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Violencia de género


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29/01/2016

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CAMBIANDO EL PARADIGMA renombrando la “violencia de género”


Un paradigma es un constructo epistémico, un conjunto de creencias que conforman una cosmovisión, un zeitgeist omnímodo que, no sólo fagocita la cultura y el pensamiento de una comunidad en un determinado periodo, sino que, construye un patrón axiológico que configura y condiciona el plano ontológico, así como nuestra manera de relacionarnos y de entender el mundo.

El paradigma en el que nos hayamos instaurados es, el pensamiento lineal. En el intento de entender el mundo, tendemos a reducir las cosas a sus partes y a descubrir las relaciones causales que se dan entre ellas, en un único plano rectilíneo, mediante un tracto sucesivo de causa efecto, que se agota en éste último estadío.

Esta forma de pensar contiene dos errores fundamentales. Por un lado, las cosas no son únicamente la suma de sus partes, sino que hemos de añadir a este conjunto, la relación entre las partes que lo conforman, como un elemento más del todo. Y, por otro lado, la causalidad no se desarrolla en un plano lineal, sino circular, pues el efecto que es producido por una causa, se conforma a su vez, como causa de un efecto subsiguiente, constituyéndose en un uróboro que se retroalimenta, incapaz de discernir la causa primigenia ni el efecto postrero.

Es de suma importancia, identificar el paradigma que domina nuestra forma de concebir el mundo y de relacionarnos con el entorno, pues, según la cibernética de segundo orden, el observador influye en lo observado, y de esta forma, vemos el territorio con el mapa que creamos.

Así las cosas, en nuestro afán reduccionista, hemos establecido un sistema de clasificación basado en arquetipos en los que podemos subsumir conductas, de manera que, estamos capacitados para identificar automática e indubitadamente, verdugos y víctimas, culpables e inocentes, con la aquiescencia y el beneplácito del entorno, que refuerza nuestra infalibilidad. Este pensamiento dialéctico se hace eco de los dos errores paradigmáticos apuntados, pues, por un lado, se pretiere un elemento fundamental del todo, en este caso la responsabilidad; y por otro, no se contempla la retroalimentación circular del binomio, sino que se hace una lectura causal rectilínea.

Una vez que se a ha identificado erróneamente el arquetipo, a partir de un proceso constructivo de la realidad viciado, el lenguaje, desde la connotación, hará el resto. Existen muchos tipos de violencia, la física, la psicológica, la estructural, etc... pero en ningún caso, existe una violencia “machista” o violencia de “genero”. Esta terminología adoptada y aceptada por todos, responde, por un lado al paradigma en el que se gesta, y por otro, a una intencionalidad manifiesta de los grupos feministas y de la izquierda mal entendida, que han elevado al paroxismo el sectarismo y la parcialidad, llegando, a veces, a la comicidad manifestada, entre otros aspectos, en el lenguaje, (por ejemplo en las declinaciones en femenino de palabras sin género), desde su furibundo odio y revanchismo, convirtiendo lo normal, en un dislate obsceno, que no merece otro calificativo que feminazi.

Como todas las ideologías totalitarias, el feminismo exacerbado, deforma la realidad para adaptarla a sus ínfulas xenófobas y pueriles, atribuyendo, en un acto de delirio absoluto, un género a una manifestación humana, como es la violencia, que evidentemente no posee.

Sólo se es sujeto pasivo de la violencia, cuando se sufre un accidente, o un ataque por una persona extraña, con la que no se tiene relación, o bien, cuando, fruto de la enajenación mental de un individuo nos convertimos en su objetivo. Esta casuística constituye, porcentualmente, un mínimo inapreciable, en lo que a actos violentos se refiere. En el resto de ocasiones, es decir, la inmensa mayoría de las veces, y en todas las parejas formadas por personas adultas y capaces, la violencia surge de la interrelación de los sujetos. Así, en el ámbito de la pareja, la violencia que se da es relacional, ni de género, ni machista. Una violencia que nace en la relación y de la relación, en la que no hay víctimas ni verdugos, y no existen culpables, sólo corresponsables. Es sumamente importante sustituir en todos los ámbitos de la vida el victimismo por la responsabilidad, ya que todo lo que le ocurre al individuo, y todo lo que éste mantiene en el tiempo, es responsabilidad únicamente suya, y siempre saca algún beneficio de su situación, explícito o subyacente. No victimar al individuo le hace responsable de sus actos, lo empodera, y le permite el cambio, sin embargo, arrogarle el rol de víctima le hace irresponsable y dependiente, perpetuándole en la situación de la que supuestamente, quiere salir.

A todo lo anterior hay que añadir, que la relación de pareja, el individuo no la lleva a acabo de una manera casual, sino causal, a partir de un acuerdo inconsciente llamado colusión, que supone un intercambio de roles que cumplen una función de utilidad, tanto para el mismo individuo, como para el cónyuge. Estas colusiones, pueden patologizarse cuando uno de los dos miembros de la pareja, deja de ejercer el rol asignado, y estas patologías están tasadas en el ámbito psicodinámico.

Todo lo antedicho configura la pareja como una manifestación relacional compleja y ciertamente enjundiosa, que no debería ser objeto de reductio ad absurdum, ni de instrumentalismos parciales que respondan a fines partidistas. Se debería ser mucho más cautelosos a la hora de etiquetar la violencia que surge en las relaciones de pareja, porque victimizando a una de las partes coadyuvamos a que se mantenga el status quo, y culpabilizando a la otra, propiciamos una serie de daños colaterales que se traducen, para ésta, en discriminaciones y penalizaciones, que, a la postre, generan, de nuevo, la condición de víctima.

Liber singUlarIS



Etiquetas:   Violencia de Género   ·   Relaciones Personales
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