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Entrevista a la escritora Rosario Curiel


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10/05/2016


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Natural de Lleida, Rosario Curiel lleva una mochila amplia y no sólo por sus seis novelas publicadas. Relatos, poemas y ensayos se suman a un trabajo que se extiende por la música y el teatro, entre otras disciplinas.


  Catedrática de Lengua Castellana y Literatura, Doctora en Filología Hispánica. Rosario Curiel aplica su formación en su tarea como docente, donde plantea la escritura creativa como una forma de ser y estar en la vida, porque esta autora enarbola con fuerza un término propio: “escrivivir”.

Entrevista concedida a ELD y realizada por Begoña Curiel:

–¿Escribir es una necesidad para usted?

Sí, absolutamente. Escribo cada día, y lo hago a mano (luego paso a ordenador el material publicable). Es una necesidad casi física. La sensación de fluidez que me genera escribir forma parte de mi vida.

–Por lo visto, desde pequeña le persigue una especie de dragón que le pide escribir. ¿Ese gusanillo cambia con el paso del tiempo y la experiencia?

En mi caso, el cambio va a una mayor exigencia de escritura cada día. A una mayor necesidad. Dicho de otra manera: el dragón cada vez me pide más y más de comer. A menudo me refiero al acto de escribir como “alimentar al dragón”.

Esta figura no es algo forzado: cuando era pequeña (no recuerdo cuántos años tendría, pero no más de cuatro), tenía que atravesar un pasillo largo y oscuro para ir a mi habitación. Hacia la mitad del recorrido estaba el estudio de mi padre: daba a un patio interior del edificio y apenas tenía luz. Era como una cueva tenebrosa cuando la puerta estaba abierta y no había nadie en él. A menudo atravesaba el pasillo corriendo porque tenía miedo: en la oscuridad de esa cueva veía los ojos encendidos de un dragón. No se me pregunte por qué: el dragón estaba ahí. Un día se me ocurrió hablar con él, hacerme su amiga. Cuando pasaba por delante de esa puerta le hacía preguntas para distraerme del miedo y entretenerlo. También para hacerme su amiga y conseguir así que no me devorara. Pero él seguía allí. Un día me armé de valor y le pregunté: “¿qué quieres de mí?” Y él me dijo: “quiero que escribas. Quiero que hables de mí y que les cuentes a los demás el secreto de mi nombre”. Así, tal cual. De ahí nació mi primera novela muchos años después. Aún me emociona y me estremece la historia.

–En su página web, Rosario Curiel tiene un apartado con un título precioso: “Escrivivir”. Es un término muy interesante que nos gustaría que nos explicara.

En primer lugar, gracias por sus palabras acerca del concepto. Escrivivir significa “escribir + vivir”: hace alusión a incorporar la escritura como algo cotidiano y a convertirla en el eje central de nuestra existencia. No se trata del hecho de “escribir para publicar”, sino de la escritura como una forma de vida. En cada uno de los pequeños acontecimientos cotidianos podemos encontrar material para escribir. Se trata, en el fondo, de vivir adoptando una mirada tal que cualquier elemento pueda tomar cuerpo de letra. Esa actitud me hace vivir de manera más intensa. Es semejante a vivir por partida doble. Por otra parte, confieso que soy incapaz de pasar un día sin escribir. Me pongo literalmente enferma.

–Tiene más pasiones: la docencia, la música y el teatro. ¿Influyen en su escritura o en la manera de vivir como escritora?

Por supuesto. La docencia me enseña a observar a los demás, a ponerme en su lugar y entender sus reacciones, además de que me exige estar atenta al mundo que nos rodea. Me encanta ser profesora. Me encanta comunicarme con mis alumnos. Ellos me enseñan mucho también. A veces pienso en qué les inquieta y eso me lleva a pensar y escribir sobre determinados temas.

La música me inspira estados emocionales o ritmos, y a menudo me sirve para incorporar estructuras narrativas en mis novelas: una novela no tiene, en principio, una forma predeterminada, y a mí me gusta pensar en estructuras musicales cuando escribo.

