que probó y demostró todo cuanto dijo. Pero, claro, por Dios, lavarse las manos un señor doctor...

No quiero decir con esto que debería haberle sucedido lo mismo a su compañero, al que proponía abrir los institutos los sábados por la tarde. Quizás sea una buena idea, un loable intento de evitar lo que sucede con muchos chicos. Pero convendrá conmigo, espero, que eso, encauzarlos, evitar que se emborrachen, se droguen o pasen la noche en discotecas y gritando por las calles, no es misión de la escuela. Es misión de toda la sociedad. Y, desde luego, le doy la razón a los profesores que protestaron o se indignaron ante la propuesta. Estaría muy bien, no se lo niego, hacer talleres de teatro, de fotografía, hasta de latín si usted quiere; pero no pretenderán, creo yo, que un profesor esté toda la semana trabajando, y dedique también el sábado, y hasta el domingo, a sus alumnos. ¿Dónde está entonces el papel de los padres? Sí, ya sé que algunos protestan porque los muchachos llevan deberes a casa. No le extrañe que también protestaran por la opción que planteaba aquel compañero suyo.

Partimos de un error fundamental: la escuela enseña, no educa. Y no quiero decir con ello que no deba educar la escuela. Quiero decir que educar es tarea de todos, incluidos los padres. Ahora bien, es absurdo que yo realice un taller de latín, o incluso que imparta una clase de latín, cuando a dos por tres tengo que estar respondiendo a la necia y absurda pregunta de para qué sirve el latín. ¿Sirven para algo las matemáticas? ¿Va usted al mercado y le dicen que el cuatro de pollo está a la raíz de menos uno elevado al cuadrado o algo similar? ¿No le han preguntado nunca a usted para qué sirve leer a Garcilaso de la Vega? Hemos llegado a tal grado de supuesto y necio pragmatismo que nos estamos matando a nosotros mismos. Nos parecemos, cada día más, a aquella gallina que se encontró un diamante en un estercolero. Evidentemente no le servía para nada. Ahora bien, tal vez deberíamos regresar el mundo antiguo, a Platón por ejemplo, a Sócrates, y preguntarnos si la belleza es útil o no. Y qué entendemos por utilidad.

En una reunión de padres, estaba cansado y harto de soportar a algunos de ellos, un padre, su hijo había suspendido, haciéndose el gracioso, cómo no, volvió a la pregunta de siempre: ¿Y para qué sirve el latín? Le pregunté a mi vez se le gustaba el fútbol. Me respondió que sí, por supuesto.

-¿Y para qué sirve el fútbol? -le pregunté.

-¡Hombre! -exclamó como si estuviera hablando con un idiota- el fútbol da mucho dinero y entretiene a mucha gente.

-Pues yo con el latín mantengo a una familia, pago un par de hipotecas, y me distraigo mucho leyendo a los autores romanos en latín. Ahora bien, según su inteligencia y sensibilidad, cada uno se distrae con una cosa. Hay quien lo hace cazando moscas con el rabo.

El señor aquel presentó una queja en dirección por mi respuesta. Al parecer yo le había faltado al respeto.

No me gusta, querida amiga, ni recordar estas cosas ni contarlas. Pero ya que lo he hecho me sirvo de ello para decirle, una vez más, que para que la educación funcione, para que el sistema sea bueno, tiene que ser toda la sociedad la que colabore, o cambie, por lo menos un poco. Le recomiendo a usted que un día cualquiera coja usted un periódico digital y lea cualquiera noticia que los lectores hayan comentado. En esos comentarios, en sus errores sintácticos, en sus faltas de ortografía, cuando no en los insultos y en las tonterías que se dicen, queda más que demostrada la importancia de estudiar latín, historia, literatura, filosofía y hasta un poco de educación y buenas maneras. Si queremos ser un poco humanos, y de ahí la importancia de las humanidades. Me imagino que nada de esto hará falta que se lo subraye a una ex profesora de lengua y literatura.

Dejemos el pasado en manos de los profesores que han heredado nuestras aulas.

No sé si hoy o hace dos días leí una noticia que me ha dejado un poco descolocado: la ministra de educación de este bendito país, Hispania, ha propuesto una especie de Erasmus nacional para los estudiantes, creo que de bachiller. ¿Qué le parece la medida? A mí me ha dado risa: está bien que, por ejemplo, un chico andaluz vaya al País Vasco y aprenda el euskera, o un madrileño a Cataluña, y estudie el catalán. Creo que es una forma de romper con el espíritu de campanario pero sin salir de la iglesia. Suponiendo, y creo que me entiende, que seamos todos de la misma congregación y de la misma fe, que, tal vez, ya sea suponer mucho. ¿Y qué hace la ministra de sanidad ocupándose de estos menesteres? ¿No tiene suficiente con las listas de espera de los hospitales? Por lo visto estamos en manos de una gente muy capaz: no tienen suficiente con un ministerio.

Por otra parte, sigue siendo terrible todos los crímenes de mujeres que siguen habiendo. Me ha puesto los pelos de punta: una chica de 25 años asesinada, a cuchilladas, por un compañero de trabajo por negarse a mantener relaciones con él. ¿Quienes se creen que son estos tipejos? ¿Y que me dice de los atentados terroristas? ¿Predicamos una justicia más equitativa en tanto terminamos de pagar todos los desmanes de algunos de nuestros políticos? Nos faltaba ahora la quiebra de las autopistas. Hace falta impartir ética y filosofía en los colegios. Y dejarse de perdones divinos, indultos y demás, y tirar mano del código penal. Salvo que el FMI disponga lo contrario, que lo dispone. Se absuelven entre ellos, y no admiten ni que les tosan. En este país es más peligroso contar un chiste malo que robar o matar o subcontratar aviones y no para hacer viajes de novios...

Sí, no van a tener queja: les hemos dejado muchísima faena a los profesores que nos siguen. Pero recuerde que ni Erasmo ni Séneca consiguieron educar al príncipe. A este último hasta le costó la vida. No pierda la esperanza. Y cuídese. Suyo





LSD





1No hay esperanza sin la ley.



2No me gusta añorar la vida.





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