El teatro, aparte de ser objeto de escritura, me ayuda a ver la vida y la literatura como representación, por una parte, y por otra a afinar el oído cuando me pongo a escribir diálogos.

–¿Tiene modelos o maestros a los que aspira a parecerse o al menos, a los que idealice?

Es complicado responder a esta pregunta. Tengo algunos textos a los que suelo volver cuando me pierdo. Pertenecen a T.S. Eliot, Alejo Carpentier, e.e. Cummings, Bernardo Atxaga, Luis García Montero o Julio Cortázar. Sí puedo decir que José Sanchis Sinisterra ha sido un maestro directo en lo referente al teatro (estudié dramaturgia con él): aunque no pretendo imitarlo, sí lo he tomado como modelo de escritura a nivel escénico y narrativo. En este sentido, podría añadir el magisterio a la distancia de Alejo Carpentier: hice la tesis doctoral sobre él, y yo diría que se me quedó un poso enorme de sus novelas.

– ¿Qué autores y obras le fascinaron y dejaron huella por y para siempre?

Alejo Carpentier (en especial su novela Concierto barroco), Julio Cortázar (sus cuentos, sobre todo) y James Joyce con suUlises.

–Con tantas actividades y trabajo en la espalda, ¿cuánto tiempo tiene para leer?

Todo el que saco de cualquier resquicio. Digamos que no “me pongo a” leer. Aprendí a leer muy pronto (a los tres años), y siempre he sido una lectora voraz. Estoy leyendo todo el día de una manera u otra: aparte de los libros que debo conocer como profesora para mis clases, están los que leo por gusto (siempre varios a la vez, soy compulsiva en esto), los que tanteo y los que releo como quien toma una medicina para el alma. A veces me sorprendo caminando y leyendo a la vez.

–Hay autores que dicen que un escritor debe ser un buen lector. ¿Cuál es su opinión?

Estoy totalmente de acuerdo. Hay que leer mucho más de lo que se escribe. La lectura es un modo de aprendizaje para cualquier persona, pero mucho más aún para quien quiera escribir.

–¿Tiene la impresión de que en este país se lee tan poco como nos dicen?

Pues no. Creo que la gente lee mucho. Otra cosa es qué se entiende por “leer” y qué tipos de libros se comercializan de manera masiva. Está claro que hay un cierto predominio de novela negra y romántica, y que estos géneros tienen un público numeroso. Por otra parte, en este país se lee mucho en digital: diarios, revistas, blogs, libros… Aunque por desgracia estos últimos se piratean impunemente. La cuestión es qué se valora y qué no y si lo que se lee proporciona beneficios a los autores. Sé de un compañero al que en una feria del libro le echaron en cara que su poemario valiera más que un kilo de patatas. Todavía no se tiene claro aquí el concepto “bien intangible” que define a la obra literaria. Y sin embargo, necesitamos palabras. Y las buscamos. Como todo el mundo en todas partes.

–¿Escribe en cualquier parte y horario o necesita de un ambiente o rituales determinados?

Escribo en cualquier parte y en cualquier horario. Me he entrenado para ello, porque a menudo mis horarios son complicados. Mi centro vital en este sentido es mi estudio: escribo en él cuando puedo. Pero siempre llevo encima una libreta y un bolígrafo para tomar notas por si acaso me vienen ideas.

–Son seis ya las novelas de Rosario Curiel. En algunos momentos ha debido detener el proceso de elaboración de algunas de ellas, para dedicarse a temas diferentes y puntuales. ¿Es posible pedir a los personajes a los que se dedica en ese momento, que paren un momento?

¿Cómo convive con ellos? En una entrevista he escuchado que a veces soñó con alguno.

La verdad es que, al menos en mi caso, no es posible pedirles a los personajes que paren. Ellos tienen vida propia. Convivo con ellos como me dejan. Sí, he soñado con alguno. Suele pasarme si los dejo de lado por alguna circunstancia. Por eso duermo con una libreta y un bolígrafo en la mesilla de noche y me he acostumbrado a tomar notas al tacto, a oscuras.

–La obra de Rosario Curiel ha pasado por diferentes editoriales. ¿Qué le dice su experiencia sobre su evolución, han cambiado mucho, en función del mercado literario –modas de géneros, predilección por distintas temáticas…– o la entrada en juego de plataformas digitales de autopublicación?

Creo que el ecosistema editorial ha cambiado mucho. Como he dicho antes, percibo una predilección por el género negro y la novela romántica que cuando salieron mis primeras novelas no existía (al menos no en esa medida). Hoy en día es mucho más fácil publicar que antes: en eso tiene que ver la posibilidad de autoeditarse en plataformas digitales, por supuesto, pero también el auge de Internet y las redes sociales. Es más fácil contactar con editores, pero sigue siendo difícil que te hagan caso para una publicación del estilo que solemos llamar “tradicional”: el editor publica tu libro y tú no pagas nada para que te publiquen. Han aparecido nuevas formas (las suscripciones a editoriales, la impresión bajo demanda) que aquí antes eran impensables. La autopublicación no es nueva: sabemos que muchos grandes autores pagaron por ver en papel sus obras. Lo que ha cambiado es la digitalización y la velocidad a la que aparecen las novedades: antes una novela podía mantenerse varios meses en las librerías. Hoy, a los quince días ya se sustituye por otras nuevas porque no hay espacio físico para tanta novedad. Si trasladamos eso al mundo digital, los números crecen de manera exponencial: marea ver la cantidad de novedades accesibles online. Y sin embargo, creo que es lógico y natural que esto suceda. El mundo digital hace que todo se acelere y que se simplifique el proceso de distribución de un libro. Lo que no hay que hacer es confundir facilidad de distribución con facilidad de edición: la maqueta de una obra en digital da tanto trabajo como la de una obra en papel. Lo peor de la inmediatez que vivimos es que muchas personas no ven que un libro supone muchas horas de la vida de alguien que se ha dedicado a escribir. Este hecho ha disparado la piratería, pero también la aparición de pequeñas editoriales que ponen el énfasis en el carácter artesanal y diferencial de sus libros para atraer al lector.

–¿Cómo se definiría en su escritura?

Persistente. Ilusionada. Audaz. Trabajadora. También visionaria y pasional. Soy una hormiga con fuego y dientes de dragón. Y a veces, con alas.

–La realidad de nuestro día a día aporta un campo infinito de posibilidades para crear. ¿Hay muchos anónimos que merecen ser personajes de novela, o simplemente es cuestión de decorarlos o reinventarlos?

A mí no me gusta utilizar un modelo de manera completa. Está claro que hay muchas personas anónimas que merecen ser personajes de novela, bien porque lleven una vida diferente a lo que nuestra sociedad considera como estándar o bien porque tengan una influencia especial en nuestro mundo. Sin embargo, a mí me infunde mucho respeto y me da cierto pudor trasladar vidas ajenas aunque sea reinventándolas o redecorándolas. Creo mis personajes uniendo diversos rasgos reales e inventados a partir de modelos, como quien construye un collage. A veces nacen de una idea que hay que vestir de carne literaria y entonces me pongo a buscar modelos físicos en diarios y revistas: a partir de ahí me invento su nombre y su vida y pasan a las páginas. De hecho, tengo libretas especialmente dedicadas a personajes en donde pego recortes, pienso en sus posibles gustos o fobias, en sus manías y miedos  y en otros rasgos hasta ir completando el espectro del individuo en cada caso.

–No todas las opiniones afectan de la misma manera dependiendo de quién vengan. Aun así, ¿cómo le influyen? ¿Son necesarias todas las críticas, buenas, malas, de lectores y seguidores anónimos o las que proceden de firmas de renombre?

No me influyen para mal. A veces, ni siquiera me influyen. Procuro escuchar o entender lo que se me dice, y luego hago lo que puedo. La verdad es que soy un poco ácrata en este sentido. Difícil de someter. No es tozudez ni soberbia. Es que tengo la visión de lo que escribo y no me resulta posible pensar durante el proceso de creación si lo que estoy haciendo le va a gustar a alguien o no. Cuando sale a la luz, la suerte está echada y ya está.

Creo que todas las críticas son necesarias. Sobre todo para luchar contra el ego. También, por supuesto, para guiar al lector en la gran selva de las novedades. A veces alguien que no tiene un nombre reconocido puede tener una visión perspicaz. Otras veces no, claro. Lo mismo sucede con las grandes firmas: a veces estoy de acuerdo con lo que dicen y a veces no. Cuando se trata de mi propia obra no tengo la suficiente distancia como para ser omnisciente al respecto, pero me paro a pensar hacia qué dirección me apuntan. En cualquier caso, siento un profundo respeto por quien se aventura a decir algo sobre lo leído.

–¿Cómo han afectado las redes sociales a la divulgación y promoción de la literatura? ¿Son efectivas para los autores o no conllevan tantas ventajas como pudiera parecer?

Creo que en general ayudan, aunque pueda parecer que producen una cierta saturación. En mi caso, me han ayudado hasta ahora: todo lo que he publicado desde 2012 se debe a que alguien me encontró en determinado momento a través de mis blogs o de redes y me propuso editar alguna de mis obras. Procuro tener una cierta presencia en redes: en ellas genero contenido o informo sobre lo que voy haciendo. Esto me sirve para estar en contacto con los lectores, con otros autores, con editores, con grupos culturales… De todas formas, hay que ser prudente, porque Internet lo magnifica todo y todos los elementos negativos del mundo literario (el postureo, la adulación, la hipocresía, la estafa, la falsedad, el ego sobredimensionado, los corrillos…) se proyectan de manera gigantesca en la caverna tecnológica.

–¿Qué opina de los blogs y páginas dedicadas a la literatura?

Me parece que sus autores son tremendamente generosos con el mundo. Está claro que hay quien le dedica mayor esfuerzo que otros y eso se nota cuando entramos a valorar qué nos aportan, pero la ilusión y las horas que son necesarias para mantener en condiciones un blog o una página dedicada a la literatura hace que admire a quien se pone al frente de una de estas iniciativas. Con el tiempo, se convierten en referencias claras para el lector y el autor. Debo decir que, en este sentido, me siento terriblemente agradecida a los blogs y las webs que han dedicado críticas a mi obra: en todos los casos que conozco, los análisis son de una lucidez asombrosa. Creo que esta zona de trabajo literario no está en absoluto reñida con las publicaciones en diarios, revistas y suplementos: son ámbitos que se complementan.

–La ventana a la red es abierta, democrática, accesible a todo el mundo. Da pie a que podamos opinar abiertamente sobre literatura, libros, autores, a los que amamos este universo. Esta realidad ¿es siempre positiva, en todos los sentidos?

Está claro que no es positiva siempre, ni lo es en todos los sentidos. De la misma manera que hay personas que ejercen la crítica de manera concienzuda, también hay quien se lanza a opinar a tumba abierta, sin reflexionar más allá de los propios gustos. Pero no veo de qué nos escandalizamos: al fin y al cabo, Internet no es más que la nueva ágora, en donde algunos sustentan la opinión personal y otros buscan entender.

–Pida un deseo para el mundo de las letras. En el futuro.

¿Solo uno? Algo de lucidez.

¿Hacia dónde cree que debe caminar?

Hacia la revalorización de la cultura como factor rehumanizador del individuo. Dicho en otras palabras: hacia el sentido común que consiste en pensar que el arte, la literatura en este caso, es uno de los elementos que nos hace humanos.

Desde un punto de vista práctico, este concepto nos llevaría, por ejemplo, a valorar la creación individual de cada individuo de manera que no nos parezca normal y hasta loable descargarse en menos de un minuto un libro que alguien ha tardado meses o años en escribir.

Desde un punto de vista personal, en mi caso sé que debo caminar hacia un entendimiento del mundo cada vez mayor.





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